1 de noviembre 2007 - 00:00

¿Para qué Bergman cuando lo que se busca es porno?

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En casa de herrero...: la terapeuta sexual Sofia junto al hombre con quien finge orgasmos en «Shortbus».
«Shortbus» (id., EE.UU., 2006, habl. en inglés). Dir.: J. Cameron Mitchell. Int.: S. Y. Lee. P. Dawson, L. Beamish, P. J. DeBoy y otros.

El porno artístico o dramático se parece a la literatura semiológica sobre fútbol: los hinchas típicos jamás la leen, y los lectores de semiología prefieren objetos de estudio más interesantes. «Shortbus», una película que treinta años atrás hubiese levantado más escándalos que «Ultimo tango...» y «Calígula» juntos (pero que hoy hasta corre el riesgo de pasar inadvertida), recuerda aquel viejo chiste en el que un hombre, durante una orgía, le pregunta a una mujer si después pueden ir a tomar un café, y obtiene como respuesta: «usted va demasiado rápido». Con la película pasa lo mismo: comienza (y sigue, y sigue...) con escenas de sexo explícito, pero poco a poco se empeña en profundizar en temas tales como la soledad y la insatisfacción en la Nueva York contemporánea, en la represión y el deseo, en lo ficticio y lo real, en el suicidio y la autodestrucción y, ya que estamos, hasta en los efectos del 11 de septiembre. El director John Cameron Mitchell quiere jugar a Bergman aunque con penes y vaginas (con especial predilección por los primeros) antes que con Dios y su ausencia. Desgraciadamente, muy bien no le sale.

De las varias historias que se entremezclan y confluyen en «Shortbus», nombre del club privado regenteado por una drag queen, la central es la de la terapeuta sexual Sofia (interpretada por la asiática Sook-Yin Lee), cuyo dilema vital, tan contradictorio con su oficio, es no alcanzar nunca un orgasmo. Eso sí, los finge tan bien como Meg Ryan en «Cuando Harry conoció a Sally». Pero hay un problema (entre muchos): la sustancia dramática es tan endeble, tan sobrepasada por la condición explícita y monotemática de las imágenes y por la duración excesiva del film, que la anorgasmia de la pobre Sofia llega a ser tan apasionante para el espectador como si su tragedia fuera no poder curarse un sabañón (hasta los expresiones que tiene cuando prueba con un vibrador parecen las de quien sufre cuando le aprieta el calzado). Las otras historias tampoco deparan muchos sobresaltos, salvo para los actores: hay una pareja gay, paciente de Sofia, en la que uno de sus integrantes experimenta repetidas veces con la fantasía del suicidio (con las otras no hay problema, las cumple todas), y hay también una « dominatrix» que se hace llamar Severine, cuyos conflictos más profundos, cuando se revelen, serán tan decepcionantes como los de un folletín.

Por allí, esporádicamente, afloran a veces algunos momentos más inspirados, como la aparición del patético personaje de un ex alcalde, asiduo visitante del Shortbus y que dice las pocas frases interesantes del film (como aquella en la que traza un parangón entre los '60 y esta época). Y también hay un buen chiste, a cargo de la drag queen, referido a la extraña conducta de algunas habitués que exigen comida vegetariana estricta en el bar después de haberse pasado horas con otras especialidades.

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