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5 de octubre 2007 - 00:00

Preguntar por Fidel desata tempestades

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«La importancia de llamarse Fidel» (Id., Argentina, 2005). Dir.: A. Chávez. Documental.

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Bien dicen que no hay peor astilla que la del mismo palo. Amanda Chávez es cubana, se formó en la isla, con todas las consignas y el culto a la personalidad que allí imperan, y por eso ahora pudo hacer este documental que muestra objetivamente los males que ha vivido y que viven sus compatriotas, así como también la confusión, las malicias, los odios o los ensueños de tantos extranjeros y tantos exiliados, apenas se le pide una opinión sobre Fidel Castro.

El esquema es similar a un viejo corto de Cristina Civale, «Si se muere Fidel»: una pregunta ingenua, que desata reacciones de lo más diversas (por ejemplo, a Civale la llevaron detenida con cámara y todo). Como buena periodista, Chávez jamás editorializa. Simplemente registra opiniones diversas, tratando de ponerlas en forma alternada. Una a favor, otra no; una con sinceridad, otra mirando a los costados; una prejuiciosa, otra con juicio bien fundado; una en La Habana, otra en Miami; el elogio de un admirador de Europa o Venezuela, y el reclamo de un profesional exiliado, harto de burocracia y espionaje; y hasta una bostoniana que odia a Castro sin siquiera poder reconocerlo en una foto, y otra que de joven miraba sus fotos y lo encontraba sexy.

Hay de todo en la viña del Señor, y también en los trópicos, incluyendo un resignado tocayo del dictador, y una visita guiada a la casa natal de Castro, famosa finca rural donde aún se conservan las chozas de los haitianos que trabajaban en ella como mano de obra barata. Y hay cosas graciosas, y de las otras. Lo más risueño, el pescador habanero que rezonga «La vida es cambio, aunque sea para mal. Y si esto es bueno, ya estoy cansado de lo bueno». Lo más grave, el docente que intenta hacer llegar una nota a las autoridades. Comete el error de hablar a cámara en la calle.

Pronto lo rodean unos fulanos, copan el primer plano gritando loas al régimen, tapan la voz y hasta la figura del maestro. Poco después lo vemos, unos metros más allá. Dos hombres de civil lo van empujando hacia quién sabe dónde, todavía con su notita en la mano. Y nunca más lo vemos. Esta es la clase de documental que tendría que dar «Canal 7», si no es mucho pedir (pero se exhibe sólo en el Centro Cultural Borges, los fines de semana).

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