Alejandro
Urdapilleta es
el rey Lear en
la muy
particular
visión de
Jorge Lavelli
del clásico de
Shakespeare.
«Rey Lear» de W. Shakespeare. Dir.: J. Lavelli. Int.: A. Urdapilleta, R. Carnaghi, P. Audivert, M. Subiotto y elenco. Mús.: N. Varchausky. Vest.: G. Galán. Disp. Escénico e Ilum.: J. Lavelli y R. Traferri.
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Esta es la historia de una caída. El derrumbe de un viejo guerrero que comete el error de repartir su reino entre dos hijas aduladoras y traicioneras. Su último acto de injusticia lo cometió al repudiar a su tercera hija, Cordelia, la única que le habló con sinceridad. A partir de allí, las peripecias de «Rey Lear» se tornan cada vez más complejas, como si la realidad, ya de por sí turbulenta (está a punto de estallar una guerra civil) se pusiera a competir con la más siniestra de las pesadillas.
Expulsado de sus tierras y de su familia, Lear es ahora un mendigo. El caprichoso soberano, que pretendía retirarse a descansar sin perder poder, deambula a la intemperie acompañado por su loco bufón y con la mente transtornada por la perfidia de sus hijas. Pero también fue su culpa que los hombres más honestos de la corte (Kent y Edgar) tuvieran que huir disfrazados, ya que una vez perdido el estado de derecho la verdad se ha vuelto muy peligrosa.
Shakespeare reafirma esta idea a través de una subtrama que tiene por protagonista al Conde de Gloucester (magnífica labor de Roberto Carnaghi). El también se equivoca al acusar de traidor a su hijo Edgar y confiar en el ambicioso Edmund, el vástago ilegítimo. Más que de un enfrentamiento entre generaciones, se trata de la ruptura de un orden natural, en donde los jóvenes se apresuran a expulsar y denigrar a sus mayores sin aprovechar la experiencia de quienes los precedieron. Pero, ninguna síntesis argumental puede hacerle justicia a esta obra inabarcable. ¿Cómo describir la permanente la confusión entre lo verdadero y lo falso, entre lo real y lo aparente que domina este drama?
La puesta de Jorge Lavelli brinda una clara exposición de los hechos, bastante fiel al original. Y sin embargo, a lo largo de 150 minutos de acción ininterrumpida, son muy pocos los momentos en los que el genio del autor se adueña del escenario. De tanto en tanto se escuchan risas y suspiros en el público, sobre todo cuando el que reflexiona es Lear (un personaje que el director dejó librado al peculiar estilo actoral de Alejandro Urdapilleta) o su loco bufón, muy bien interpretado por Luis Longhi. El dúo comparte una buena química, ambos funcionan en espejo y este rasgo potencializa el delirio de muchas escenas.
El resto del elenco tiende a desconcertar con sus movimientos gimnásticos totalmente disociados de una interpretación más bien rígida y altisonante. En cambio, Gustavo Böhm y Marcelo Subiotto (Edgar y Edmund, respectivamente) y también Eduardo Calvo (Oswald) desempeñan sus papeles con mayor frescura y convicción.
Tratándose de una puesta que intenta revelar el sentido más profundo de los acontecimientos narrados -como declara su director- hay que admitir que algunas de sus resoluciones van en contra de esta decisión. La puerilidad con que están resueltas las escenas de esgrima, por ejemplo, le quitan fuerza a este drama. Tampoco se entiende por qué dura tanto la escena en la que a Gloucester le arrancan los ojos, cuando el resto de la puesta apunta más a la razón que a las vísceras.
En contrapartida, resultan muy refrescantes los rasgos de humor que explota su protagonista. Su perfil es el de un rey cómicamente autoritario, de principio a fin. Trágico en su condición, es cierto -y ahí está el texto de Shakespeare para recordarlo-, pero lo que predomina en él es el absurdo.
Decepción
En cuanto a su diseño espacial, «Rey Lear» resulta más bien decepcionante. Se juega con la idea de vacío, pero sin profundizar en ella. La desnudez del escenario es transgredida por un pesado módulo laminado como un espejo (sin la calidad de éste) que funciona como castillo o fortaleza dotado con pequeñas puertas y varios ojos de buey por donde asoman las hijas traidoras.
Más pobre aun resulta el dispositivo en forma de oruga que en algunas escenas se transforma en cueva y en otras en tiendas de campaña. El vestuario de Graciela Galán es el adecuado a una monarquía bárbara. Sólo se recorta la figura del Loco, cuyo atuendo bastante más moderno y de pantalones cortos remite al que lucía el personaje de Ninias en «La hija del aire».
La traducción de Patricia Zangaro resulta agradable al oído e invita a releer la obra después de la función. A pesar de sus descuidos, la puesta de Lavelli ofrece una mirada lúcida e inteligente sobre un clásico por las dificultades que presenta. Es justo reconocer entonces que su interpretación habilita nuevas visiones y es una valiosa guía para adentrarse en el universo shakespeareano.
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