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9 de marzo 2007 - 00:00

Sobran palabras en eficaz show circense

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«Milagro» es un atractivo espectáculo a cargo de un rigurosamente entrenado grupo juvenil (y para público juvenil) que bien podría prescindir de unos recitados que intentan justificar el porqué del título.
«Milagro. Difícil de explicar». Dir.: G. Hochman. Creación y puesta en escena: L. Mosca, C. Della Negra, M. Plaul, M. Carneiro y G. Hochman. Int.:: G. Parigi, T. Sokolowicz, J. Salz, L. Ranieri, C. Aramburu y otros. Vest.: L. Molina. Mús.: S. Vázquez. Esc.: D. della Pittima. (Centro Cultural de la Cooperación.)

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La juventud de sus integrantes y el aire despreocupado y juguetón con que encaran cada rutina circense hacen que esta compañía tenga una rápida llegada entre sus congéneres. Estos veinteañeros, egresados de la Escuela de Circo La Arena que dirige Gerardo Hochman («Fulanos», «Sanos y salvos») y con un riguroso entrenamiento en acrobacia, malabares y otras destrezas, debutaron el año pasado con «El casamiento», un espectáculo no estrenado comercialmente. Esta vez se atreven a mostrarse en el circuito profesional y logran salir airosos. En primer lugar, se los ve muy seguros en sus respectivas disciplinas (varios de sus profesores participaron de la puesta en escena) y, además, hacen cómplice al espectador de ese entusiasmo contagioso, que caracteriza a los grupos bien avenidos. Esto no es algo que se explicite a través de situaciones dramáticas, puesto que «Milagro» no desarrolla ninguna historia ni explota particularmente el lenguaje verbal. Sólo al inicio del espectáculo se alude claramente al nacimiento de la raza humana y al primer encuentro entre un hombre y una mujer, para luego dar paso a la vida en comunidad con sus enfrentamientos y festejos. Es uno de los cuadros más atractivos de la puesta por sus dinámicas coreografías (entrenamiento y colaboración de Marina Brusco y Lucas Condró).

Sorprenden particularmentelos acróbatas que trepan al palo chino y una muy hábil contorsionista que se pasea por la rampa que domina el escenario. Los demás números incluyen malabares, aros, telas, trapecio y rutinas con objetos de uso cotidiano (un paraguas, un maletín, una sopapa). La música de Santiago Vázquez subraya los momentos de humor y la euforia de las escenas grupales. Su presencia es protagónica y ayuda a ambientar los diferentes números.

También el vestuario -ropa «vintage» combinada aleatoriamente- y los peinados «rastas» de algunos integrantes recalcan el carácter cien por ciento juvenil de la puesta. La elocuencia de estos signos escénicos vuelve por lo tanto innecesarios los recitados que ya sobre el final procuran definir, poéticamente, el concepto «milagro». Tal vez sea un intento de justificar el título, pero lo cierto es que en este tipo de espectáculos, la palabra está de más o, mejor dicho, corre el riesgo de sonar impostada, sobre todo si se carece de un sólido entrenamiento actoral como en este caso. Pero, el entusiasmo y la frescura de estos trece chicos compensan ese error. Tienen el talento necesario como entretener a su público sin que se note el esfuerzo y las arduas horas de disciplina que hay detrás de «Milagro».

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