23 de enero 2008 - 00:00

"Los fantasmas de Goya"

Aunque el nórdico Stellan Skarsgard es Goya, Javier Bardem, como elempelucado y lascivo Padre Lorenzo es el verdadero protagonista de unfilm que por momentos recuerda a los Monty Phyton.
Aunque el nórdico Stellan Skarsgard es Goya, Javier Bardem, como el empelucado y lascivo Padre Lorenzo es el verdadero protagonista de un film que por momentos recuerda a los Monty Phyton.
«Los fantasmas de Goya» (Goya's Ghosts, EE.UU.España, 2006, habl. en inglés). Dir.: M. Forman. Int.: J. Bardem, N. Portman, S. Skarsgard, R. Quaid.

Antes que los de Goya, el demorado nuevo film de Milos Forman convoca otros fantasmas: los fantasmas de un cine en desuso, monolítico y simplote, emperifollado de próceres y réprobos, de actos heroicos y cobardías; un cine que treinta años atrás no hubiera desentonado en una sesión de continuado junto con un western, una de guerra y una de gangsters.

Hacía mucho tiempo, por ejemplo, que no se veía a un extra como Napoleón en el momento de arengar a las tropas (y arengándolas con la misma cara de sudoroso bronce en trance que tenía Rod Steiger en «Waterloo»). O al vicioso y pusilánime Carlos IV de España, en el rechoncho cuerpo de Randy Quaid, atemorizándose por el destino corrido por su hermano Luis XVI en la guillotina, y casi como si a él, a su vez, lo estuviese por cortar la tanda de cine de superacción en « Canal 11». Resultado de un encargo, el film de Forman (que coescribió el guión con el veterano Jean Claude Carriere, muy lejos de los años Buñuel) poco tiene que ver con sus otras exploraciones de época como «Valmont» y «Amadeus». Ingenua e ilustrada como un libro de estampas, los « Fantasmas de Goya», además, ni siquiera lleva como protagonista al gran artista español sino a otra especie de Salieri, el Padre Lorenzo, una creación tan sublime de Javier Bardem que tal vez sólo por la ridícula simpatía que despierta dejó de ganar la frutilla de oro.

Empelucado y lascivo, Bardem crea un auténtico Tartufo madrileño casi como si se estuviera riendo por dentro por el personaje que se le asignó. Junto con el que le tocó en «El amor en los tiempos del cólera» el actor de moda hoy en el mundo ha de ser uno de los pocos a los que ni siquiera le sienta demasiado mal semejante galería de astracanadas.

El oscuro Goya, el artista que ilustró los infiernos de la conciencia, es la pura razón en esta película: el nórdico Stellan Skarsgard es el ojo que ve, juzga, y refleja su época desde la posición de testigo no comprometido y casi apolítico, pese a los dolores de cabeza que le produjo al tribunal del Santo Oficio.

Ahora bien, de fantasmas nada. Goya cuenta su dinero, calcula lo que ganará por cada mano pintada en un retrato, y sólo quiere que lo dejen en paz. El único con fantasmas de lujuria y poder es el pecaminoso Lorenzo, capaz de cambiar de bando según las épocas y conveniencias, de negar a quien sea según provecho y de reconocerse hijo de chimpancé y gorila para evitar padecimientos físicos.

El guión se vale de una doncella en peligro, Inés Bilbatúa (Natalie Portman) para combinar ambos destinos y hacer la crónica de una de las muchas etapas oscuras de la historia española, la del reinado de Carlos V, la revolución napoleónica, y la restauración de los Borbones.

A Inés, descendiente de una rica familia de judíos conversos, la pinta Goya y la desea Lorenzo; en pleno reinado de la Inquisisión y antisemitismoen España, ya imaginará el lector el destino de la desdichada. Lo que resulta difícil de imaginar en cambio son los avatares telenovelescos en los que derivará el folletín, al punto de que la dúctil Portman se verá obligada a hacer dos papeles, también el de su propia hija.

La película, posiblemente, ha tenido buenos asesores históricos para evitar el riesgo de los anacronismos e inexactitudes.Así, en su segunda parte, queda de manifiesto la sordera de Goya mucho menos famosa que la de Beethoven (y naturalmente menos atentatoria contra su arte). Sin embargo, ese traductor por señas que sale junto a él en dramáticos momentos del film, antes que contribuir con la verosimilitud, atenta fatalmente contra la seriedad: ya no se sabe si se está viendo a Milos Forman o a los Monty Python.

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