Daniel Auteuil y Dany Boom animan un film cuya base conceptual
no difiere de la de los archivos animados sobre el
amor y la amistad que suelen atacar nuestras computadoras.
«Mi mejor amigo» («Mon meilleur ami», Francia, 2006; habl. en francés). Dir.: P. Leconte. Int.: D. Auteuil, D. Boom, J. Gayet, J. Durand y otros.
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No es sencilla la tarea de desarrollar una historia moderadamente inteligente sobre el concepto «quien tiene un amigo, tiene un tesoro». Los americanos son más duchos para hacerlo, aun cuando no eludan (ni les interese hacerlo) la comodidad formal de la comedia estandarizada. Pero los franceses, y en especial el francés Patrice Leconte, incapaz de tomarse las cosas más a la ligera, como haría tal vez Francis Veber, o de renunciar al « toque de profundidad», se obliga sin necesidad ninguna a tener que estar luchando contra lo vergonzante en cada escena.
Es cierto, su oficio y el de los actores luchan con heroísmo contra el naufragio absoluto, al punto de que por momentos -no siempre-puede llegar a olvidarse que «Mi mejor amigo» no se diferencia en nada de esos archivos animados que suelen enviar a nuestras computadoras, con insufrible empeño, aquellos contactos adictos a las pegajosas frases sobre la amistad y el amor con fondos de paisajes de playas y flores.
Daniel Auteuil, ese gran actor multiuso, adaptable a los más insólitos terrenos, compone a François. un marchand egoista y solitario. Sin embargo, a diferencia del Harpagon de Molière o del Scrooge de Dickens, François tiene un huequito en el corazón: aunque no lo reconozca e insista en negarlo, le falta un amigo. En algún momento, su antipática socia lo desafía a una apuesta: que él presente en sociedad a su mejor amigo, arriesgando, si así no lo logra, un valioso vaso antiguo con motivos de la amistad entre Patroclo y Aquiles (aunque se trate en ese caso de una amistad a la griega que, en principio, no sería la misma que busca el marchand).
Inspiración
El candidato para ocupar ese lugar es Bruno (Dany Boon), un taxista fanático de las trivia, que suele abrumar a sus congéneres con datos y curiosidades históricas, culinarias o deportivas. Obviamente (como casi todo), François y Bruno entrecruzan sus caminos, y el guión descarga todo el armamento posible de lugares comunes sobre la naturaleza de la amistad, sus riesgos, placeres y sombras.
Entre los muchos lunares de «Mi mejor amigo» no es menor su «excesiva inspiración» en otras películas. Más allá del grosero plagio a un famoso chiste que aparecía en «Bananas» de Woody Allen, la historia de este film tiene sospechosas similitudes con una comedia ejemplar del tan subestimado Claude Lelouch: «Robert y Robert» (1978). Allí, Charles Denner (que también hacía de taxista) y Jacques Villeret componían a dos solterones neuróticos, que se conocían en la antesala de una patética agencia matrimonial, y que terminaban haciéndose amigos.
Villeret, casi sobre el final, terminaba en la TV en un programa de imitaciones (hacía una desopilante remedo de un film de Bergman); acá Bruno va a un programa de preguntas y respuestas... Pero, claro, hay diferencias: hablar bien de Lelouch queda muy mal, pero elogiar a Leconte es de buen gusto.
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