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14 de noviembre 2008 - 00:00

Olea: "No creerse más listo que el público"

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Pedro Olea, director de la legendaria "No es bueno que el hombre esté solo", preside el Jurado en el Festival de Mar del Plata.
Mar del Plata (Enviado especial) - «¡Qué maravilla, cómo me trata la gente! ¡A punto de Disney!» Así dice el veterano Pedro Olea, autor de «No es bueno que el hombre esté solo» y otros viejos éxitos y, en estos días, algo a su pesar, presidente del jurado oficial en el Festival de Mar del Plata. Aquí juzga sus propias películas, aunque reconoce que volvería a hacer inclusive las malas, pero primero recuerda una anécdota del colegio de curas.

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Periodista: Usted tiene una larga carrera, ¿cómo empezó todo?

Pedro Olea: ¿Cómo me hice director? De niño, en una fiesta del colegio de frailes maristas donde premiaban el buen comportamiento y eso. Había un telón pintado como si fuera un bosque, junto a él una balaustrada de mármol, y una multitud de padres de alumnos. Yo, de siete años, vestido de rojo, con una flor en la mano, representando la Envidia. Todavía recuerdo el texto: «¡Oh, flor, qué hermosa eres! Tú, que eres el paradigma de la Primavera, etc.», y lo decía muy bajo, porque era demasiado tímido, y el telón moviéndose, con el fraile detrás, «Olea, ¡más alto!», y empezaba de nuevo, y de nuevo «Olea, ¡más alto!», detrás del telón, y yo delante del público, y así como cuatro veces. Salí muerto de miedo, pero diciéndome «Ah, yo quiero hacer lo del fraile», y a eso me dedico.

P.: ¿Y en qué consiste eso exactamente?

P.O.: Cine, teatro, no ser muy pretencioso ni muy denso, ni creerme más listo que el público, disfrutar de mi profesión, pelearme con los productores, seguir aprendiendo, porque ésta es una carrera larga, y mezclar siempre calidad con comercialidad. Hitchcock decía «el cine es una sala llena de butacas que hay que llenar».

P.: Bien, pero ¿por qué pelearse con los productores?

P.O.: Hombre, porque siempre quieres más para tu película. Tú, lo tuyo ya lo tienes en el contrato. Pero si el presupuesto dice 80 coches, o 100 extras, y veo menos, exijo que cumplan lo acordado. Encima, casi siempre hago películas de época, porque me gusta ver en perspectiva lo que hemos cambiado, o no.

P.: ¿Y se anima a ver en perspectiva su carrera?

P.O.: Las dos primeras, horrorosas. Como «El día que tú me quieras», más reciente, pero me divertía mucho rodar con Isabel Pantoja. No me arrepiento demasiado. De todas soy responsable. En las mismas circunstancias, volvería a hacerlas. Ya la tercera me pareció mejorcita, «El bosque del lobo», basada en un hecho real, un hombre lobo al que condenaron a muerte en Galicia. Mi coguionista era su tataranieto. Siempre me interesó el género, amo revisar viejos cuentos, romances de ciegos ambulantes, una fórmula que repetí en «Aquelarre», sobre una historia de mujeres acusadas de brujas.

P.: Sigamos con las buenas.

P.O.:
La que me dio a conocer, y por eso le tengo cariño, «No es bueno que el hombre esté solo», un enorme éxito, mérito del distribuidor Néstor Gaffet, maravilloso señor. Recuerdo, y me da vergüenza, carteles con mi foto, «El triunfo consagratorio de Pedro Olea en la Argentina». Pero está bien, el cine no es masturbación, es una cama colectiva, y cuantos más entren en ella (y en este caso también la muñeca de goma), mejor. Después, «Tormento», con Ana Belén, tan jovencita. En España, hasta que murió Franco, lo pasábamos corriendo delante de la policía. Imagínate, adaptar esa novela sobre la pasión puramente sexual entre el cura y la chica. «Ni lo pienses», me dijeron. «¿Y si fuera amour fou?», «Entonces puede ser, pero ni una imagen, ¿eh?». Igual me dejaron poner una, pero los del Festival de El Cairo me la sacaron. ¿Qué más? «Pim, pam, pum, ¡Fuego!», que aquí se llamó «Después de la victoria», «Un hombre llamado Flor de Otoño», por cuyo papel de travesti Jorge Sacristán se consagró mejor actor en San Sebastián y agradeció diciendo «yo, la verdad, esperaba el premio a la mejor interpretación femenina» (se casó ahora, lo casó el embajador, y le dejé una notita, «Ésta que sea para siempre»), y luego «El maestro de esgrima», y «Tiempo de tormenta», con Darío Grandinetti y Maribel Verdú, mira qué tormenta. De todas esas tengo orgullo, pero con reservas. Creo que todavía estoy aprendiendo.

P.: ¿Y aquél capítulo de «La huella del crimen»?

P.O.: Ah, sí, el de la sirvienta acusada de envenenar a sus patronas allá por los '50. Esa fue la última mujer condenada a muerte en España. Precisamente, el verdugo que al final la ejecutó en Valencia, no quería matarla, eso se supo, y en él se inspiró García Berlanga para su comedia negrísima «El verdugo».

P.: ¿Y qué viene ahora?

P.O.:
Ahora, título provisorio, «La telaraña del diablo», una de vampiros en los '70, con Franco muriéndose como telón de fondo. Por la crisis, la ubicaré en algún pueblo pobrecito, que no haya cambiado mucho, y como solo salen dos coches, será barata. Ah, también hice el primer envío en colores de la televisión española, para el extranjero, porque todavía no teníamos ni lo que llamo Tomatecolor.

P.: Cuénteme.

P.O.: ¿Recuerdas cuando mi amigo Joan Manuel Serrat debía representar a España en el Festival Eurovisión 1968, y quiso cantar en catalán, que estaba prohibido?

P.: Y la reemplazaron por Maciel, que era más linda y ganó el primer premio.

P.O.: Pues en la grabación que hicimos, él sale cantando en castellano, ¡pero con los colores republicanos en la bufanda! ¡Mandaron quemar todas las copias! Por suerte salvé una, que se la envié hace poco de regalo.

Entrevista de P.S.

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