Jessica Alba
ve más
cosas de las
que debería
cuando
recupera la
vista, pero no
le da el gusto
al espectador
de tomar un
baño.
«El ojo del mal» («The Eye», EE.UU., 2007, habl. en ingl. y esp.). Dir.: D. Moreau & X. Palud; Guión: S. Gutiérrez, sobre Jo Jo Yuet-chun Hui y Pang Bross.; Int.: J. Alba, A. Nivola, P. Posey, R. Serbedzija, F. Romero, R. Nicotin, O. Babatunde, T. Cheung.
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Mediante un transplante de córneas, una joven recupera la visión que perdió cuando era muy pequeña. Ahora debe acostumbrarse a ver y «reaprender» lo que antes percibía sólo con los otros sentidos. El problema es que también empieza a ver fantasmas. Por ejemplo, una viejecita de canas muy blancas, que en vida quizá tuvo cinco hijos y era una santa, pero ahora solo existe para molestar al prójimo apareciéndose de golpe. Abundan fastidios como éste a lo largo de la película.
En suma, la pobre chica ve gente muerta. Cuando al fin la ciencia médica se rinde a la evidencia, la paciente y su médico rastrean el nombre del o la donante, y buscan a la familia para saber quién era, cómo murió, y cómo sacar de la nueva usuaria toda esa involuntaria capacidad de encontrarse con seres medio asquerosos, lastimeros, e inoportunos. No ha muerto en paz esa persona, y ni siquiera pudo vivir nunca en paz.
Quizá nuestra joven recién operada tampoco alcance de nuevo su propia paz, ni esa entera inocencia que nos permite ignorar, por ejemplo, cómo ni cuándo van a morir quienes nos rodean, el paso efectivo del tiempo, y demás cosas que, al aprenderlas, terminaron con nuestra infancia. El asunto da para muchas reflexiones, pero acá dio solo para unos cuantos sacudones, todos con música de Marco Beltrami («Blade 2», «Terminador 3»). Dio asimismo para que se presentaran en la industria hollywoodense los directores franceses David Moreau y Xavier Palud (los de «Ills», que era un poquito mejor). Y para que nos ilusionemos cuando la protagonista, Jessica Alba, se va a dar un baño, pero es una ilusión vana. En fin, Alba tampoco se luce actoralmente, y pierde del todo en comparación con Lee Sin-je, la protagonista de la versión original. Porque este film ni siquiera es original, sino que es simple copia del «Gin gwai» de los hermanos Oxide y Danny Pang (también se la encuentra como «Jian gui», depende si está en mandarín o cantonés), ya copiada, dicho sea de paso, para un melodrama-hindú («Naina», de Shripal-Morakhia).
En Hollywood han mejorado un pasillo, que ahora es curvo, no mucho más, y subtemas como la reencarnación, el suicidio, y el perdón materno siguen mejor sugeridos en la película de los Pang. La adaptación, que además cambia el final, corrió por cuenta de Sebastián Gutiérrez, uno de los que pergeñaron aquel film de las víboras sueltas en un avión de pasajeros. Se hubiera tomado ese vuelo y en una de esas teníamos mejor suerte.
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