¨Partiendo de una buena obra todo es una gran elucubración, jugamos a engañar al público¨, dice Silvia Kutika respecto del trhiller psicológico teatral “El cuarto de Verónica”, de Ira Levin, el mismo autor que con sus novelas “El bebe de Rosemary” y ¨Las poseídas de Stepford¨ inspiró clásicos del cine de terror. ¨El cuarto de Verónica¨ fue éxito en Broadway en los 70 y luego se presentó en Londres; sin embargo, tras el éxito del film de Roman Polanski, Levin se negó a que fuera llevada al cine. La acción comienza cuando la joven Susan y su novio son abordados por una pareja de ancianos que se muestran impresionados por el parecido de la chica con Verónica, fallecida hace tiempo.
Esta obra reabrió la sala Neruda del Paseo La Plaza y puede verse los domingos a las 20 con actuaciones de Kutika, Fernando Lúpiz, Antonia Bengoe-chea, Adrián Lázare y dirección de Virginia Magnago. Dialogamos con Kutika.
Periodista: ¿Cuál es el ABC del género de suspenso, más infrecuente en teatro que en cine?
Silvia Kutika: Los personajes no son lo que muestran, hay muchas aristas muy dolorosas, transitan por la compasión, el dolor, el sabor por la perversión, es un juego de cajas chinas que se despliegan sin saber con qué te vas a encontrar. Y a lo que llega es al corazón, a la desnudez de los personajes, al final de la obra, que muestra lo que son y quedan en carne viva. Y repiten y no aprenden, no cambian. Es una gran obra y por suerte me tocó hacerla.
S.K.: Bucea en la cabeza de los seres humanos, en las marcas y los mandatos de generaciones, que se ven cuando están los padres presentes, que los muestran rígidos, a diferencia de las charlas de los padres de ahora con sus hijos. Yo tuve padres amorosos pero lo que ellos decían había que hacerlo porque lo decían y punto. Esto se ve aquí, cómo los mandatos pueden quebrar las cabezas de las generaciones que vienen. También el cómo hay que mostrarse hacia afuera, ocultando dificultades dentro de la familia, problemas y sobre todo enfermedades. Nada es muy normal pero esto que pasa en la obra es patológico. Se van sacando capas como de una cebolla y cuando se profundiza irrumpe el horror.
P.: ¿Hay puntos en común con ¨El bebé de Rosemary¨?
S.K.: Sí. Los personajes parecen cálidos al principio, comunes como cualquier vecino, tal como en la película de Polanski, y es tan inteligente que aun en esa normalidad tira puntas que suenan raro y no te dejan relajado. Transcurre pero hay tensión, uno espera que pase algo y ocurre en el momento menos esperado. Tiene el mismo manejo de suspenso y misterio increíble. De hecho seguimos encontrando frases que parecen inocentes al principio y tienen su razón de ser sobre el final, un final en el que todo cierra.
P.: Ira Levin dijo que no quería llevar la pieza al cine por considerarla un hecho teatral presencial. ¿Qué opina del teatro filmado que se vio en pandemia y aún sigue viéndose?
S.K.: En este caso no se habría podido conseguir el clima, nunca se nos ocurrió hacerla por streaming, habríamos pifiado. La virtualidad es para otras cosas como unipersonales, comedia o stand up, no suspenso.
P.: ¿Qué valora del texto?
S.K.: El autor es genial porque sabe cuándo tensar la cuerda y cuándo aflojarla, construye una opresión tremenda, entonces distiende y después vuelve a la carga. Es una obra de texto que permite armar a cada cual una historia que a lo mejor no es la misma que el de al lado, aquí todo puede ser, es muy mágica. Tiene mucho misterio, sorprende, desorienta y es agobiante.
P.: ¿Qué otros elementos contribuyen a la hora de crear suspenso en teatro?
S.K.: Tenemos música original de Martín Bianchedi que es una suerte de cajita musical pero distorsionada, que ya suena cuando el público entra a sala y lo instala en un lugar que no es habitual, sino que incomoda. La dirección fue fundamental para orientarnos en no remarcar frases y jugar con las miradas. La luz es otro factor importante.
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