Leonardo DiCaprio sostiene casi cada escena de «Red de mentiras», y aunque Russell
Crowe es el coprotagonista, el jefe de espías de Jordania que compone Mark Strong le roba
la película.
«Red de mentiras» (Body of Lies, EE.UU., 2008, habl. en inglés). Dir.: R. Scott. Int.: L. DiCaprio, R. Crowe, M. Strong, G. Farahani, A. Aboutbou.
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Una de las mejores escenas de esta película de espías no tiene mucho que ver con lo que se espera del género: antes de sentarse a la mesa de una familia árabe que lo ha invitado a comer, el protagonista hace una pequeña tarea de inteligencia con los chicos de la casa para que le hagan una seña sobre qué platillos pueden ser más aptos al paladar occidental.
Obviamente es un raro momento ingenuo en medio de la siniestra realidad del trabajo de combatir el terrorismo islámico dentro de los mismos países árabes.
La mayor parte del nuevo film de Ridley Scott transcurre en Medio Oriente, en países como Jordania, Dubai, Turquía y Siria. También hay escenas en Europa, donde tienen lugar los sangrientos atentados que los expertos en antiterrorismo Russell Crowe y Leonardo DiCaprio intentan combatir sin mucho éxito. Crowe es el hombre todopoderoso de la CIA que controla las pantallas con los satélites que pueden enfocar a una persona en cualquier lugar del mundo sólo rastreándola por su celular. DiCaprio es el espía de nueva generación que lucha por la paz exponiéndose a las situaciones más complicadas, muchas veces generadas por los dobles juegos de su propia agencia.
«Red de mentiras» intenta algo tan difícil como adaptar el género de espías al nuevo panorama de la lucha contra el terrorismo, mezlando los comentarios políticos y una visión del mundo árabe con el suspenso y las tramas complejas que se espera de un thriller de este tipo. El inteligente guión de William Monahan (el mismo de «Los Infiltrados» de Scorsese) hasta consigue integrar en el relato una historia de amor imposible entre el «asesor político» y una enfermera de origen iraní que lo atiende en un hospital. Los riesgos de esta relación podrían haberse desviado hacia los rincones más melosos de los romances de galanes hollywoodenses en países exóticos, pero aquí hacen explotar la trama hacia sus momentos más tensos y terribles.
No es que la película sea especialmente violenta dado el tema, sino que Scott la intensifica de manera tan implacable y cruel, como la del terrorista despiadado encarnado por el actor israelí Alon Aboutbou. Si bien tiene algunos cambios de ritmo y momentos de acción más convencionales, la historia brilla realmente al enfocar la interacción entre los distintos servicios de inteligencia, mostrando la inutilidad de sus traiciones cotidianas con la que distraen más energía que enfrentando al verdadero enemigo.
Técnica y estéticamente, la película está a la altura de lo que se espera de un buen film de Ridley Scott, y la buena actuación de DiCaprio sostiene casi cada escena, a pesar de cierto exceso de corrección política que por momentos atenta contra su personaje. Aunque se supone que el coprotagonista es Russell Crowe, el jefe de espías de Jordania interpretado por Mark Strong es el personaje que más recuerda el espectador al salir del cine. Su formidable composición de ese elegante James Bond del mundo árabe justifica por sí sola la visión de la película.
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