Johnny Depp y Helena Bonham-Carter animan los personajes protagónicos de «Sweeney Todd».
Londres (Especial) - Como Capuletos y Montescos, los fanáticos de la comedia musical de Broadway suelen dividirse en dos bandos irreconciliables: los más populares, siguen a Andrew Lloyd Webber («El fantasma de la ópera», «Evita», «Cats»); los otros, son incondicionales de Stephen Sondheim («West Side Story-Amor sin barreras», en la que colaboró con la partitura de Leonard Bernstein; «Gypsy», «Algo gracioso sucedió camino al foro»).
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Paradójicamente, aunque Sondheim nunca manifestó una inclinación particular hacia el cine, varias de las versiones de sus obras para ese medio superaron largamente las correspondientes a las de su imaginario contrincante Lloyd Webber. Ese destino vuelve a cumplirse inexorablemente, a juzgar por las primeras reacciones críticas, ante el estreno de la versión para el cine de su obra musical más oscura, «Sweeney Todd-El barbero diabólico de Fleet Street», llevada a la pantalla por Tim Burton, con Johnny Depp y Helena Bonham-Carter como protagonistas. Y que ya huele a Oscar.
Estrenada en 1979 con Len Cariou y Angela Lansbury en los papeles protagónicos, «Sweeney Todd» posee uno de los argumentos más siniestros de la historia del teatro musical norteamericano: Todd es un barbero que ha purgado, injustamente, varios años de cárcel, y que al salir decide cobrar venganza contra la humanidad. En su barbería, emplea la navaja con otros fines que el de recortar el cabello de sus inocentes clientes, que suelen terminar degollados. Su amante, Nelly Lovett, es una cocinera especialista en la preparación de pasteles de carne.
Aunque no se haya visto la obra, ya podrá imaginarse quién le provee la materia prima a Nelly.
Muchas veces se dijo que el argumento estaba basado en la vida de un asesino real, que vivió en Londres durante la segunda mitad del siglo XVIII, aunque nunca se puso comprobar fehacientemente su existencia. La leyenda cuenta que cuando Todd fue atrapado por sus crímenes en el Old Bailey, se lo ahorcó en Tyburn en enero de 1802 ante una multitud enardecida. La hipótesis acerca de su existencia real proviene del hecho de que el primer cuento en el que apareció, «The String of Pearls: A Romance», fue escrito por Thomas Prest, autor inglés que solía inspirarse en las crónicas policiales para crear sus personajes. Pero de Todd nadie encontró registros periodísticos. Más tarde, apareció numerosas veces en relatos británicos y terminó convirtiéndose en una especie de Jack el destripador no oculto por el anonimato. Días atrás, en la capital británica, el habitualmente esquivo Sondheim tuvo un gesto inesperado: dialogó con la prensa acerca de este nuevo viaje al cine de uno de sus musicales.
Periodista: ¿Por qué demoró tanto tiempo la filmación de este musical suyo? ¿Es cierto que usted se mostró siempre reacio a autorizar una adaptación?
Stephen Sondheim: En absoluto. Si tardó casi 30 años en hacerse fue, simplemente, porque nadie había pedido los derechos. Supongo que eso se deberá a que los musicales en el cine ya no tienen el éxito que tuvieron en otro momento, y que a partir de «Chicago» las cosas empezaron a cambiar un poco. Es obvio que en los últimos 20 años el género musical quedó de lado, a nadie parecía interesarle. A eso súmele el hecho de que «Sweeney» no tiene exactamente el perfil del gran hit musical que puede hacer rico a un productor. Todo lo contrario. En Londres, por ejemplo, fue un fracaso. Los críticos la odiaron, lo cual me extraña mucho porque siempre la sentí como mi carta de amor a esta ciudad. Soy anglófilo.
P.: ¿Y Tim Burton, entonces, se sumó a esta nueva primavera del cine musical?
S.S.: No del todo. Hace 20 años, me crucé una vez con Tim y él me comentó que le encantaría hacer una película musical con «Sweeney». «¡Qué bueno!», le respondí, y eso fue todo. Algunos años más tarde se reactivó la propuesta cuando intervino Sam Mendes, el director de «Belleza americana», que quería producirla. Pero, en fin, debo decir que no nos pusimos de acuerdo, y él terminó cansándose. Hasta que regresó Burton, y aquí estamos.
P.: ¿Qué película de Tim Burton que usted haya visto lo llevó a darle el OK para realizar «Sweeney»?
S.S.: En realidad... voy a ser sincero. Me llevé muy bien con él porque me di cuenta, desde la primera vez que nos encontramos, que a él realmente le gustaba la historia y le gustaba el musical. No es una persona especialmente afecta a los musicales, y yo tuve la certeza total de que «Sweeney» le gustaba mucho. No quería hacer ningún cambio. Todos los cambios que tiene el film con respecto a la obra son insignificantes. Pero jamás, como es tan habitual en Hollywood, propuso cambiar cosas como la historia misma, o el final, o la manera del relato. Para mí, eso era suficiente. No digo que no me gusten sus películas, pero lo fundamental era lo otro.
P.: ¿Hay cosas que tenga la película que no puedan representarse en escena?
S.S.: No las hay. El cine no es más poderoso que la escena, al contrario. El cine siempre marchará detrás del teatro. En escena puede hacerse cualquiera de las cosas que hace el cine... todo depende de la imaginación del público. Se puede ir desde un hospital en Tokio a un hospital en Europa, con la misma rapidez que un corte de montaje. El cine usa escenografía real, la escena usa sugestión. En todo caso... la sangre. Los litros de sangre. Creo que la utilización de la misma cantidad de sangre que se emplea en la película sería demasiado chocante en un escenario.
Cuando Sweeney rebana el cuello de toda esa gente en el segundo acto, cuando sigue cortando cuellos mientras le canta una balada a Joanna, en el teatro se emplea un cuchillito pequeñito con un pequeño dispositivo de donde brotan unas gotas de sangre de utilería. Pero para el público resulta casi tan fuerte como si estuviera viendo toda la cantidad de sangre que usó Tim en el cine. Y ahí está la gran diferencia: el cine necesita más realismo porque no permite desarrollar la imaginación a la que mueve el teatro. El cine es como una foto periodística: necesita ser lo más gráfico posible para ser creíble, aun cuando sea de naturaleza fantástica. Esa es la gran ventaja artística del teatro: tanto es así, que en una reciente producción que dirigió John Doyle directamente no se usaba sangre, pero el público igualmente la veía, creía verla.
P.: Pero, en definitiva, ¿qué opinión le merece el film? ¿Fue una desventaja que sus dos actores protagónicos, Depp y Bonham-Carter, no sean cantantes profesionales?
S.S.: Como pueden imaginarse, si la película no me hubiese gustado yo no estaría hablando ahora aquí. Me gustó mucho. En segundo lugar, siempre preferí actores que cantaran a cantantes que actuaran. Es mucho más beneficioso. Lo que más me gusta en la composición de una canción es contar una historia. Jamás compuse canciones fuera del marco de un musical. No me interesa la canción por la canción misma. En consecuencia, los actores profesionales son mucho más aptos para esta concepción mía que los cantantes profesionales.
P.: En el musical original no hay separación en actos. ¿Tuvo que hacerle alguna modificación a la partitura para adaptarla al cine?
S.S: Sí, desde luego. Corté ciertas canciones, o ciertas partes de canciones de las cuales la película podría prescindir perfectamente. Gran parte de los problemas que han tenido muchos musicales que se llevaron al cine consisten en que no se han hecho los cortes necesarios. No se piensa que en una película sino en la filmación del musical como tal. En el cine, muchas veces no tiene sentido cantar la totalidad de algunas de las canciones, porque eso es negativo para su ritmo. Desde luego, con Tim estuvimos plenamente de acuerdo en eso. Creo que mucha gente, aun la que haya visto el musical, no advertirá siquiera esos cortes. Sólo los más conocedores percibirán esos cortes. Eso fue enormemente benéfico para la película, la hace más fluida.
P.: Algunos actores dijeron que cantar frente a usted los inhibía un poco. ¿Suele ser muy exigente o trata de que se sientan cómodos?
S.S.: ¿Quién dijo eso? Pasé mi vida entera ayudando a los actores a relajarse. El actor no está dando un examen, una audición; eso ya lo hizo antes. Y, en este caso, cuando había muchos actores que nunca habían cantado antes, la tarea es más exigente. Se sienten cómodos actuando, pero pierden toda confianza en sí mismos cuando tienen que cantar.
P.: ¿No tuvo la tentación de escribir un par de canciones nuevas como para que lo nominen al Oscar?
Dejá tu comentario