29 de enero 2008 - 00:00
Rimbaud y Gauguin, dos anti-Fausto que no pactaban
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Paul Gauguin y el poeta maldito Arthur Rimbaud coinciden no sólo por las «leyendas» de sus vidas, sino fundamentalmente por la expresión de un imaginario propio y singular.
Rimbaud se introduce en un universo inexplorado de sensaciones. Esta búsqueda de «desequilibrio de todos los sentidos» está presente también en su vínculo con el poeta Paul Verlaine. Una pareja con la que compartió una relación exaltada y torturante, y llevó una vida deambulante y aventurera durante sus viajes por Inglaterra y Bélgica.
El «largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos» no es la mera entrega a placeres y vicios, entrega que, por cierto, ejerció Rimbaud. Es independizar a los sentidos de su obediencia a las reglas impuestas y vigiladas por el medio social, para que funcionen en libertad, o sea, con la libertad originaria.
Aunque sus meditaciones se difundieron cuarenta años después de la aparición del Impresionismo, podemos preguntarnos si no hay acaso en Monet, en Renoir, en Sisley y en muchos postimpresionistas, sobre todo en Gauguin, un atisbo de videncia pictórica. Como Rimbaud, Gauguin fue un anti Fausto. Participa de la quinta muestra de los Impresionistas, la séptima y la octava y última, en 1886. En ese año pasa su primera temporada en Pont-Aven, en la Bretaña, a fin de hallar «una atmósfera diferente de nuestros medios civilizados a ultranza, en una región de costumbres arcaicas». Vuelve allí en 1888, después de un viaje a Panamá y la Martinica, y plantea con Emile Bernard, los cimientos del Sintetismo, basado sobre el uso de colores planos y la neta demarcación de los contornos interiores (cloisonnisme), tomada de los vitrales.
El artista se siente a disgusto con la civilización de los grandes adelantos; y, no conforme con el arcaísmo de los pueblitos bretones, todavía salvados del progreso, huye más lejos, como Rimbaud al Africa, para sacudirse de encima la cultura de la modernización.
El rechazo a la sociedad maquinista y sus adelantos materiales es decisivo en Rimbaud y lo demuestra de manera drástica al descivilizarse y desculturizarse, al devenir en otra cara del Fausto goethiano, que no pacta con nadie sino consigo mismo.
Rimbaud, en 1874 inicia una serie de viajes -muchas veces a pie- por Europa, ganándose la vida como profesor de francés, obrero portuario, intérprete de circo. A fines de 1878 se instala en Chipre, y, dos años después, en Harar (Etiopía), donde vivirá un lustro, con permanencias en Aden (Yemen del Sur) y otros lugares, como empleado de comercio, expedicionario, vendedor de armas, negociante, siempre quejoso de su situación y sus dolencias, del escaso dinero que le reporta un trabajo encarnizado,de su tedio, su vacío intelectual, su soledad.
Gauguin, por su parte, siempre en busca de lo primitivo, viaja a Tahití a mediados de 1891. Retorna en 1893, y parte nuevamente en 1895. Afectado por problemas de salud y sumido en la soledad, intenta sin éxito el suicidio (1898). Sin embargo, no cesa de pintar los mitos y realidades de la Polinesia.
A fines de mayo de 1891, Rimbaud vuelve a Francia enfermo y se hospitaliza en Marsella: muere en noviembre, a los 37 años.
Sólo diez años más tarde, en 1901, Gauguin encuentra a Tahití trastornado por la modernización y decide establecerse en Atuana, capital de Dominica (Hiva-Oa), una de las Islas Marquesas, donde muere el 8 de mayo de 1903.
Las figuras de Gauguin y Rimbaud se aproximan no sólo por las «leyendas» de sus vidas, sino fundamentalmente la expresión de un imaginario propio y singular que ejerció una fascinación real sobre otros artistas.
La exposición sobre Rimbaud en España se realiza con el apoyo del Musée Arthur Rimbaud, la Bibliothèque Municipale de Charleville-Mézières, la Bibliothèque Royale de Bruselas y la British Library de Londres.




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