«María Antonieta. La última reina» de Antonia Fraser. Trad.: Roser Vilagrassa. Edhasa. Bs. As., 2006. 702 págs.
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Esta monumental biografía dedicada a la figura más famosa de toda la historia francesa, además de Napoleón, invita a ser leída en clave novelesca. Y no porque su autora carezca de rigor académico. Todo lo contrario, Lady Antonia Fraser (es hija de un conde y desde 1980 esposa del dramaturgo Harold Pinter) ha sido elogiada por la meticulosidad de sus investigaciones y también por la obsesión con que verifica cada dato que llega a sus manos. Lo que le critican los historiadores de carrera es su gusto por la especulación y su tendencia a retratar con pelos y señales la subjetividad de sus objetos de estudio.
De hecho, lo que más llama la atención de esta obra, editada originalmente en 2001, es su minucioso informe sobre la vida cotidiana de una corte del siglo XVIII. El nivel de detalle es abrumador en todos los campos: moda, educación, comidas, ceremonial, affaires amorosos, música, artes plásticas, arquitectura, etcétera. Más otros pormenores que en ocasiones bordean la chismografía, pero que para la autora tienen igual valor que el mapa político de la época. Desde los partes ginecológicos que María Antonieta debía enviar a su madre, la emperatriz María Teresa de Austria, siempre atenta a los ciclos menstruales de sus hijas, a los rumores que circulaban por palacio o los numerosos libelos (algunos muy obscenos) que durante el reinado de Luis XVI invadían la ciudad mofándose de su supuesta impotencia sexual y del pretendido desenfreno sexual de su mujer. En toda la primera parte se describen telas, joyas y jardines con verdadera fruición. Lo que en cierto modo permite comprender el delirio esteticista que desplegó Sofía Coppola en su reciente film «Marie Antoinette», basado muy superficialmente en el libro de Fraser. Pero la escritora ofrece un contrapunto realmente estremecedor en la segunda parte, cuando describe paso a paso el estallido de la sangrienta revolución que en 1789 derrocara el régimen monárquico. La brutal conducta de los revolucionarios y las humillaciones a las que sometieron, innecesariamente, a María Antonieta y a sus pequeños hijos generan un clima pesadillesco y desolador.
Según Fraser, la reina fue el chivo expiatorio del fracaso monárquico («La culparon de toda la Revolución Francesa» se indigna) y niega que haya influido negativamente en su esposo, puesto que nunca le había interesado la política y sólo pudo descollar en el rol de madre. Había pecado de frívola y derrochadora, concede la autora, pero era una forma de compensar las muchas presiones y desplantes que recibía por parte de Austria, de Francia y de su apático marido, con quien recién pudo tener relaciones sexuales a los siete años y tres meses de casada. Fraser hace causa común con María Antonieta y se ocupa de desmentir, con argumentos muy sólidos, las acusaciones de las que fue objeto. Y como la información que ofrece es tan abundante, el lector podrá sacar sus propias conclusiones, sin tener por qué coincidir con la opinión la autora.
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