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2 de noviembre 2007 - 00:00

¿La revolución digital alcanza a los libros?

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En los albores de esta época de cambios, y por una razón de factibilidad, los libros estuvieron en el primer lugar como objetos capaces de ser fácilmente transformados al consumo electrónico, ya que desde hace varios años la producción de material gráfico está totalmente ligada a lo digital hasta el momento de su impresión.

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Ante las objeciones referidas a la presentación del material, la industria generó varias alternativas, entre las que finalmente se ha impuesto, casi de manera absoluta, el PDF (portable document file), formato estandarizado que permite visualizar en pantalla la apariencia gráfica final de cualquier producto. Pese a esas ventajas, la industria gráfica resistió el cambio aduciendo todo tipo de excusas, entre las que se destaca la que se refiere al «erotismo del papel», es decir, al placer que supuestamente encuentran los lectores en la manipulación de lo impreso.

Lo cierto es que el principal impedimento para la adopción del libro digital estaba en la falta de portabilidad de los aparatos capaces de reproducirlos, algo que en los últimos tiempos ha sido superado con la masificación de las agendas portátiles y de otros reproductores multimedia similares.

Así, muchos analistas consideran que hoy están dadas las condiciones para que la revolución de los libros digitales finalmente tenga lugar, sobre todo porque el paso del tiempo está transformando a muchos usuarios digitales de origen en consumidores de peso, con ingresos habituales y costumbres consolidadas a la luz de las pantallas.

La creación de nuevas conductas a la hora de acceder a los libros depende, además, del factor económico, algo que debe verse reflejado en los precios de comercialización teniendo en cuenta que es mucho más barato ofrecer un libro electrónico en Internet que hacer lo mismo a través del tradicional canal impreso, donde los distribuidores y las librerías se llevan un gran porcentaje del precio de venta al público.

En la ecuación ingresan, además, otros factores que deben tenerse en cuenta, como son el conservadurismo de los lectores o la labor de mediación en los productos culturales que, de hecho, ejercen las editoriales, que son las que deciden qué producto es comercialmente atractivo y qué producto no lo es, lo que de alguna manera implica una censura previa de la que los lectores no son del todo conscientes.

Horacio Moreno

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