15 de enero 2008 - 00:00
Melcón, entre la alegoría y los misterios del arte
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«Introducción a la sociología», una de las obras del artista argentino Miguel Melcón, un dibujante por excelencia y un pintor despojado y sensible.
Pero fundamentalmente, su retórica evidencia su acercamiento a los toques sensibles y caligráficos de Cy Twombly, un gran artista que entiende la pintura como un tipo de escritura y convierte el tejido disperso de singulares composiciones en una unidad. Ya a mediados de los años 50, Twombly comenzó a desarrollar su serie de obras de carácter gestual y espontáneo, que incluían inscripciones similares a los graffiti. Signos muy refinados dispersos sobre fondos monocromáticos, con leves manchas de color. Así vimos una fantástica exhibición suya como invitado especial a la Bienal de Venecia.
Los característicos trazos sueltos de Melcón ya estaban presentes en sus retratos de fines de los 70. Desde comienzos de los 80 inició series alusivas a lo que surge, lo que se está formando y exige aún consolidación: «La gestación», 1984; «Tiahuanacu» del «Estudio con feto de llama», 1986. De fines de los 80 se destaca su tela «Homenaje a Kafka» de 1989. Franz Kafka se anticipó al mundo contemporáneo hostil, donde el hombre busca, sin esperanza ni amparo, entenderse con poderes remotos y absolutos, cuyas manifestaciones son siempre ambiguas. «Sólo encontraría felicidad si pudiera elevar al mundo hacia lo poco verdadero e invisible». Por ello, en Kafka lo verdadero es poco, y además, invisible.
En el sueño, la negación es imposible: algo tachado no significa necesariamente anulado, sino que la tachadura se comporta como un signo más que hay que descifrar. En las obras de Melcón, las cruces que tachan los dibujos de fetos, cerdos y otras imágenes esbozadas, remiten a todo lo contrario de una anulación, ya que ese sentido de lo onírico se relaciona con toda su obra.
Entre sus últimas series, él realizó «De la memoria», en 2005. Al año siguiente el Centro Recoleta presentó una retrospectiva con obras del periodo 1982-2006, más de dos décadas de su trayectoria iniciada a mediados de los 60. La noción de temporalidad y los trazos del pasado están presentes en «Hacia el Machu Picchu». El santuario fortaleza descubierto en 1911 por el historiador inglés Hiram Bingham, se encuentra a 2.500 m de altura, entre dos picos andinos, a 137 km de Cuzco, fundado por Pizarro en 1534, sobre los cimientos de la homónima urbe prehispánica, sede de los emperadores incaicos desde el siglo XII, que él mandó demoler. Construido en los siglos XIV y XV, Machu Picchu es un recinto de misterio y acaso de eternidad, con su escolta de montañas impasibles y piedras silenciosas. Son las huellas de aquella Antigua América las que emergen en estas obras. Sus series alcanzan gran resonancia significativa a partir de una depurada economía de medios.
«La pintura de Miguel Melcón es de despojamiento. La configuración del espacio está determinada por un inicial planteamiento que tiende a una voluntad de síntesis, en tanto que los vacíos adquieren una importancia desmesurada. En sus telas emerge la levedad de todo lo existente, allí aparecen indicios cromáticos, signos, figuras y huellas que pasan como intentando ser apenas visualizados. De esta suerte, el objeto de su obra está en la reflexión sobre la fragilidad de las apariencias, en las alegorías de lo transitorio», escribió Malena Babino.
Los alcances de la alegoría fueron planteados por el filósofo alemán Walter Benjamin en su ensayo de 1928, «El origen del drama barroco alemán». Para él, «La alegoría no es una técnica gratuita de producción de imágenes sino una forma de expresión, de igual manera que lo es el lenguaje y hasta la escritura». Oponiendo símbolo y alegoría, ve en ese par una remisión a la historia de la Naturaleza, y en esta un trasunto de la naturaleza de la Historia, en términos dialécticos. La alegoría se refiere «plenamente y como enigma, no sólo a la condición de la existencia humana, sino también a la historicidad biográfica de un individuo. Tal es el núcleo de la visión alegórica» que es la intuición de la caducidad de las cosas y el cuidado por salvarlas para la eternidad.
Las obras de Melcón remiten a este conflicto pero también a los misterios del arte, ese espejo que nunca lo dice todo.




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