En «La cámara oscura», la directora María Victoria Menis
su coguionista despliegan lo que resume el cuento de Angélica
Gorodischer, y aportan datos preciosos acerca del
comportamiento humano en cualquier época.
«La cámara oscura» (Argentina-Francia, 2008, habl. en español e idish). Dir.: M.V. Menis; Guión: M.V. Menis, A. Fernández Murray. Int.: M. Bogdasarián, P. Del'Isola, F. Armani, S. Bosco, F. Armani, J. Berthold, J. Freixas, B. Howlin.
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El efecto de una cámara oscura consiste en ver todo igual, pero invertido. Así de simple. Según relato de Angélica Gorodischer, un hombre cuenta la historia de su vergonzante abuela, que «parecía una buena mujer, tan de su casa», e hizo lo que hizo «de pura maldad nomás, sin ningún motivo». En la placentera adaptación de ese relato que ahora vemos, el hombre no está. Directa, objetivamente, está la futura abuela, y nosotros podemos encontrar no uno, sino varios motivos, que toda su familia ve, pero nadie se detiene a mirar y considerar, invirtiendo un momento su posición. Porque todo depende, siempre, de quién mira y quién cuenta la historia.
La misma es muy sencilla. Una mujercita poco agraciada, nacida en el momento menos adecuado, criada como con vergüenza por la madre, de pronto la pide un viudo rico y buen mozo, que simplemente necesita una mujer en la casa, para que le dé hijos, mantenga el hogar, y de paso ayude en las tareas del campo, ya que se trata de colonos judíos allá por los años 20, aunque lo mismo da que fueran italianos o rusoalemanes. Esta mujer tuvo la suerte de la fea, podría pensarse, pero ella, aparte de trabajar como una negra, también piensa. Vaya uno a saber lo que piensa, porque es tan apagada que casi ni habla, pero se ve que su mente se va con las estrellas, la luz del campo, los versos que lee antes de dormirse.
Un día el marido trae un fotógrafo ambulante, francés, con sensibilidad de artista, creativo, para que registre familia y propiedades. Ella no quiere salir en la foto. «El sabía muy bien lo que era no querer salir en ninguna foto», dice el cuento. Al otro día se va, ha sido un gusto. ¿Pero pasó algo? Acá habría que responder igual que Jaia, la esposa del hombre inventado por Gorodischer: «Si necesitás que te lo explique, quiere decir que no merecés que te lo explique».
Pero en la película el hombre no está, ya lo dijimos, así que tampoco está la esposa, y lo que está, en cambio, eso sí, es una linda serie de momentos muy sugestivos, más que suficientes para hacer entender ciertas cosas de la vida familiar. Habrá quien capte lo que hay detrás de esos momentos, habrá quien se despabile a lo último. Lo cierto es que las espectadoras salen regocijadas, con una placentera, muy femenina sensación de haberse desquitado con ganas de quién sabe qué desprecios cotidianos.
Da gusto advertir cómo María Victoria Menis y su coguionista, Fernández Murray, despliegan lo que el cuento resume, y en sólo 83 minutos amplían y enriquecen con muchísima lealtad tantos datos preciosos acerca del comportamiento humano en cualquier época. Y cómo nos transportan a un tiempo en que todavía podía escucharse el silencio, pero no las quejas, y una tierra donde tantas cosas estaban todavía por sembrarse. Película ideal para el Día de la Madre, dicho sea de paso.
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