Londres: arte escandaloso

Espectáculos

Londres (EFE) - Resulta difícil hoy en día escandalizar en el mundo del arte, pero parece que Tracey Emin (conocida sobre todo por su cama con los restos de una noche de amor) lo ha conseguido otra vez con la sala que ha curado para la Exposición de Verano de la Royal Academy of Arts (RAA) londinense, a juzgar por las declaraciones de algunos de sus académicos.

Emin, quien se hizo famosa con una cama con ropa interior sucia, colillas y preservativos, y por una instalación en forma de tienda de campaña con los nombres de todos sus amantes, fue nombrada académica de la RAA el año pasado y recibió la invitación para seleccionar las obras de una de las salas de esa exposición, que se celebra anualmente desde 1769.

Antes incluso de que la RAA abrierasus puertas el lunes a la prensa, algunos académicos comentaron que el gran Turner, que exhibió en su día varias obras maestras en la Exposición de Verano, se habría ofendido y habría considerado lo expuesto por Emin como infantil y ofensivo.

«Es una desgracia. Están utilizando a la Royal Academy para escandalizarnos con basura pretenciosa. No es representativo de la Academia. Es provocador y ofensivo», se quejó ayer, por ejemplo, el escultor y académico Ivor Abrahams en el diario «The Times».

En efecto, Emin no quiso defraudar ni a admiradores, que los tiene, ni a sus detractores, y sobre todo ha hecho lo que parece que más le gusta: que se hable de ella.

Nada más abrirse ayer a la mañana la exposición a los críticos y periodistas, su sala se llenó de fotógrafos que no dejaban de disparar sus cámaras sobre los objetos seleccionados. Allí había desde una escultura cinética de gran tamaño que representa a una cebra macho copulando con una mujer hasta el video de una joven bailando desnuda junto al mar con un hula-hula hecho de alambre de púas y desangrándose con el movimiento de caderas. Una macabra fotografía en blanco y negro mostraba a un jovencísimo Damien Hirst (el artista de los tiburones disecados en formol), juntando su cara risueña al rostro abotargado de un cadáver que parece hacer una mueca como las de las famosas esculturas del artista austríaco del barroco Franz-Xavier Messerchmidt.

No lejos de allí podía verse una escultura titulada «Pink Narcissus» (Narciso Rosa), compuesta por un manojo de penes y dedos, que, gracias a un foco colocado delante, arrojaban curiosamente sobre la pared un doble perfil a lo Jano.

Algunas de las obras elegidas por Emin carecen de ese elemento provocador como una escultura en bronce y acero en forma de saco de la nonagenaria Louise Bourgeois o un lienzo del estadounidense Julian Schnabel que representa el rostro de una geisha sobre un fondo de «drip painting».

La propia aportación de Emin a su sala consiste en el primer plano de una mujer -tal vez ella misma- con las piernas abiertas, ejecutada con trazos rápidos, un poco como lo que hacían hace ya un siglo los austríacos Egon Schiele y Gustav Klimt, sólo que con bastante mayor torpeza.

«Es como una niña que quiere ser mala y se sube las faldas para enseñar al público que no lleva bombacha», comentó ayer una crítica de la representante de Gran Bretaña en la última Bienal de Venecia.

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