7 de febrero 2006 - 00:00

Un estupendo Pepe Soriano entretiene y hace llorar

Las actuaciones de Pepe Soriano y Federico Olivera (que noparece estar haciendo un reemplazo) están entre las buenasrazones para ver una obra sencilla y legítimamenteemotiva.
Las actuaciones de Pepe Soriano y Federico Olivera (que no parece estar haciendo un reemplazo) están entre las buenas razones para ver una obra sencilla y legítimamente emotiva.
«Visitando al señor Green» de J. Baron. Versión: F. Masllorens y F. González del Pino. Dir.: S. Doria. Int.: P. Soriano y F. Olivera. Esc.: R. Diviú. Vest.: M. Meligeni. Mús. Orig.: J. López del Carril. Luces: L. Rodríguez e I. Riveros. (Multiteatro.)

Pepe Soriano vuelve a sorprender en su segunda temporada de «Visitando al señor Green» con un personaje que de inmediato despierta la simpatía del público a pesar de sus errores y arbitrariedades. Pocas cosas resultan tan conmovedoras como un anciano (en este caso un judío ortodoxo) que es capaz de dejar de lado los prejuicios de toda una vida para privilegiar sus afectos. Esta capacidad de revisar la conducta propia, una vez que todas las heridas salieron a la luz, es lo que sensibiliza a buena parte de la platea (en cada función abundan los ojos llorosos y mucha gente termina aplaudiendo de pie).

La incorporación de Federico Olivera -en reemplazo de Facundo Arana, ahora galán de Natalia Oreiro en «Sos mi vida»- no presenta fisuras. Al contrario, nada parece indicar que el actor se incorporó a la puesta seis meses más tarde. Es evidente que Soriano puso toda su experiencia actoral al servicio de su joven colega. Por las características de la obra -centrada en la construcción de un vínculo que logrará un fuerte impacto en ambas vidas- era indispensable que ambos tuvieran una buena química (no basta con el mutuo respeto o las ganas de trabajar juntos).

Esta comedia dramática del dramaturgo y guionista televisivo Jeff Baron tiene una fuerte impronta afectiva (similar al de esas películas con «lecciones de vida» del canal Hallmark) y al estar estructurada en varias jornadas permite apreciar con mayor nitidez la calidad ascendente de una relación en principio destinada al fracaso. El señor Green, viudo reciente a los ochenta y seis años y tozudo como pocos, no está dispuesto a recibir en su hogar a Ross Gardiner (un joven ejecutivo de Nueva York que al atropellarlo con su auto debe asistirlo en tareas domésticas durante seis meses por orden del juez). Las grandes diferencias generacionales e ideológicas que los separan son la sal de la obra; pero también resulta interesante ver cómo cada uno va resolviendo sus propios problemas amorosos y/o familiares oficiando de padre e hijo sustitutos. Buenas intenciones, mucho sentido común y total ausencia de moralina dan por resultado una obra que llega directo al corazón con amenidad y sencillez.

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