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6 de agosto 2008 - 00:00

"La isla de Nim"

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Abigail Breslin, la niña protagonista, y Jodie Foster, la escritora fóbica que la socorre en «La isla de Nim», agradable fábula símil Disney, sin su estudiado valor moral ni el encanto de los clásicos.
«La isla de Nim» (Nim's Island, EE.UU., 2008, habl. en inglés). Dir.: J. Flackett y M.Levin. Guión: J. Kwong, P. Mazur, M. Levin, J. Flackett. Int.: A. Breslin, J. Foster, G. Butler, M. Griffin, P. Callan, E. Doyle.

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Nim vive sola y feliz en una linda isla volcánica del Pacífico Sur, con su padre biólogo y sus amigos el lobo marino, el pelícano, y el lagarto, un pobre bicho que quizá sufra crisis de personalidad, porque a veces lo vemos real, y a veces digital, según lo que le toque hacer.

También tiene su crisis, bastante avanzada (pero fácil de solucionar, al menos en el mundo del cine) la otra protagonista de esta historia especial para niñas, una escritora de aventuras que no puede ni salir a la puerta de su casa.

Ambas van a conocerse a partir de una confusión, cuando la chica debe pedir ayuda por internet, y encuentra en la correspondencia de su padre (que está perdido en alta mar) el nombre del famoso aventurero Alex Foster. Que en realidad es un invento de Alexandra Foster, la escritora miedosa. La cual, obligada por las circunstancias, termina venciendo sus muchas fobias y cruza desde la linda casita de San Francisco donde vive encerrada, hasta la antedicha isla volcánica más o menos situada a los 20º de latitud Sur y 162º de longitud Oeste, y decimos más o menos porque, supuestamente, es una isla secreta, pero igual llegan hasta ella los turistas, quienes,claro, son recibidos (también más o menos), como los piratas de «La ciudadela de los Robinson», por citar un clásico Disney que seguramente alguna vez hizo soñar a los responsables de esta producción Walden Media (empresa de imitación Disney que bien podría sucederla, aunque en este caso le falten la calidad de origen, el estudiado valor moral y el encanto de los clásicos).

También toma presencia corpórea el aventurero ideal (que casualmente es igualito al padre de la niña), se entromete un gordito inútil, hijo único de dos turistas gordos, que esperemos que la chica no se enamore, se inserta impunemente el arquetipo de anglosajón autosuficiente, superior a isleños cotorreros y árabes arteros, se nos hace soñar con islas y mares lejanos, se ata con hilos la ausencia materna (la atractiva figura del comienzo tendrá al final un reemplazo francamente tonto), y se nos deja otra vez la pregunta sin contestar: ¿quién les encera el piso a los personajes de las películas americanas? Porque la escritora, no vemos que se ocupe ni deje entrar a nadie de limpieza, y la nena vive con el lobo marino, que es un bicho hediondo que se arrastra, y sin embargo está todo reluciente.

La película encierra muchos misterios, pero ése es el más difícil (y quizá ni lo haya pensado la autora del libro que inspiró este film, Wendy Orr, una escritora infantil muy dulce, aunque en fotos recientes parezca la hermana de Brian Keith, aquel que hacía de malo en los westerns de los '50).

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