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27 de febrero 2008 - 00:00

"La nube errante"

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Las sandías tienen múltiples aplicaciones en «La nube errante», del director taiwanés Tsai Ming Liang.
«La nube errante» («Une nuage au bord du ciel/ Tian bian yi duo yun», Francia-Taiwán., 2005, habl. en mandarín) ; Guión y Dir.: Tsai Ming Liang. Int.: Lee K.S., Chen S.C., Kuei M.Y., Yozakura S.

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El taiwanés Tsai Ming Liang, nacido en Malasia de padres chinos, tiene aquí un buen lote de seguidores, que, dados a teorizar, ven más que el resto de los mortales. Sin duda ellos disfrutarán esto que entienden como continuación de la trayectoria sentimental de dos personajes a lo largo de ya varios films de Tsai, y hallarán similitudes con las andanzas del personaje de Antoine Doinel creado por Truffaut, y cosas similares. En una de esas hasta le hallan el gusto a los números musicales insertados en esta película, inclusive el del coro de mujeres en un baño público con un balde en la cabeza y la sopapa en la mano, asediando a un tipo con un sombrero en forma de glande.

Otro número, con parasoles en un parque, recuerda uno de «El Club del Clan», sólo que el cantante está travestido.

Bueno, se supone que esos son los gustos culposos del propio Tsai, quien, desde el título, alude a un viejo tema popular (la adaptación china del tema de Lebowsky & Newman «The Wayward Wind»). A través de canciones advertimos los sentimientos de la pareja protagónica (que por sí sola es medio inexpresiva), canciones que van desde una muy melancólica, en inspirada puesta, para abajo, como también van para abajo las actitudes de los personajes. A saber, un joven de rostro todavía adolescente, actor de una ínfima empresa porno, que termina participando en el abuso a una japonesa desvanecida, y una chica sin ocupación conocida, más que juntar agua en los baños públicos.

Por ahí debimos haber empezado. Según este cuento, hay en toda la ciudad una sequía espantosa. La gente entonces toma jugo de sandía (¿será que las plantaciones de sandías no se riegan?), y también usa la sandía para otras cosas. Por ejemplo, al comienzo nomás, hay una mujer tendida en la cama, con las piernas más abiertas que rana esperando la disección, pero con media sandía cubriéndole el origen del mundo. Ahí es donde entra el chino, y hace un enchastre muy curioso, que tal vez alguien quiera reproducir después en su casa.

El resto del film, en cambio, no es tan inspirador, más bien es una larga serie de largas escenas sin resolución, salvo la última, donde la china parece conseguir lo que quería, y (de alegría, de tristeza por el modo en que lo consiguió, o por otra cosa que sería de mal gusto decir) termina llorando. Suerte que es una lágrima sola, y no los siete minutos de llanto en cámara fija con que termina otra de Tsai, «Vive l'amour».

En síntesis, solo para chinoistas afrancesados, y para quienes quieran ver algunas tomas de Kaohsiung, donde se realizarán los Juegos Mundiales de Taipei 2009 (no confundir con los Olímpicos de Pekín 2008, so pena de recibir algo peor que una sandía por la cabeza).

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