Como sea, la historia se dispara hacia una moraleja propia de estos tiempos: el tránsito de la pena al goce del momento es cada vez más corto. La mina descubre el fiambre y se va a bailar. Después veremos. En su defensa, podríamos decir que, si bien es muy poco demostrativa, la chica no carece de sentimientos. Simplemente, lleva una existencia vacía, de mera empleaducha sin mayores inquietudes espirituales. Su cuerpo sólo es iluminado por las luces de una discoteca, también ínfima.
Por suerte, la coguionista le adosó una amiga más vivaracha, y le puso otro desenlace. Juntas, las amigas se van a disfrutar un poco de la vida con la plata del finado. Un poco de aturdimiento, un cierto anhelo de otra cosa. Algo irá surgiendo, del contraste relativo entre ambas mujeres, entre el apagado pueblo escocés donde empieza la historia y el luminoso sur de España donde sigue, y entre la muchacha que antes era y la que ahora pudiera llegar a ser.
Algunos le encontrarán un final, si se quiere, feliz. Otros ni se molestarán en llegar al final. Interesan la relativa intriga, los recursos de la puesta en escena, y, sobre todo, la actuación, tipo ansiosa y ausente al mismo tiempo, de
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