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22 de junio 2006 - 00:00

En su centenario, editan obra del Wilder periodista

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Una de las escenas icónicas de Hollywood: Marilyn Monroe, con las faldas al viento en la boca del subterráneo, junto a Tom Ewell en «La comezón del séptimo año», de Billy Wilder.
Los Angeles (EFE y Especial) - Aunque Billy Wilder odiaba los cumpleaños, había prometido concurrir a su centenario. No pudo ser: el último de los grandes maestros de Hollywood, llegado desde Viena a los Estados Unidos -como varios de sus notables colegas- tras el advenimiento del nazismo, murió en marzo de 2002 en Los Angeles. Hoy, el mundo del cine celebrará su centenario con retrospectivas, exposiciones y hasta la aparición de un nuevo libro entre los muchos que ya se le consagraron: esta vez, sus crónicas periodísticas vienesas, la profesión a la que se dedicó en su juventud.

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Considerado el «director perfecto» por su chispa, su fluidez y su versatilidad, Wilder es uno de los pocos cineastas con tantas obras maestras a sus espaldas, y en los más distintos géneros, en especial la comedia: a él se le deben, entre muchas otras, «Una Eva y dos Adanes», «La comezón del séptimo año» (con la icónica escena de las faldas al aire de Marilyn sobre la boca del subterráneo), «Piso de soltero», «Irma la dulce», «Primera plana», «Infierno 17» y «El ocaso de una vida» («Sunset Boulevard»).

Wilder también retrató con acidez en su films el mundo periodístico, una profesión que conocía por dentro, como pone de relieve el nuevo libro que reúne sus trabajos como periodista. Su carrera empezó en los diarios pero con «la cámara en la cabeza», como indica Günter Krenn, uno de los autores de «Billie: los trabajos periodísticos vieneses de Billy Wilder», publicado por la Filmoteca Austríaca.

Wilder nació en Sucha, una localidad de la Galizia polaca que entonces estaba integrada en el Imperio austrohúngaro. En 1916 su familia se desplazó a Viena, la capital de un imperio a punto de desmoronarse y donde trabajó entre 1925 y 1927 como periodistao para el diario «Die Stunde» y la revista sobre teatro «Die Bühne».

Ambas eran publicaciones a veces rayanas en el amarillismo, y en sus trabajos se encuentra esa mezcla entre lo trivial y lo relevante, una fórmula que también aplicó en su cine. El modelo del joven Wilder era Egon Erwin Kisch, padre del periodismo literario en lengua alemana. Durante sus primeros años como periodista, Wilder compartió amistad y tertulias literarias con Peter Lorre, con quien más tarde emigró a Hollywood.

De su sentido crítico y de su humor hay múltiples pruebas en su trabajo, en el que hizo de comentarista de sociedad, crítico teatral y cronista deportivo.

Cuando fue a Génova describe las ventanas de la ciudad portuaria como el lugar «donde hace unos 400 años se secaban los pañales de Cristóbal Colón» o escribe las apócrifas «vivencias de un acompañante de baile». Los autores concluyen que la visión corrosiva que ofrece del periodismo en películas como «Cadenas de roca» (1951) o «Primera plana» (1974) la adquirió en «Die Stunde», diario propiedad del magnate de la prensa Imre Bekessy, un personaje de dudosa moralidad profesional.

Otro de los episodios famosos de su actividad en Viena es su fallida entrevista al fundador del psicoanálisis, Sigmund Freud, que después de saber que era un periodista del amarillista «Die Stunde» lo echó de su casa. Este afortunado fracaso periodístico, ya que a partir de entonces empezó a dedicarse cada vez más al cine, lo contó el propio Wilder en algunas de sus entrevistas.

En «Conversaciones con Billy Wilder», del periodista y director Cameron Crowe, cuenta el episodio con su inconfundible estilo. «En aquella época, no conocía a ningún austríaco que se hubiera psicoanalizado. En realidad, no conocía a nadie que se hubiera psicoanalizado. Era una especia de cosa secreta», recuerda Wilder en la entrevista. «La empleada me abrió y me dijo: 'Herr Professor está comiendo'. Le respondí: 'Esperaré'. Así que me quedé allí sentado. El salón era la recepción de su consultorio y, a través de la puerta que daba a su estudio, se veía el diván.»

«Me llamó la atención lo pequeño que era el diván» -relata Wilder. «De modo que pensé que todas sus teorías se basaban en el análisis de personas pequeñas. En un momento, levanté la mirada y allí estaba Freud, también un hombre diminuto. Tenía una servilleta atada alrededor del cuello, se había levantado a mitad de la comida, y me preguntó: '¿Un periodista? ¿Es usted el señor Wilder, de Die Stunde?'. Yo le había dado una tarjeta de visita. Respondí: Sí, tengo unas cuantas preguntas. Pero replicó: 'Ahí está la puerta'. Me echó. Fue el momento culminante de mi carrera. Le dije: Gracias».

El director alemán Volker Schlondorfftambién expresó su admiración por este maestro rodando la mayor entrevista concedida por Wilder a lo largo de su carrera, en un documental que la cadena TCM emitirá hoy en los Estados Unidos (la misma señal, en la Argentina, pasará en cambio varias de sus películas).

El español Fernando Trueba, el hombre que le regaló a Wilder el Oscar que ganó con «Belle Epoque», también le ha dedicado un documental titulado «¡ Gracias, Mr. Wilder!». Kevin Spacey, el intérprete de «American Beauty» y «Los sospechosos de siempre», adquirió en una subasta el respaldo de la silla de director de Wilder para sentirse más cerca del maestro.

Aunque su oficina en Beverly Hills, lugar donde trabajó hasta los 90 años, fue un lugar continuo de peregrinación para esta industria, Wilder fue un maestro que nunca quiso hacer escuela.

Para Wilder, el único maestro fue el realizador alemán Ernst Lubitsch y su carrera siempre respondía a la pregunta de «¿cómo lo haría Lubitsch?».

Autodidacta durante toda su vida, Wilder aprendió a escribir guiones y a dirigir del mismo modo que aprendió inglés cuando llegó a Estados Unidos en 1934 sin saber una palabra: observando.

También fue su mayor crítico y si sus mejores comedias, en especial las que rodó junto a Jack Lemmon y Walter Matthau, reflejabanel alma del estadounidense medio, también mostraban sus debilidades, su avaricia o su obsesión por el triunfo.

«Días sin huella», de 1945, le dio sus dos primeros Oscar pero también el boicot de la industria del alcohol, y con «Sunset Boulevard» (1950) el productor Louis B. Mayer salió gritando de la proyección que Wilder debía ser « expulsado» de Hollywood por «traer la vergüenza a la ciudad que le alimenta». Lo que le trajo este duro retrato de la industria que tanto amaba fue su tercer Oscar, esta vez como mejor guión, al que se sumarían otras tres estatuillas por «Piso de soltero» en 1960.

Wilder, cuyo único mandamiento fue «No aburrirás», fue un artista que siempre aborreció a quienes se proponían hacer «arte» con el cine. En ese sentido, su broma más elocuente fue cuando, dirigiéndose a su director de fotografía, le dijo: «Tom, hagamos un par de escenas fuera de foco. A lo mejor nos ganamos el Oscar a la mejor película extranjera».

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