Los magos rivales Christian Bale y Hugh Jackman en «El gran truco», de Christopher Nolan.
«El gran truco» («The Prestige», EE.UU.-G.B., 2006; habl. en inglés). Dir.: C. Nolan. Int.: C. Bale, H. Jackman, S. Johansson, M. Caine, D. Bowie y otros.
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A pocas semanas de «El ilusionista», el abracadabra marketing encarna en una nueva película. Además de tema, ambiente y oficio de sus protagonistas, «El gran truco» también comparte con su predecesora la época (segunda mitad del siglo XIX); la diferencian el elemento policial, algo más reforzado, y las excesivas vueltas de tuerca argumentales (algo más forzado).
A quienes les gusten estos rastreos, resulta entretenido navegar por algunos foros de Internet donde muchos espectadores, después de haber visto «El gran truco» más de una vez, discuten el final de esta película sin ponerse nunca de acuerdo: hay quienes creen que la explicación es fantástica y hay quienes se inclinan por la solución realista.
En verdad, y sin cometer el pecado de echar a perder el «secreto» más resguardado del film, sí puede decirse que cualquiera de los bandos podría estar en lo correcto. Y, si bien nada tienen de nocivos los finales ambiguos, los deselances elegantes y certeros suelen ser preferibles. Y en eso gana «El ilusionista».
Tal vez el director Christopher Nolan, que invirtió en «Memento» el orden clásico de la narración (antes de volverse lineal y millonario con «Batman inicia») añore un tanto aquellas pasadas complejidades, y en la adaptación de la novela sobre la que se basa su nueva película se haya deleitado nuevamente, y sólo un poco, con ellas.
«El gran truco» es la historia de una rivalidad: dos magos, Robert Angier (Hugh Jackman) y Alfred Borden (Christian Bale) se persiguen y desafían mutuamente a lo largo de los años, como los duelistas de Ridley Scott. La razón tiene que ver con una muerte, aparentemente involuntaria: cuando actuaban juntos, Borden, en el curso de un número, anudó en demasía a la amada de Angier, y luego ella murió ahogada al no poder accionar la trampa que la liberaría del receptáculo con agua donde se sumergía noche a noche. Angier sostiene que ese episodio fue un asesinato, y Borden que fue un accidente.
Esa no sólo es la raíz del enfrentamiento entre ambos sino uno de los muchos ejes realidad/ simulación sobre los que se apoya permanentemente esta película, cuya escena inicial es un juicio por jurado. Quien está en el banquillo es Borden, acusado por el crimen de Angier.
Desde ya, esto es, apenas, la puesta en materia de un argumento que no deja simulación y estrategia por recorrer, incluyendo la más clásica, la de la «carta robada» de Poe, sobre cuya naturaleza (la evidencia suele estar a la vista, pero el espectador tiende a distraerse en la búsqueda de lo más oculto) el guión no deja de insistir: «hay soluciones que, simplemente, no queremos ver»).
El andamiaje sobre el que se apoya «El gran truco» (con equilibrio algo inestable por momentos) transita por tres tiempos distintos, con saltos continuos entre pasado, pasado más reciente, y presente. Hay varios hallazgos divertidos, como la inclusión del científico maldito Tesla, rival de Thomas Alva Edison (pintoresca interpretación de David Bowie), quien inventa la máquina productora de las mayores discusiones al final de la película, y la del mágico artesano Cutter, a quien le da su charme el veterano Michael Caine.
Scarlett Johansson, como la mujer que divide no sólo su corazón entre los magos, está bastante relegada. Jackman es convincente, aunque no tanto como el eterno psicópata americano Christian Bale.
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