29 de enero 2008 - 00:00

Rimbaud y Gauguin, dos anti-Fausto que no pactaban

Paul Gauguin y el poeta maldito Arthur Rimbaud coinciden no sólo por las «leyendas» de sus vidas, sino fundamentalmente por la expresión de un imaginario propio y singular.
Paul Gauguin y el poeta maldito Arthur Rimbaud coinciden no sólo por las «leyendas» de sus vidas, sino fundamentalmente por la expresión de un imaginario propio y singular.
En la Casa Museo de Lorca, en Granada, se presenta hasta fin de enero la exposición «Vida y hechos» de Arthur Rimbaud (1854-1891), una de las figuras más influyentes de la literatura moderna. Un módulo de la muestra recorre la infancia y adolescencia del «enfant terrible» de la poesía francesa, mientras el segundo sector está dedicado a sus viajes alrededor del mundo. Se exhiben algunos de sus manuscritos de Mi bohemia, El durmiente del valle, Vocales, Versos nuevos o sus prosas de Iluminaciones. Cerrado el ciclo de sus poemas menos valiosos que inicara a los 15 años, Rimbaud, produjo su obra máxima, «Las iluminaciones» y «Una temporada en el infierno».

Es un rebelde que no se limita a censurar la sociedad bajo la poesía: quiere fundar sobre ella una nueva sociedad. Pierre Gascar ha señalado que Rimbaud anuncia la Comuna de 1871. Este concepto debe entenderse en sentido metafórico, porque Rimbaud vuelve de París a su aldeana Charleville en las vísperas de aquel episodio histórico.

Desde «la chatura, la maldad y la grisalla» de Charleville, confía a su amigo Georges Izambard, a mediados de mayo de 1871, que «mis cóleras locas me empujan hacia la batalla de París, donde tantos trabajadores mueren todavía, mientras yo le escribo». Pero en la misma carta informa que «quiero ser poeta y trabajo para convertirme en vidente».

Esta noción del vidente -sin duda, romántica- había sido esbozada por Novalis, para quien el hombre que se hallaba en la plenitud de su conciencia era un vidente. Esta teoría despojada de romanticismo que elabora Rimbaud limitada a la poesía, puede aplicarse a las artes visuales. El adolescente de Charleville (Rimbaud tenía 16 años) expone sus ideas en una carta a Paul Demeny, conocida como «Carta del vidente».

«El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos. Todas las formas de amor, de sufrimiento, de locura; él busca por sí mismo, agota en sí todos los venenos, para sólo guardar sus quintaesencias. Inefable tortura bajo la cual necesita de toda la fe, de toda la fuerza sobrehumana, y en cuyo transcurso termina por ser, entre todos, el gran enfermo, el gran criminal, el gran maldito, y ¡el Sabio supremo! ¡Porque así llega a lo desconocido! ¡Porque ha cultivado su alma, ya rica, más que ninguno!

Llega a lo desconocido, y, cuando trastornado, acaba por perder la inteligencia de sus visiones, ¡las ha visto ya! No importa que las cosas inauditas e innombrables lo aniquilen: otros horrendos trabajadores vendrán, para comenzar por los horizontes donde el otro se hundió».

Rimbaud se introduce en un universo inexplorado de sensaciones. Esta búsqueda de «desequilibrio de todos los sentidos» está presente también en su vínculo con el poeta Paul Verlaine. Una pareja con la que compartió una relación exaltada y torturante, y llevó una vida deambulante y aventurera durante sus viajes por Inglaterra y Bélgica.

El «largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos» no es la mera entrega a placeres y vicios, entrega que, por cierto, ejerció Rimbaud. Es independizar a los sentidos de su obediencia a las reglas impuestas y vigiladas por el medio social, para que funcionen en libertad, o sea, con la libertad originaria.

Aunque sus meditaciones se difundieron cuarenta años después de la aparición del Impresionismo, podemos preguntarnos si no hay acaso en Monet, en Renoir, en Sisley y en muchos postimpresionistas, sobre todo en Gauguin, un atisbo de videncia pictórica. Como Rimbaud, Gauguin fue un anti Fausto. Participa de la quinta muestra de los Impresionistas, la séptima y la octava y última, en 1886. En ese año pasa su primera temporada en Pont-Aven, en la Bretaña, a fin de hallar «una atmósfera diferente de nuestros medios civilizados a ultranza, en una región de costumbres arcaicas». Vuelve allí en 1888, después de un viaje a Panamá y la Martinica, y plantea con Emile Bernard, los cimientos del Sintetismo, basado sobre el uso de colores planos y la neta demarcación de los contornos interiores (cloisonnisme), tomada de los vitrales.

El artista se siente a disgusto con la civilización de los grandes adelantos; y, no conforme con el arcaísmo de los pueblitos bretones, todavía salvados del progreso, huye más lejos, como Rimbaud al Africa, para sacudirse de encima la cultura de la modernización.

El rechazo a la sociedad maquinista y sus adelantos materiales es decisivo en Rimbaud y lo demuestra de manera drástica al descivilizarse y desculturizarse, al devenir en otra cara del Fausto goethiano, que no pacta con nadie sino consigo mismo.

Rimbaud, en 1874 inicia una serie de viajes -muchas veces a pie- por Europa, ganándose la vida como profesor de francés, obrero portuario, intérprete de circo. A fines de 1878 se instala en Chipre, y, dos años después, en Harar (Etiopía), donde vivirá un lustro, con permanencias en Aden (Yemen del Sur) y otros lugares, como empleado de comercio, expedicionario, vendedor de armas, negociante, siempre quejoso de su situación y sus dolencias, del escaso dinero que le reporta un trabajo encarnizado,de su tedio, su vacío intelectual, su soledad.

Gauguin, por su parte, siempre en busca de lo primitivo, viaja a Tahití a mediados de 1891. Retorna en 1893, y parte nuevamente en 1895. Afectado por problemas de salud y sumido en la soledad, intenta sin éxito el suicidio (1898). Sin embargo, no cesa de pintar los mitos y realidades de la Polinesia.

A fines de mayo de 1891, Rimbaud vuelve a Francia enfermo y se hospitaliza en Marsella: muere en noviembre, a los 37 años.

Sólo diez años más tarde, en 1901, Gauguin encuentra a Tahití trastornado por la modernización y decide establecerse en Atuana, capital de Dominica (Hiva-Oa), una de las Islas Marquesas, donde muere el 8 de mayo de 1903.

Las figuras de Gauguin y Rimbaud se aproximan no sólo por las «leyendas» de sus vidas, sino fundamentalmente la expresión de un imaginario propio y singular que ejerció una fascinación real sobre otros artistas.

La exposición sobre Rimbaud en España se realiza con el apoyo del Musée Arthur Rimbaud, la Bibliothèque Municipale de Charleville-Mézières, la Bibliothèque Royale de Bruselas y la British Library de Londres.

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