"Edipo y la Esfinge" de Alfredo Sabat, ganador del concurso "Belleza Intervenida", en el que 25 artistas trabajaron sobre "Olympia", la obra con la que Manet desacralizó el desnudo sacándolo del academicismo.
La famosa obra de Manet «Olympia» (1863) debió su notoriedad al escándalo desatado cuando fue expuesta en el Salón de 1865, «Gorila hembra», la llamó un crítico, y el público la amenazaba con sus paraguas. Ni Picasso, años después, desató reacción parecida. Sin embargo 40 años más tarde, en 1907, entró al Louvre. Entonces, la indignación y la admiración se constituyeron en la más significativa característica de la historia del arte de su momento.
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Ha corrido mucho agua bajo el puente entre ese escándalo y la pasividad o cierta indiferencia ante el tiburón en formol de Damien Hirst o las degradaciones que Orlane puede infligir a su rostro.
En el cuadro: «Olympia» (Victorine Meurent, modelo y amante de Manet durante muchos años) mira al espectador con atrevida indiferencia, una criada negra le entrega un ramillete, obsequiado quizás por un amante, y un gato negro se para, juguetón sobre la cama. Denigrado por Gautier, analizado con cierto desdén por Valery, «Su verdadera desnudez, no sólo la de su cuerpo, es el silencio que emana de ella, como el de un barco hundido».
Manet desacraliza el desnudo, lo libera del academicismo, lo despoja de toda idealización. Según Georges Bataille algo se ha quebrado, nunca más figuras divinas emergiendo de las brumas, vaciadas de su condición humana con poses heroicas, la nueva realidad se impone, estos seres ahora están sobre la tierra.
Así como para «El desayuno sobre la hierba», Manet se inspiró en el «Juicio de Paris» de Rafael, para «Olympia» recurrió a la « Venus de Urbino» de Tiziano. Esto ahora se llama cita, apropiación y en algunos casos intervención.
De allí el título de «Belleza Intervenida», convocatoria limitada a veinticinco artistas que trabajaron sobre esta obra emblemática del siglo XIX como el ideal de belleza en el arte moderno.
El jurado compuesto por Diana Dowek, Margarita Fernández, Teresa Nachman, Elba Pérez y Julio Sánchez otorgó el Primer Premio a Alfredo Sabat (1966) por «Edipo y la Esfinge». Se inspiró en imágenes de la historia de la civilización, del arte, del psicoanálisis. La cabeza de la Olympia es la de una leona, el gato, una estatuilla de obsidiana, la criada fue reemplazada por Freud. El diván está tapizado con una alfombra como la que está en el Museo Freud de Londres.
Un excelente trabajo desde el punto de vista plástico y que funciona, a la manera de Manet, respecto a la desacralización de los personajes.
Diego Dayer (Rafaela, Santa Fe, 1978) se hizo acreedor al Segundo Premio por «La Olympia de turno», una suerte de Lolita de piel expuesta al sol. No hay gato ni criada. Un joven con chambergo le entrega las flores. Otros dos la miran ávidamente desde el fondo derecho del cuadro cuya característica es el claroscuro.
Graciela Ieger recibió el Tercer Premio por «Manet y Olympia posan para Ieger». La Olympia no ofrece variantes y Manet luce como era, bastante apuesto, de aire bondadoso, un caballero de la época con su paleta en la mano derecha.
«Belleza Siglo XXI» de Darí Zana ganó la Primera Mención. Ocres para la Olympia, en absoluto un canon de belleza, la criada negra le ofrece una cabeza de chancho en lugar de flores. Una figura femenina de espaldas revela los estragos de celulitis y adiposidades.
Ana Maldonado recibió la Segunda Mención por «Oly, no hay silencio en tu mirada», collage. Una joven en ropas deportivas y zapatillas gastadas recostada sobre cartones, una visión cotidiana de nuestras calles.
Entre las obras no premiadas se destaca « Jugando con Manet» de Emma Calviño, como es habitual en esta artista, una imagen refinada que coloca en primer plano a la criada, más bella que la protagonista.
Un minucioso trabajo de Cho Yong Hwa, una Olympia lujosa de Genoveva Fernández, la Olympia negra de Roberto Koch, Lula Mari rescata sólo las flores del cuadro original que una joven lleva al camposanto, ¿un entierro del arte moderno?. La Olympia de Mónica Potenza come comida chatarra y toma Coca Cola y la de Alejandro Gigli se convierte en arquitectónica, Nicolás Menza y su sentido dramático en «La Bella y la Bestia».
Se conjugan el humor, cierta osadía, citaciones de la realidad contemporánea, la crueldad de los estragos del tiempo sobre el cuerpo, ironía. Veinticinco visiones que rozan un pensamiento de Manet: «Un artista tiene que estar a tono con su época y pintar lo que ve», lo que entonces era una blasfemia.
Galería Hoy en el Arte (Gascón 36). Hasta el 12 de julio.
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