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La mataron en Aushwitz. La capturaron escapando de París. Era una judía nacida en Ucrania en 1903, hija de un multimillonario que escapó con su familia en 1917 del comunismo. Pero Irene fue apresada y asesinada en 1941 por otro. Fue una chica rica que dejó de lado el hábito de los lujos para convertirse en una escritora que en apenas tres obras demostró su excelencia. Esto se sabe desde hace apenas tres años, cuando fue rescatada del olvido gracias a una tolstoiana novela incompleta que sus hijas, salvadas de la persecución nazi, habían llevado en una valija durante unos 60 años. Cuando en 2005 esa obra se publicó con el título de «Suite francesa» se convirtió primero en «suceso de estima», coronado con el Premio Renaudot, y luego en «best seller de calidad» a nivel internacional.
El éxito de esa novela donde retrata sin sensiblerias ni denuncialismos la invasión nazi a Francia, la huida de los judíos, la aparición de los colaboracionistas, la amistad entre los campesinos y las tropas alemanas, ha hecho que se recuperara su primera y única novela hasta hace poco tiempo atrás, la historia de ascenso, caída y resurgimiento agónico del magnate «David Golder».
David Golder es un implacable hombre de negocios al que haberse convertido súbitamente en magnate le ha proporcionado enemigos, una mujer despilfarradora y una hija voluble y caprichosa que es «la niña de sus ojos». Una crisis financiera -la novela fue escrita y publicada durante el crack de 1929- lo llevan a la decadencia y la pobreza. Golder es abandonado por su mujer y su hija. Para recuperarlas sólo piensa que debe reconquistar su poder económico y las artimañas aprendidas en el pasado le sirven a David para rehacer una fortuna que su corazón le impedirá disfrutar.
El hallazgo de Irene Némirowsky se asientaen este relato en un estilo despojado de todo sentimentalismo, en una mirada duramente femenina a un tipo de hombre y su entorno familiar que cautivara la pluma de Francis Scott Fitzgerald y de John Dos Passos. La escritura tersa de Irene Némirovsky, sin caída en psicologismos pero de una hondura que lleva a múltiples interpretaciones, hizo que poco después de publicada, en 1930, el cineasta Julien Duvivier, que siempre que pudo eligió para filmar obras literarias que mostraran el lado oscuro del alma, llevó «David Golder» a la pantalla.
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