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25 de mayo 2005 - 00:00

Paul Ricoeur restauró la importancia del individuo

A los 92 años, en la madrugada del viernes último, murió en París el filósofo Paul Ricoeur. Cercano al existencialismo cristiano (su última obra fue «La hermenéutica bíblica», en 2001), Ricoeur estaba enfermo desde hace meses. Había nacido en 1913 en Valence, sudeste francés, y se licenció en filosofía en Rennes en 1935, lo que marcó el inicio de su trabajo como profesor en varios liceos, hasta que fue movilizado en 1939 para la Segunda Guerra Mundial. Ricoeur fue hecho prisionero y estuvo detenido en Polonia y en Alemania durante cuatro años. A su vuelta a Francia, fue uno de los animadores de la revista «Esprit», tribuna del existencialismo cristiano, y amigo de su responsable Emmanuel Mounier. En 1956 consiguió la cátedra de filosofía en la Sorbona de París, pero diez años después dejó esa universidad para participar en la creación de la de Nanterre, que sería el vivero del movimiento del «mayo francés del 68». Intelectualmente, participó en los grandes debates de posguerra sobre la lingüística, el psicoanálisis, el estructuralismo y la hermenéutica, con un interés particular por los textos sagrados del cristianismo. En su obra Dios aparece como la voz de la Biblia, y para acercarse a él, el filósofo entendía que la mejor manera era aplicarse con el arte de interpretar los textos bíblicos.

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Paul Ricoeur nunca eludió el debate con estructuralistas, marxistas y lacanianos, pero siempre con el cristianismo en el centro de su pensamiento.

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Digámoslo así: hay en el autor de
No se trata sólo de profesionalidad filosófica, de inquietud intelectual. Él mismo, en el texto autobiográfico que precedía al volumen dedicado a su filosofía en la prestigiosa serie
Efectivamente, su inicial interés por la fenomenología debido a la descripción que ésta llevaba a cabo de la experiencia vivida le llevó a reflexionar sobre el fenómeno del mal como condición concreta de la voluntad humana (fenómeno ligado a su vez al problema del sufrimiento, de la angustia, de la culpabilidad, etc.), de ahí pasó a reparar en la condición temporal como carácter común de toda experiencia humana y de ahí a plantearse la manera de aprehender esa lábil realidad.

Los textos de su última época, centrados en la cuestión del valor de la narración representan, en ese sentido, la culminación de un esfuerzo teórico que fue depurándose, adelgazándose hasta alcanzar un destilado de pureza especulativa sólo encontrable en filósofos de enorme estatura.

Lo declaraba en cierta ocasión en estos términos:

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