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21 de febrero 2008 - 00:00

Fantasía melancólica que promete más de lo que da

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«Tres minutos» (íd., Argentina, 2007, habl. en esp.). Guión y Dir.: D. Lublinsky. Int.: N. Pauls, J. Zylberberg,A. Costa, L. Catalano, A. Amado, M.J. Gabin, F. Caicedo, H. Peña, G. Urtizberea, N. Raggi.

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No se hizo en tres minutos esta película. Para sus escenas claves, y para toda la envoltura musical, se nota que hubo mucho tiempo de elaboración, un trabajo bien hecho, que logra darle a la obra su buen aspecto técnico y formal, y hasta una impresión de gasto superior al real. Según informes, se hizo con bajo presupuesto. Esa clásica habilidad argentina de aparentar más de lo que se tiene.

También en otros aspectos (y acá no diremos un elogio) la película aparenta más de lo que tiene. O propone conseguirlo, pero apenas lo presenta. Pareciera que daba para más. Con todo, es una pequeña fantasía interesante, más que nada en su segunda mitad, cuando se plantea el principal problema, y la obra se vuelve finalmente (y finamente) dolorosa y melancólica.

«Tres minutos» se anuncia como una pieza romántica de ciencia ficción. Esto último, a causa de unas pastillas que aceleran a quien las toma. Por ejemplo, un movilero que debe hablar rápidamente a cámara. O una chica ansiosa de practicar piano en vísperas de un examen para el ingreso a una orquesta juvenil. Pero si ellos toman demasiadas pastillas, podrían acelerarse tanto que, a su lado, el resto de la humanidad parecería inmóvil. Ellos dos, solos. Ahí es donde viene lo de «pieza romántica».

Pronto el consumo de pastillas tiene efectos secundarios que operan como alarmantes contraindicaciones. Hay también personajes secundarios, como un tipo que se mete en la cueva donde su madre se evaporó cuarenta años atrás, en el mejor momento de su carrera artística. O una esposa que cree que el marido es un lerdo. Una profesora de música bastante rápida para los hombres. Dos hombres que mantienen una extraña conversación al comienzo del relato. Y un chofer que quiere llevarse a la cama a una conserje de hotel interpretada por Lidia Catalano. Sí, porque el romance y la ciencia ficción no deben negarle espacio a lo gracioso. Esto lo entendió muy bien el maestro René Clair en su primera película, «Paris que duerme», 1924, donde un rayo perverso detiene la vida humana, salvo para el guardián de la Torre Eiffel y los tripulantes de una avioneta que estaban por encima de la línea del rayo, y lo pasan bomba.

Diego Lublinsky desaprovecha algunas posibilidades en ese sentido, pero aprovecha otras, en un sentido más serio, y con interesantes resultados. Destacables, la dirección de fotografía y cámara a cargo de Guido Lublinsky, amén de una columna sonora muy buena (ya dijimos que la chica quería practicar piano para ingresar a una orquesta).

P.S.

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