Escena onírica, según Benigni: así se ve casándose con Nicoletta Braschi en «El tigre y la
nieve», fallido intento de recrear «La vida es bella» en Irak
«El tigre y la nieve» («La tigre e la neve», Italia, 2005; habl. en italiano). Dir.: R. Benigni. Int.: R. Benigni, N. Braschi, T. Waits, E. Fox, G. Varetto y otros.
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Pocas cosas producen tanta incomodidad como alguien que se alcoholiza y se pone sentimental. A Roberto Benigni lo embriagó el éxito de «La vida es bella», coronado por polémicas y premios. Por ese entonces, todavía explotaba su vena de payaso: se tiró a los pies de Scorsese en Cannes, trepó en smoking por las butacas en Hollywood cuando fue a recibir el Oscar, exportó al mundo la expansiva alegría italiana y regresó triunfador, como Radamés, a poner manos a la obra para su próximo éxito, «Pinocho», que terminó siendo un fiasco inestrenable fuera de Italia.
El siguiente paso parecía forzoso: volver, con algunos retoques, a la fórmula de «La vida es bella», cosa que hizo con «El tigre y la nieve». Sin embargo, mucho más difícil que alcanzar un éxito imprevisto es tratar de repetirlo. Su nueva película, nuevamente una fábula emotiva con el telón de fondo de la guerra en Irak (ya que podría transcurrir en cualquier otra parte), es tan enjuta como su mismo autor, y tan poco elegantecomo su imagen en la escena inicial del sueño: en calzoncillos y musculosa.
Benigni perdió el humor. Ya no se reconoce el ingenio que tuvo no sólo en «La vida es bella», sino en gran parte de su obra anterior como «Il piccolo diavolo» o la desopilante «Non ci resta che piangere» (no estrenada en la Argentina), donde compartió el protagónico con el recordado Massimo Troisi.
Salvo una única escena, cuando una patrulla norteamericana lo confunde con un terroristasuicida, «El tigre y la nieve» carece de gracia, de chispa. Queda al desnudo, así, algo peor que el sentimentalismo, y es la estrategia de lo sentimental, la forzada intención de arrancarle lagrimones al espectador. Aparentemente, a juzgar por las reacciones que viene despertando esta película en el mundo, el pacto que se había establecido entre Benigni y la platea ha sido una de las bajas de sus guiones en tiempos bélicos.
Brevemente, aquí Benigni interpreta al profesor de literatura y poeta Attilio de Giiovanni, que tiene un escritor amigo árabe (Jean Reno), dispuesto a regresar a Irak justo cuando estalla la guerra. Este personaje es puro pretexto para que entre en escena Vittoria (Nicoletta Braschi, presente en todos sus films por mandato conyugal). Vittoria también parte a Irak y allí sufre una herida que le provoca un traumatismo cerebral irreversible. Pero irreversible sólo para la clínica, porque Benigni demuestra que con fe, entusiasmo y unas cuantas monigotadas, no todo está perdido. Lo peor es que se toma casi dos horas para que opere el milagro.
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