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14 de septiembre 2007 - 00:00

El narcisismo sin Narciso no es buena fórmula

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Diego Peretti, enmascarado, y Gabo Correa como el sacerdote (papel que hizo antes Carlos Muñoz, el padre Bormann), en la nueva versión de «El hombre que volvió de la muerte».
«El hombre que volvió de la muerte». Prod.: A. Suar. G.: A. Santa Cruz. Adapt.: W. y M. Slavich. Int.: D. Peretti, L. Machin, G. Correa, N. Duplaa y otros. «Canal 13», miércoles a las 22.

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La negligente destrucción de las cintas originales de «El hombre que volvió de la muerte» y otros tantas series clásicas de Narciso Ibáñez Menta (que no se quemaron en un incendio, como se publicó por allí, sino que fueron borradas y reutilizadas por la intervención de «Canal 9» en los '70, cuando Alejandro Romay perdió el control de su emisora) provocó más de un efecto.

El peor, desde luego, la imposibilidad de volver a verlas; el segundo, las frecuentes conversaciones de memoriosos y las reuniones e intercambios entre coleccionistas de imágenes y recortes de la época, en el intento de recrearlas aun en sus menores detalles (ejercicios que tienden siempre a la inevitable idealización, como se puede comprobar en los varios sitios de internet que se le dedican a Ibáñez Menta). Para desdicha de sus fans, el último de los efectos fue la desabrida, tediosa e insustancial remake que puso desde el miércoles en el aire «Canal 13».

Es cierto que comparar épocas y estilos es tan poco lícito como comparar al Elmer Van Hess de Ibáñez Menta con el del discepoliano y urbano Diego Peretti, a quien se vio (cuando los extenuantes juegos de cámara de Jorge Nisco lo permitieron) tan perdido en ese mundo artificioso como Bill Murray en Tokio. Sin embargo, aunque no termine de quedar claro, algún sentido ha de tener volver hoy sobre «El hombre que volvió de la muerte».

La suspicacia de que uno de los incentivos haya sido el colosal rating obtenido el año pasado por «Montecristo» en «Telefé», novela sobre la que se basó Abel Santa Cruz para «El hombre...» queda rápidamente de lado a la luz de lo que se vio anteanoche: el camino elegido por esta versión, si bien toca tangencialmente el habitual temario a la moda ( corrupción, abusos de poder, etc.) no es el de la realidad inmediata. Por el contrario, esa misma realidad no referida opera en contra cuando Elmer es arrestado por las fuerzas de seguridad: una escena típicamente connotada en el cine y la TV de los últimos 25 años, pero aquí vaciada de contenido.

El mundo «atemporal» en el que se mueve este «Hombre» es narcisista en el peor de los sentidos: no en el de Narciso, sino en el de una puesta en escena fastidiosamente clipera, de tonos saturados, contrastantes y penumbrosos, donde resuenan sin calor las voces filtradas de los personajes. Rara mezcla de bizarrería con costumbrismo. Una estética que, por un lado, apunta a « Matrix», y por el otro acusa lapsus formales subestimativos para con la comprensión del público, como el hecho de repetir, ¡tres veces!, el letrero explicativo «Cuatro años antes». Con ponerlo una vez era suficiente: el espectador ya entendió que esas escenas transcurrían en el pasado.

La línea argumental, vagamente, continúa el esquema clásico, pero se han perdido muchos de los atractivos del original; hasta la lavada transmutación de Elmer en robot olvidó un elemento que era crucial: las ranitas. El malvado doctor Mortensen había experimentado, antes de atreverse a los humanos, con una rana, y eran unas pequeñas ranitas negras los símbolos usados como firma de la venganza por Van Hess con su máscara egipcia, diseñada por su criado ciego Abdul.

Sin embargo, lo más flaco de esta gélida adaptación es la debilidad del protagonista y del villano antagónico, el Doctor Mortensen que hizo en los '60 Eduardo Rudy: pero de esto ni Diego Peretti ni Luis Machín, dos buenos actores, tienen la culpa, sino la absoluta falta de entidad que este tipo de puesta le puede dar a personajes que, forzosamente, deben ser poderosos dramáticamente, atraer la atención del espectador, magnetizarlos, interesarse en sus planes, sentir compasión y miedo a la vez. Al menos en el primer capítulo, lo que se sentía era como estar viendo YouTube.

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