«Busqué
mostrar el
sentido
poético de
vidas y cómo
han influido
en mucha
gente que
cree en
ellos», dice la
escritora,
cuyos
cuentos
incluyen
desde el
Gauchito Gil o
la Difunta
Correa hasta
la cantante de
cumbia Gilda.
"Creo que con 'Cuerpos Resplandecientes' he continuado desde la literatura mis investigaciones sobre las 'Historias Ocultas de la Recoleta' y los 'Amores Insólitos' que tuvieron como escenario nuestro país, esta vez acercándome a los santos populares", explica María Rosa Lojo, poeta, narradora, historiadora, investigadora, ensayista y doctora en Filosofía y Letras. En «Cuerpos Resplandecientes. Santos populares argentinos», utiliza la ficción para contar de las devociones a La Difunta Correa, «Almita» Sivila, El Gauchito Gil, El Maruchito, La Telesita, El Cura Brochero, Santos Guayama, Ceferino Namuncurá, Pancho Sierra, La Madre María, Vairoleto y Gilda. Dialogamos con Lojo sobre su nueva obra.
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Periodista: ¿Cómo se le ocurrió escribir relatos que recorran la hagiografía popular argentina?
María Rosa Lojo: Surgió en 2001, cuando veíamos al país día a día desmoronarse, en el camino de Buenos Aires a Misiones. Mi marido es de Misiones y conozco bien los senderos del litoral. Allí, cada vez eran mas visibles los altarcitos a los lados de la ruta, sobre todo del Gauchito Gil. Ese fue el primer santo popular en el que reparé. Me llamó la atención el crecimiento; pasó de devoción regional a convertirse en un culto nacional. La gente se identificaba con una figura en la que se cruzaban su memoria, su pertenencia cultural con humildes esperanzas. Me sorprendió que, a medida que el país parecía desintegrarse, había cosas que no sólo se mantenían en pie sino que crecían como un espacio de integración.
P.: ¿Por qué llamó a su libro «Cuerpos resplandecientes»?
M.R.L.: Los cuerpos de los santos, y de éstos en particular, suelen haber sido especialmente dañados y ultrajados. Muchos de ellos han tenido muertes violentas, han sufrido problemas y enfermedades. Técnicamente se les llama cuerpos siniestros, cuerpos sometidos a todo tipo de violencias y de pruebas. Y, paradójicamente, para el devoto ese cuerpo destrozado se le aparece como el «cuerpo de luz», el «cuerpo glorioso» que la fe promete a los fieles en la resurrección. Es una idea muy antigua. Toda la Edad Media cultivó el culto a los santos como el lugar donde se deposita su poder mediador. De ahí el aprecio por las reliquias. Todo lo que había pertenecido al santo era considerado sagrado. A esto se agrega el cuerpo incorrupto, que parece haber sido algo más que un mito. El cuerpo naturalmente momificado era prueba de santidad.
P.: ¿Por qué en esos relatos de santos populares usted decidió no hacer investigación sino literatura?
M.R.L.: Me lo planteé como un libro de narrativa, de cuentos, no como un tratado para especialistas. Lo que pasa es que no pude con el genio e hice un prólogo resumiendo el estado de las investigaciones en antropología, historia y ciencias sociales sobre el tema, para explicar cómo es ese fenómeno, cómo se lo interpreta y cómo se lo estudia. En mis cuentos imagino, desde las más diversas perspectivas, situaciones en que esos santos han actuado. Busqué mostrar el sentido poético de esas vidas y cómo han reverberado e influido en la vida de mucha gente que cree en ellos.
P.: Con algunos de esos santos muestra admiración y con otros es muy cuestionadora y crítica.
M.R.L.: Tiene que ver con las perspectivas narrativas que en cada caso elijo. A diferencia de la hagiografía tradicional donde todas las figuras son exaltadas en la medida de la santidad que se les atribuye, estas narraciones literarias muestran los muchos modos en que se pueden ver esos cultos, desde la mirada del creyente a la del total descreído.
P.: Como en el caso de la Madre María.
M.R.L.: El personaje que habla de Pancho Sierra y la Madre María es un perseguidor. Claro, como todo perseguidor, termina fascinado por el objeto que persigue. Finalmente depende de ellos, el objetivo de su vida se vuelve esa persecución. En ese caso la de la presunta curandera que era la Madre María.
P.: En su recorrida de la Difunta Correa a Gilda, ¿cuál fue el ícono popular que le atrajo más?
M.R.L.: Cada uno en los suyo. Hay historias extraordinarias y terribles, como la de la «Almita» Sivila que fue violada, asesinada y convertida en charqui por su asesino. Mi desafío fue contar desde la mirada del criminal. Si la de Sivila es una devoción muy local, la del Gauchito Gil o la de la Difunta Correa se extienden por todo el país. El Gauchito me atrae porque es, hasta terapéuticamente, una figura de conciliación. Dios se la aparece en un sueño y le ordena no derramar mas sangre de hermanos, deserta de la guerra civil y se hace cuatrero para subsistir, y reparte con los pobres el botín que consigue. Es prendido y ejecutado sin juicio. Es escalofriante cómo se parece su muerte a la de Cristo. Lo cuelgan de un algarrobo, de un madero, de una cruz, y lo degüellan como un cordero pascual. Es una víctima propiciatoria inmolada para pacificar la comunidad. Ese es el sentido religioso de una figura que a la vez es muy vital, muy alegre, muy de fiesta y sensualidad, cosas no incorporadas a las figuras tradicionales de la religión cristiana. Es el santo del chamamé, y los fieles alrededor de su tumba no lloran, comen, cantan, bailan. Se le ofrenda al difunto la alegría de la vida.
P.: ¿Por qué cierra con Gilda, la cantante de cumbia?
M.R.L.: Porque es el personaje contemporáneo. Cierro con ella por razones de cronología. Fue el que más me costó. Con los otros tuve más distancia. Con Gilda, un culto en formación, no sabemos hasta qué punto su devoción va a sobrevivir. Encarna un patrón que se repite: una mujer joven, hermosa, muerta trágicamente, que ya en vida tenía seguidores no sólo porque era una cantante apreciada por muchos sino por su personalidad, por su magnetismo, su bondad. Había sido maestra jardinera y asumía para la fantasía popular muchos elementos maternales. Es verdad lo que digo en el cuento que había madres que le acercaban sus hijos para que los bendijera. Hay en internet testimonios de niños que habría curado. Era alguien del que se esperaba más que cantar con ritmo y agradablemente.
P.: ¿Cree que esos personajes parten de patrones tradicionales?
M.R.L.: De patrones que se repiten: el bandolero rural visto como un justiciero que roba a los ricos y reparte a los pobres, los curadores como Pancho Sierra o el Cura Brochero, víctimas inocentes como la Telesita y el Maruchito, líderes rebeldes como Santos Guayama, cantantes carismáticos como Gardel o Gilda a los que una muerte trágica y prematura santifica.
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