Fabrice Luchini (el burgués gentilhombre Jourdain) y Romain Duris (Molière):
las lecciones del duro oficio de hacer reír.
«Molière» (id. Francia, 2007; habl. en francés). Dir.: L. Tirard. Int.: R. Duris, F. Luchini, L. Morante, L. Sagnier y otros.
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El «Molière» del joven realizador francés Laurent Tirard parte de ese mismo síndrome que, desde Aristófanes hasta Woody Allen, aqueja con cierta regularidad a casi todos los grandes comediógrafos: el irreprimible deseo de calzarse la máscara de la tragedia y dejar de lado, aunque más no sea por un tiempo, la carga pública de entretener al soberano. O, en palabras del mismo Molière, de abandonar momentáneamente la «extraña empresa de hacer reír a toda esa gente honesta».
El buen actor Romain Duris es el Jean Baptiste Poquelin (nombre real de Molière) de la película: allí se lo ve, regresando cansadamente junto con su troupe de una extensa gira por el interior de Francia, nuevamente camino a París, ante el trance de sugerirle a «Monsieur» (así llamaban, escuetamente, al hermano de Luis XIV, patrocinador de la compañía de Molière) la posibilidad de cambiar de género. No se atreve, por supuesto. Nadie, desde Monsieur hasta el último de los taberneros, se lo hubiese permitido.
Es entonces cuando la película, dando un salto retrospectivo de 13 años, inicia la fantasía sobre la que está basada, y que la aleja de cualquier modelo de dramatización biográfica tradicional (nada tiene que ver, por caso, con la famosa producción de Ariane Mnouchkine de 1978) para acercarla, especialmente, a la película que muy posiblemente le haya proporcionado su formato disparador, «Shakespeare apasionado», a la que sin embargo no trata de remedar.
Como en el caso de Agatha Christie, hay un período oscuro en la vida de Molière que ninguno de sus biógrafos logró explicar con satisfacción. Así, el guión se vale de él para expandir su fantasía: el comediógrafo y actor, según lo que aquí se urde, fue encarcelado no sólo por haber incumplido deudas fiscales sino también por haberse burlado, en escena, de los inspectores que acudieron con intención de cobrárselas. Sin embargo alguien, misteriosamente, paga la fianza, y a Molière lo trasladan entonces a la mansión de su benefactor: el ridículo burgués Monsieur Jourdain, nombre molieresco por excelencia, quien pretende cortejar a la apetecible viuda Celimene (Ludivine Sagnier) a través de la poesía, las artes dramáticas y la actuación, y para eso requiere los servicios del atribulado cómico a pesar suyo.
Desde luego, la estratagema debe quedar oculta a los ojos de Elmire, esposa de Jourdain (Laura Morante, cuya madura belleza vuelve más incomprensible aun el plan del zopenco marido) y, en consecuencia, la presencia de Molière debe ser simulada: se le dice a Elmireque es un cura, llamado... Tartuffe. No hace falta detallar mucho más para que se advierta el resorte fundamental del plot, una elaborada farsa donde se entrecruzan los temas, argumentos y personajes centrales que inspirará, más tarde, la mayor parte de las obras de Molière, desde «El burgués gentilhombre» y «Las preciosas ridículas» (entre las más difundidas, aunque hay otras más) hasta el resonante «Tartufo».
El film tiene un aire «molierescamente» gentil y agradable, con escenas de auténtico brillo (en especial, las que juega con humor y talento el notable Luchini). Satisface, además, a todo tipo de público, sin requisitos como el de haber pasado por las aulas de la Alliance Francaise para gozarlo. Reprochársele «academicismo», como se ha hecho, no debería sorprender. El mismo Molière fue el primero en advertir, y ridiculizar, a la inextinguible estirpe de los «précieux ridicules».
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