Herrera: reformular la ciencia ficción moderna

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Sus relatos incluyen personajes como los terraplanistas y los antivacunas de hoy.

Los personajes de “Diez planetas” del escritor mexicano Yuri Herrera, viven un futuro surrealista, sumergidos en la melancolía y el existencialismo de Ray Bradbury, pero con la atmósfera de las pesadillas de Franz Kafka; son personajes sometidos a una tradición, pero con silencios y juegos que los hacen únicos. Los veinte relatos del libro publicado por “Periférica” fueron escritos entre 2017 y 2019: sólo el cuento “Entera”, la historia de una bacteria que cobra conciencia en un colon humano, es anterior. El escritor, nacido en Actopan en 1970, los pensó como un proyecto orgánico, pero cada relato plantea su propia cosmovisión y orden.

A partir de su primera novela, “Trabajos del reino”, Herrera fue etiquetado como “narco escritor” porque tomaba tácitamente como modelos a un capo del narco y a un escritor de corridos. El autor de “La transmigración de los cuerpos” no duda de que este libro de ciencia ficción está en el centro de su obra: “las etiquetas pueden ser útiles en ciertos momentos, pero lo mejor es cuando uno puede seguir trabajando sin depender de eso”, sostiene el escritor mexicano en diálogo con la prensa.

Periodista: ¿Es consciente el influjo de Bradbury?

Yuri Herrera: Bradbury fue importante para mí, específicamente “Crónicas Marcianas”, porque es un libro que da vuelta la idea del explorador heroico. Es un libro anticolonialista que cuenta la llegada a Marte desde la perspectiva de los marcianos. La ciencia ficción es capaz de poner de cabeza nuestras coordenadas sobre la realidad.

P.: ¿“Los conspiradores” es cifra de un orden mundial?

Y.H.: Ese cuento lo hice basado en una idea que me contó un escritor y académico peruano. Una hipótesis sobre el idioma quechua señala que en realidad no era la lengua de los conquistadores, sino la de los conquistados. Fue parte del botín porque era una lengua que ya tenía toda una red comercial y otras utilidades. Me pareció interesantísima la idea de que te quitan algo y luego te lo imponen. Aunque creo que es una cosa que sucede todo el tiempo. Y, por supuesto, en esto hay una reflexión política, no sé si una reflexión universal sobre la política pero sí sobre una de esas prácticas de la política.

P.: ¿El pensamiento terraplanista y las teorías conspirativas sobre las vacunas que aparecen en sus historias son marcas contemporáneas?

Y. H.: Vivimos una época en la que todos tenemos acceso a una enorme cantidad de información. Una de las consecuencias de esto no ha sido tener una sociedad mejor informada, sino la diseminación de muchas tonterías. Es una de las consecuencias posibles de la democratización del saber: la gente también tiene la posibilidad -y está en su derecho- de creer lo que quiera. Estados Unidos, donde resido actualmente, es el país con más premios Nobel en la historia y también el país con mayor número de terraplanistas. Este tipo de paradoja de nuestra época me parece muy interesante. El asunto de las vacunas lo veía venir, hay un rechazo de mucha gente a la ciencia más elemental, a los adelantos médicos que más claramente han cambiado nuestra calidad de vida.

P.: ¿Hay en sus relatos una aproximación al surrealismo?

Y.H.: La ciencia ficción originalmente era una especie de realismo especulativo, pero se ha convertido en un término que engloba muchos subgéneros, que tiene que ver con la fantasía. Imaginar posibles futuros a partir de ciertos elementos que hay en nuestra sociedad. Yo parto desde cierta poética original del género con la vocación de imaginar más allá de estos límites que nos impone el realismo y los sueños tienen una gran intervención, porque están derivados de lo que nosotros vivimos todos los días, pero combinan nuestras percepciones del mundo de maneras improbables. Y en esta incorporación de la potencia de los sueños consiste buena parte del ejercicio poético de la literatura, de repensar la lengua y así repensar la realidad.

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