ver más

Ya superaste el límite de notas leídas.

Registrate gratis para seguir leyendo

3 de abril 2007 - 00:00

Jean Baudrillard: desde Nietzsche a los realities

ver más
Uno de los más brillantes y provocativos pensadores de los últimos tiempos, Jean Baudrillard fue un sociólogo de la modernidad, del «éxtasis de la comunicación» y, ante todo, un teórico de la sociedad de consumo.
Considerado como uno de los más brillantes y provocativos pensadores de los últimos tiempos, el recientemente fallecido, filósofo francés Jean Baudrillard estuvo en varias oportunidades en Buenos Aires, como invitado especial en distintas ediciones de las Jornadas de la Crítica y las Bienales Internacionales de Arquitectura. La última aparición fue el 10 de diciembre de 2001 en la IX Bienal. Para la próxima, prevista para el 19 de septiembre de 2007, se lo había invitado insistentemente, pero lamentablemente se llegó tarde por su enfermedad.

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

Baudrillard (1929-2007) fue un sociólogo de la modernidad, de la seducción, del «éxtasis de la comunicación» y, ante todo, un teórico de la sociedad de consumo. A sus primeros trabajos «El sistema de los objetos» (1968) y «De la seducción» (1979) en los que planteó una teoría del consumo desde una reflexión sociológica crítica, se sucedieron «Las estrategias fatales» (1983), «América» (1986), «La transparencia del mal» (1990), «La guerra del Golfo no ha tenido lugar» (1991), «La ilusión del fin» (1993), entre otros.

En sus escritos sobre la modernidad, Baudrillard planteó que las ideas modernas desaparecieron absorbidas por su realización anticipada. En otros tiempos se podía hablar de una ciudad moderna, de un mobiliario moderno; cuando las cosas tenían una configuración específica, todo podía transformarse en moderno. Pero hoy, es la ciudad y es el mobiliario, los que desaparecieron como tales; y aquello que los ha reemplazado (la megalópolis, el diseño), nombran una ausencia, una combinatoria informal.

Sólo en la moda, el efecto de modernidad juega aún un efecto retro: es el vestido o la joya modernos de la década del '30 o de la postguerra. La modernidad dejó de ser lo que era; es como la nostalgia, y ella misma es un «efecto de nostalgia». Hubo una peripecia irreversible y los objetos marcharon velozmente a partir de los años setenta, vaciaron su sentido e hicieron que los contenidos y las formas de la modernidad, tal como aún podían ser referidos y soñados, se volatilizaran en un mundo indeterminado; sin dejar lugar a una ideología de cambio, de ruptura, de innovación. La modernidad era un proyecto universalista fundado sobre un movimiento dialéctico -movimiento del discurso, de las técnicas, de la historia-, que venía determinado por una finalidad progresiva y, aún cuando debiera sufrir todas las contradicciones, nunca sería cuestionado. Este espacio perspectivo, panóptico, racional, que es el espacio de la producción, la significación y la representación, vivió durante tres siglos y ha sido el espacio de nuestras culturas modernas, el de su ascenso triunfal.

Según Baudrillard, el fin de ese espacio entraña también la abolición de lo espectacular. «La televisión de hoy ya no es un medio espectacular. Ya no vivimos en la sociedad del espectáculo de que hablaban los situacionistas franceses en la década del '60. El medio ha dejado de ser identificable como tal, y la amalgama de medio y mensaje teorizada por el comunicólogo Marshall Mc Luhan, es la primera gran fórmula de esta nueva edad. Ya no hay ningún medio en el sentido literal: el medio permanece intangible, difuso y desviado dentro de lo real».

Baudrillard fue el pensador que habló desde el lado oscuro de la postmodernidad. En su discurso, recuperó el sentido trágico de la historia, derivado de sus reflexiones acerca de nuestro encarcelamiento en el sistema del poder abstracto, que es, de todas maneras, el locus en proceso de descomposición de una sociedad que se ha convertido en su opuesto: el ciclo de la muerte de lo social y el triunfo de la «cultura experimental». Baudrillard habló de nuestra exteriorización en el mundo esterilizado de la tecnocultura avanzada. Sostenía que en el nuevo continente de la cultura postmoderna, la colectividad política más importante son los medios de masa como simulacro: su propuesta de la televisión como simulacro privilegiado es estratégica. Tiene la existencia irreal de un sistema de signos de la imagen, en la que puede leerse la lógica invertida de la máquina cultural.

La nebulosa hiperrealidad de las masas; la comunicación escenificada como modus vivendi del sistema de poder; la explosión de la información es la llave maestra de las comunicaciones de masas. A propósito del éxtasis de la comunicación publicó un artículo muy singular en el diario «Liberation» describiendo el fenómeno de los «Loft Story» (nuestro «Gran Hermano»), acerca de un necesario rescate de la dignidad humana y contra la prostitución de la imagen. El filósofo sostuvo la peligrosa banalidad de los reality shows que intentan anular la seducción, el símbolo, la ironía. Investigó estos nuevos espectáculos de la TV basura y señaló que en ellos «los hechos son aislados de su contexto y se convierten en una crónica banal. El pasado aparece como una especie de Disneylandia. En los reality shows hay una suerte de vértigo, de negación de la culpa: esto no es un proceso de exaltación sino un desengaño profundo, una gran desilusión».

Para Baudrillard, la nueva información de los medios electrónicos de masas destruye directamente el significado o lo neutraliza. Si estamos tan desesperadamente fascinados por lo real, es porque vivimos con el horrible conocimiento de que lo real ya no existe, o, mejor, que lo real sólo se nos aparece como una amplia y seductora simulación. Nunca temeroso de exagerar, según dice David Harvey sobre Baudrillard, el pensador francés propone a los Estados Unidos como ejemplo de materialización del mundo de la técnica, por su desmesura pragmática, la velocidad constante de la acción y las obras, la decadencia de fortunas y modas, personalidades y famas.

La sociedad norteamericana representa para el pensador «el triunfo de la instantaneidad sobre el tiempo profundo». La realidad norteamericana (o sea, el simulacro de la realidad norteamericana) estaría construida a la manera de una pantalla gigante: el «cine se encuentra en todas partes, especialmente en las ciudades, un film y un libreto incesantes y maravillosos». Lugares organizados y decorados de una manera determinada, -particularmente aquellos capaces de atraer turistas-, pueden empezar a convertirse según lo prescriben las imágenes de la fantasía.

Charles Levin ha señalado que los poéticos escritos de Baudrillard (tan poéticos como los de su inspirador, Nietzsche) son «un talismán, un síntoma» de la vida postmoderna. Baudrillard nos desafió a pensar de nuevo y a partir de cero sobre nuestro tiempo. El destino del hombre es el de ser sujetos flotantes en una realidad cuántica, en una instancia que él ha sugerido así en uno de los ensayos «El otro por sí mismo» (1987), titulado «¿Para qué la teoría?». En este análisis sobre el universo de la hipercomunicación en el cual vivimos sumergidos, convocó a reflexionar a partir de una serie de interrogantes: «¿Si toda la publicidad fuese la apología, ya no de un producto sino de la misma publicidad? ¿Si la información no se refiriera ya a un acontecimiento sino a la promoción de la información misma en su calidad de único acontecimiento? ¿Si la pornografía significara el fin de la sexualidad como tal, y de ahora en adelante, bajo las formas de la obscenidad, lo invadiera todo? ¿Si dejara de ser acertado oponer la verdad a la ilusión y debiéramos percibir a la ilusión generalizada como más verdadera que la verdad?».

Últimas noticias

Dejá tu comentario

Te puede interesar

Otras noticias