Hoy a las 22, por Film & Arts y en homenaje a los 250 años del nacimiento de Ludwig van Beethoven, se estrenará un formidable trabajo del documentalista Christian Berger, “La Novena de Beethoven. Una sinfonía por el mundo”, elogio de la famosa obra a través de orquestas, coros, públicos y estudiosos de cuatro continentes, tanto las anónimas intérpretes de la Sinfónica Kimbanghiste de Kinshasa, en pleno Congo, y la Orquesta Baccarelli del barrio Helópolis, en Sao Paulo, como los grandes especialistas de China, Grecia y por supuesto Alemania, la pareja de sordomudos que se emociona sintiendo las vibraciones en el Palau de la Música de Barcelona, y los 10.000 (diez mil) miembros voluntarios del coro que prepara anualmente el maestro Yutaka Sado en un estadio de Osaka.
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“La Novena de Beethoven” ha sido una de las películas más celebradas de este año en buena cantidad de festivales online de cine. La celebración sigue con un concierto de The Philarmonic Five en el Teamlab de Tokio, enorme museo de arte digital donde se emplean unas 520 computadoras y 470 proyectores, como para celebrar la eterna vigencia del músico en cualquier acercamiento. Más clásica, la valiosa serie “Barenboim sobre Beethoven”, de Christopher Nupen, realizada en 1970 y que ahora puede verse a través del canal de Youtube de Film&Arts (buena noticia, los 13 episodios de la serie estarán ya completos desde mañana).
Este es el homenaje de un canal especial, pero, si no fuera por la pandemia, hoy habría en todo el mundo centenares de exposiciones y miles de conciertos en honor a Beethoven. Casi todos sus habitantes reconocen su fama, y al menos los primeros compases de la Quinta Sinfonía y buena parte de la Novena, tantas veces reelaboradas, hasta de modo infame, por músicos de toda índole. Algunos, ingenuamente sacrílegos, asociarán a Beethoven con el perro de una película para niños. No es pecado. Otros, muy pocos, lo asociarán con Abel Gance. Al comienzo de su melodrama “Un grand amour de Beethoven” el músico, macizo, desmelenado, interpretado por Harry Baur, pasea por las afueras de una aldea. Dentro de una cabaña, alguien llora. Es una madre, su hijo está muy grave. El hombretón entra, se sienta al piano (que nadie explique cómo es que ahí había un piano), empieza a tocar, absorto, desde el cielo un rayo de luz lo ilumina, la madre halla algo de consuelo.
Gance era así, romántico, como lo fue Beethoven un siglo antes. En cambio Alfredo Zitarrosa era medido. La reciedumbre de su canto y de su pensamiento fueron el molde exacto para recordarnos, en su “Milonga para Beethoven”, una de los episodios más nobles del compositor, cuando, con un solo gesto en la dedicatoria de la Tercera, la Heroica, enfrentó para siempre las pretensiones imperiales de Napoleón. Grandes artistas, es bueno prestarles algo de atención en este día.




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