5 de septiembre 2005 - 00:00
Julia Jentsch, en camino al estrellato europeo
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La intimidad como territorio de descubrimiento
Julia Jentsch: visitó Buenos Aires la protagonista de «Sophie
Scholl» (foto) y «The Edukators». En «La caída» tuvo una
participación menor.
Periodista: Son muy elogiados sus trabajos teatrales para «Antígona» y «Los Nibelungos». ¿Es cierto que interpretó a Brunilda, la mujerona que solo acepta casarse con un hombre más fuerte que ella?
P.: ¿Cómo se desmorona Sophie Scholl cuando se ve descubierta por los nazis?
P.: De este hecho histórico ya hubo dos versiones cuando usted era niña. ¿Pudo verlas?
J.J.: Si, ambas con Lena Stolze: «La Rosa Blanca», de Michael Verhoeven, sobre las actividades del grupo, y «Los últimos cinco días», de Percy Adlon, más estilizada, inspirada en la carta de 14 carillas que escribió a sus padres la compañera de celda de Sophie. Lo bueno es que estas películas no se comparan, sino que se complementan, porque enfocan la historia desde distintos ángulos. La de ahora, por ejemplo, se centra en los interrogatorios judiciales, que reproduce prácticamente tal como se conservan en los archivos.
P.: Entiendo que sus padres son abogados. ¿Qué impresión tuvieron, al saber los pormenores de aquel juicio?
J.J.: Aclaro, mis padres trabajan en la Justicia, él como juez de menores.Y lo que más les impresionó, incluso los aterrorizó, fue el comportamiento continuamente agresivo, nada imparcial, del juez del tribunal popular nacionalsocialista que dictó las sentencias.
P.: Así que juez de menores. ¿Qué dijo entonces de los varios delitos, algunos bastante divertidos, que cometen los jóvenes de «The Edukators»?
J.J.: Ah, la película les gustó mucho. Claro que ahí los más grandes también cometen delitos, pero de otra índole. Lo de los jóvenes, al comienzo, es cuanto mucho meterse en casa ajena, en las grandes mansiones, para « redecorarlas». No roban nada, simplemente quieren cambiar algo en la cabeza de los poderosos, sin usar la violencia. Transmitirles cierta inseguridad, advertirles que los bienes materiales no son tan duraderos. El film tuvo dos títulos anteriores al definitivo: «Jan, Jule und Peter» (los nombres de los tres chicos), y «Die Fetten Jahre sind vorbei», algo así como «los días de abundancia están contados», que es el mensaje que ellos dejan a sus víctimas.
P.: ¿Ese mensaje se podría extender al resto de los alemanes?
J.J.: Puede ser. Ya se siente que hay menos dinero, y más restricciones. Obviamente, no como en otros países.
P.: Viene al caso la pregunta de uno de los personajes: «¿Es justo solventar el estilo de vida de un idiota»?
J.J.: Lo dice ante un hecho muy particular. Por haberle abollado involuntariamente el Mercedes, una chica debe endeudarse durante ocho años con un tipo que tiene otros tres Mercedes en el garage. Es un abuso, pero no creo que la pregunta pueda generalizarse.
P.: Entre medio, usted trabajócon el notable Hans Geissendörfer de «La celda de cristal» y «El diario de Edith».
J.J.: Si, en «Schneeland» (algo así como país de nieve), adaptación de una novela de la sueca Elisabeth Rynell, donde una escritora pierde al marido en un accidente, entonces quiere suicidarse, pero justo encuentra los rastros de una historia real, ocurrida en los años '30, donde una joven (mi personaje) vive en el campo con su madre enferma y su padre abusador. Cuando la madre muere, él convierte a la hija en su mujer. Hasta que un día ella conoce a otra clase de hombre, un extranjero. El la trata bien, se enamoran, le promete volver para casarse. Ella lo espera todo el invierno. Pero él no vuelve. Más tarde le traen malas noticias: él murió en un accidente, cuando ya estaba de viaje, trayendo todas las cosas para la boda. Desde entonces la joven seguirá viviendo con la sola fuerza del recuerdo.
P.: Eso nos trae otro recuerdo. ¿Conoció usted a la hermana de Sophie Scholl?
J.J.: La primera función del film fue para los familiares de aquellos chicos condenados. Ahí la vi. Permaneció largo rato sentada, cuando ya se habían ido casi todos. Aquel día le mataron dos hermanos. El más chico, un soldadito de 19 años que estaba de licencia, consiguió que les devolvieran los cuerpos para enterrarlos. Enseguida debió volver al frente, y murió a la semana. Eso fue en 1943, poco antes de terminar la guerra. Esta mujer hoy tiene 84 años. Y nos dijo que el dolor, a medida que envejece, es cada día más grande. Pero que aún pese al dolor, nos agradecía que recordáramos el coraje de sus hermanitos.
Entrevista de Paraná Sendrós




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