Alexakis: «Nunca me he planteado que cargo sobre mi espalda el peso de dos tradiciones importantes, la griega y la francesa; sin embargo, a cada rato descubro cómo me han marcado».
A los 17 años Vassilis Alexakis viajó a Francia a estudiar periodismo; al tiempo tuvo que volver a la Atenas natal, para regresar apenas unos años mas tarde y establecerse en París. Allí comenzó a escribir en «Monde des livres» y en el diario «Le Monde», donde llegó a dibujar chistes políticos. A partir de allí hizo radio, teatro, cine y comenzó a escribir relatos. Se dio cuenta de que tenía un destino literario y dejó todo para dedicarse a escribir. Hoy cuenta con una extensa obra novelesca, con la que ha ganado premios como el Albert Camus y el Medicis. «Las palabras extranjeras», el primero de sus libros que acaba de traducirse al español, nos llevó a dialogar con Alexakis.
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Periodista: ¿Por qué cree que teniendo una obra extensa y muy premiada recién ahora comienza a ser traducido al español?
Vassilis Alexakis: Salvo que se trate de un best seller, los libros tardan tiempo en ser traducidos. Pareciera que, además, muchas editoriales estuvieran conducidas primordialmente por criterios de marketing.
P.: ¿Piensa que la presencia del humor en sus textos le va en contra de su difusión internacional?
V.A.: Es posible que cree dificultades al traducirlos, pero me es difícil hacer un juicio sobre mis libros aún en ese tema. El humor si bien está presente no es lo dominante en mis obras sino un elemento necesario. Y eso está en los clásicos, se ve tanto en Dickens como en Beckett. Habiendo narrado historias de fondo sombrío han cultivado en ellas el humor. En ellos se ve cómo el humor no afecta al contenido dramático sino que lo potencia.
P.: ¿Qué piensa de que la literatura francesa haya dejado de tener el lugar predominante que tuvo hace medio siglo?
V.A.: Es un verdadero problema. Con el Nouveau Roman, los libros de Alain Robbe-Grillet, Michel Butor, Claude Simon, se aburrió a los lectores, se despachó a aquellos que elegían la literatura francesa y también a la literatura francesa misma. Ellos hacían de sus novelas más una crítica de la novela que una verdadera novela. Eso no lo hicieron los escritores ingleses y norteamericanos, ellos cuidaron el género con grandes beneficios. Las novelas deben ser escritas por quienes aman las novelas y no por quienes sólo pretenden dar una enseñanza personal de los alcances de la narrativa. Las grandes novelas salen de escritores que no se consideran tan inteligentes. Para escribir un buen relato hay que, en algún punto, seguir siendo un niño que se asombra con lo que cuenta.
P.: Usted hace periodismo, dibuja chistes, hace cine y teatro, escribe novelas, cuentos aforismos, guías de viaje, ¿no es mucho?
V.A.: Mi vida está consagrada en noventa por ciento a la novela, el resto son actividades a las que les dedico como mucho un par de meses. Estoy convencido de que hay que poner como eje de la vida una actividad y dejar un pequeño espacio para las distracciones. Hace 25 que abandoné el periodismo porque había sentido que tenía un destino literario.
P.: ¿Hizo carne su pasión por narrar?
V.A.: Yo me defino como un fabricante de historias, y soy sólo eso, un contador de historias. Plantearlo así puede parecer una postura ingenua, pero producir una obra artística desde allí es algo extraordinariamente complicado. Hacen falta muchos elementos, muchos datos, muchas cosas para fabricar una novela. La idea puede surgir de los diarios, del periodismo, de la historia, de la filosofía, de la observación de la vida. Después viene el verdadero trabajo. La del escritor es por eso una actividad exclusiva, intensiva y a la vez abierta. Yo cuando me pongo a escribir tengo la impresión de alejarme del mundo.
P.: Al ser griego de origen y vivir desde hace muchos años en Francia ¿en qué medida siente el peso de esas dos tradiciones tan fuertes en la historia de Occidente?
V.A.: Un escritor no parte de las tradiciones sino a la búsqueda de su propia voz. Nunca me he planteado que cargo sobre la espalda el peso de dos tradiciones importantes. En todo caso me digo que me las tengo que sacar de encima, y sin embargo a cada rato descubro cómo me han marcado. En los grandes clásicos griegos y franceses he encontrado y tomado para mí el deseo, la voluntad, de ser esencialmente claros. La claridad es algo que busco aplicar. Y para ello hay que trabajar con la menor cantidad de palabras posibles para lo que se tiene que contar. No estoy reivindicando una herencia pero Grecia está cuando trato de darle a lo que escribo un tono oral, y Francia al presentar los hechos y pensamientos de una forma racional, simple y elaborada, algo nada fácil. Además, la literatura griega está aún por descubrir más allá de sus fronteras.
P.: Bueno, Grecia tuvo a Nicos Kazantzakis, que estudió en Francia, y escribió «Zorba el griego», que lo hizo mundialmente famoso.
V.A.: Si bien es muy conocido, no resume toda la literatura griega. Sus novelas, que mezclan religión, épica y poética ya no se corresponden con la Grecia actual. Kazantzakis promovía una visión metafísica del hombre de la que yo estoy en las antípodas. Mi visión de los monjes del monte Athos es marcadamente diferente; él consideraba que no eran suficientemente severos con ellos mismos, yo en «Después de Cristo» considero que forman un grupo de fanáticos.
P.: ¿De qué trata su primera novela «El sandwich»?
V.A.: De un hombre que mata a su mujer y come un sandwich. Ese es el punto de partida. Pero no sirve ir más allá, porque no estaríamos sobre la literatura, que es mi propósito, sino ante la mera información de un suceso. Una novela es su estilo, no su tema sino la forma de abordarlo. El tema es apenas lo que puede provocar un primer interés al potencial lector.
P.: ¿En sus creaciones parteuna idea de conjunto o de una imagen?
V.A.: Sé hacia dónde voy, en qué dirección quiero encaminarme, pero es un viaje del que no sé a qué lugar voy a arribar. En el andar la meta se vuelve cada vez más clara. Por el camino se vive la misma angustia que al llegar a un país donde no se conoce a nadie. No hay un plano sino una dirección. Es el personaje el que va sumando indicaciones y lo desafía al escritor a avanzar. Es por eso que las primeras páginas son las más difíciles de escribir. Son esas que Chejov al final descartaba, y que comprometen desde el inicio con el sentido del relato. Si el personaje es un ciego, tomemos un ejemplo elemental, esto va a determinar de manera decisivo todo lo que sigue, impone al narrador no equivocarse en cada uno de sus pasos y, a la vez, no dejarlo tanteando, como uno haría en la oscuridad. Uno sabe que las características del personaje tendrán consecuencias posteriores, y el escritor debe saber jugar con ellas. La ceguera, en ese caso, debe tener un sentido como el calor para «El extranjero»; no debe ser un elemento exótico o una mera imposición para construir una alegoría. Toda novela en su avance va imponiendo una lógica propia y esto tiene hasta cierto punto un carácter matemático. El personaje debe evolucionar para llevar el relato hacia su centro. Conseguir que eso suceda progresivamente, de forma armónica, sin que la narración deje de respirar a cada instante, es el gran desafío del narrador.
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