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9 de abril 2008 - 00:00

"Sólo el arte puede transmitir el horror"

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Epstein: «A mi familia la salvaron la costura y el psicoanálisis. Mi abuela empezó remendando y llegó a tener su casa de ropa. A diferencia de otros sobrevivientes del Holocausto, mi madre se analizó y pudo integrar su historia».
Intentar reconstruir la historia de su madre, y cómo ésta sobrevivió a Austchwitz, llevó a la escritora y periodista estadounidense Helen Epstein a desarrollar una larga investigación, cuyo fruto es el libro «Tras la historia de mi madre». Allí, además de relatar cuatro generaciones de mujeres de su familia, desde su bisabuela hasta ella, va comentando la historia de los judíos en Centroeuropa, del totalitarismo en Checoslovaquia, de cómo el oficio de costurera llevó a las mujeres a la individualización, la profesionalización y la independencia. En su breve vista a la Argentina dialogamos con Helen Epstein.

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Periodista: ¿»Tras la historia de mi madre» es de algún modo una continuación de su libro «Hijos del Holocausto»?

Helen Epstein: Hace ya 30 años escribí «Hijos del Holocausto» que fue muy importante por muchas razones, no sólo como trabajo literario o histórico sino también desde el punto psicológico porque conceptualiza la idea de la segunda generación después del Holocausto. Lo que allí se expresa podría ser aplicado a los ocurrido con los hijos de otros genocidios como, por ejemplo, el armenio o el camboyano. Y tambien sirve para hijos de alcohólicos y de melancólicos. Es un libro para el hijo de cualquiera que haya sufrido un drama. En Francia su título fue «Heredar un trauma».

P.: ¿Qué la llevó a escribir aquel libro?

H.E.: Que mis dos padres fueran sobrevivientes del Holocausto. Y cada uno de ellos eran el único sobreviviente que tenían sus familias. Si aquel libro era sobre la subcultura de esas familias y sus descendientes, «Tras la historia de mi madre» trata de reconstruir todo el mundo que borró completamente el Holocausto. Es como una segunda parte de aquel libro.

P.: Pero en «Tras la historia de mi madre» usted se remonta a mucho antes del Holocausto.

H.E.: Es que no es sólo sobre el Holocausto sino, por ejemplo, sobre la República Checoslovaca entre guerras. Me importa porque no sólo allí me destruyeron mi historia sino la historia de Europa Central. Después de la guerra, Checoslovaquia tuvo tres años de democracia y cuarenta de totalitarismo. Entre los nazis y el stalinismo se borró totalmente la historia. En Checoslovaquia mucha gente me ayudó a investigar porque estaban interesados en conocer su propia historia, y a saber qué había pasado allí con la democracia, las mujeres y los judíos.

P.: Su libro en ese aspecto profundiza sobre cosas inesperadas como el desarrollo de la mujeres a través de la costura.

H.E.: Me llevé sorpresas al investigar sobre negocios que históricamente eran manejados por judíos, como el de la costura y el de los licores. El padre de mi bisabuela tenía una taberna, y así supe cómo uno de los negocios judíos de esa época eran los alcoholes. El no era dueño de la taberna, se la alquilaba al aristócrata del pueblo. El judío era una persona educada, que hablaba por lo menos dos idiomas, el alemán y el hebreo, y la taberna era el lugar donde se dialogaba, se repartían las noticias y donde llegaban las cartas.

P.: George Steiner sostiene que fue en los bares, por todo eso, que nació el liberalismo.

H.E.: Totalmente. En los pueblos había dos lugares donde la gente se podía juntar: en la iglesia y en la taberna. Por eso relacionaban a los judíos con el demonio y a los curas con Dios [Ríe]. En el folklore centroeuropeo y judío hay una figura mítica, la de la bella hija del tabernero, y el aristócrata del castillo va a la taberna porque está enamorado de ella. Pero aquellos comerciantes judíos no sólo atendían la taberna, también producían el brandy. Y en esto los mayores competidores que tenían eran los monjes. En tanto que en la industria de la ropa no tenían competidores. Los judíos fueron los que llevaron la máquinas textiles de Inglaterra a Centroeuropa. Eso eran los judíos ricos. Los pobres remendaban las ropas viejas.

P.: ¿Fue así que su abuela se hizo modista?

H.E.: Empezó remendando ropa rota, usada. A comienzos de 1900, las tiendas de ropa nueva, de moda, también estaban manejadas por judíos. Así fue como pudo relacionarse, avanzar en esta industria y poder llegar a tener su propia casa de ropa.

P.: En su libro escribe: «Nunca me interesó la confección de prendas pero siempreme atrajo la construcción de historias, lo que se decía y lo que se ocultaba».

H.E.: Debo muchísimo a mi madre la idea de construcción. Cuando algún amigo escritor o algún alumno me comenta sobre sus problemas para armar un relato, les cuento que cuando era chica en mi casa yo veía separadas las distintas partes de la ropa, las mangas, los botones, los bolsillos, y veía cómo todo eso pasa a formar parte de una unidad, en un conjunto completo. Algunos narradores, como Isaac Bashevis Singer, eligen la lírica, ir detrás de la historia o buscando construir el personaje, yo necesito tener construido lo que voy a contar.

P.: En eso la ayuda el ser, además, periodista...

H.E.: No hubiera podido escribir «Tras la historia de mi madre» si no fuera periodista. El periodista tiene mucha confianza en que va a descubrir cuál es la real historia. Yo tenía datos, pero intuía que iba a poder investigar y descubrir cuál era el relato verdadero. Eso lo sentí ya al comienzo, investigando en la biblioteca de la Universidad de Harvard.

P.: ¿La marcó que su madre, en su casa de modas neoyorquina, se viera rodeada de escritoras y artistas?

H.E.: Fue muy importante. Y no sólo que estaba rodeada de artistas sino que ella los valoraba mucho. Bueno, acaso eso hizo que todos mis novios fueran artistas. Menos mi marido, que es ingeniero. Los artistas son fantásticos, pero no para casarse [Ríe].

P.: ¿Buscó plantear al lector una trama de traumas familiares?

H.E.: Eso creo que también me viene de mi madre. A ella le interesaban dos cosas: los artistas y el psicoanálisis. Gracias al psicoanálisis pudo integrar su historia, cómo se había salvado del Holocausto, lo que había pasado con su familia, y poder hablar de eso. En los años 50 había muy pocos sobrevivientes del Holocausto que hicieran psicoanálisis. La guerra había terminado y ellos no querían saber nada de lo pasado. Por más que llevaran el sello del Holocausto en su brazo, como mi madre, no querían abrir esa puerta, no querían enterarse, no querían volver atrás. Mi madre fue bastante particular en ese sentido. Gracias a que mi madre pudo verbalizar su historia, contármela por fragmentos, es que yo pude escribir «Tras la historia de mi madre». Dos cosas salvaron a mi familia, desde mi abuela: la costura y el psicoanálisis.

P.: ¿Por qué aún importa recordar el Holocausto?

H.E.: Antes que nada porque hay mucha gente a lo largo del mundo que niega todavía que haya ocurrido el Holocausto, no sólo el presidente de Irán, sino tambien muchos intelectuales en Estados Unidos. Para alguien como yo, que vivió mirando el tatuaje en el brazo de mi madre, esa idea es un insulto. Una segunda razón para hablar del Holocausto es que hoy la gente da por sentado lo que vive, la democracia, el bienestar, y no entienden cómo todo en un minuto puede cambiar. En Europa en 1938 se vivía como ahora nosotros. Nadie parecía poder prever entonces que todo lo que ellos conocían iba a desaparecer. La educación en las escuelas no es suficientemente fuerte como para enseñar eso. Lo único realmente poderoso para que la gente pueda experimentar aquello que ocurrió es el arte, porque es la única manera de que alguien que haya estado fuera de lo ocurrido pueda identificarse con ese horror.

Entrevista de Máximo Soto

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