Todo comienza con una típica «situación castillo» -aporte por antonomasia del gótico- en la que una mujer es presentada como una viuda con varios problemas a resolver: la relación con sus hijos, su matrimonio truncado ya antes de perder a su esposo y una economía endeble. Cada vez que la película parece querer inclinarse hacia terrenos conocidos en el género, cuidadosamente los evita y opta por un tono más intimista, más cercano a la humanidad de sus personajes, que pese a la presencia de espíritus que los rondan y que intentan establecer algún tipo de contacto, no dejan de padecer las complicaciones de la vida cotidiana y las necesidades que ésta implica.
Así, se puede disfrutar de que una y otra vez se evite hábilmente el lugar común, y también de que antes que terror hiperrealista se ofrezca una fábula sobre la búsqueda del amor y del perdón recíproco.
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