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10 de enero 2008 - 00:00

Un nuevo género: la telenovela-mágica

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Robin Williams y el pequeño Freddie Highmore, joven actor de «Neverland» y «Arthur y los Minimoys», cuya precoz filmografía no se beneficia demasiado con esta nueva película
«Mi nombre es August Rush» («August Rush», EE.UU., 2007; habl. en inglés). Dir.: K. Sheridan. Int.: F. Highmore, K. Russell, J. Rhys Meyers, R. Williams y otros.

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«Mi nombre es August Rush» (¿por qué esa innecesaria compulsión nacional por agregarle el «Mi nombre es...» a tantos títulos recientes cuyo original no lo lleva, como «Mi nombre es Tsotsi», «Mi nombre es Sam», etc.?) es una película hipercalórica, lo cual no parece lo más aconsejable en esta época del año.

Tal vez en ninguna, pero menos ahora: es tan meliflua, tan almibarada, tan sentimentalmente pegajosa que, a su lado, hasta «Patch Adams», también con Robin Williams, resulta un film parco.

Y es una pena, porque algunos de los elementos visuales y sonoros a los que recurre la directora Kirsten Sheridan, como el de una orquestación forjada a base de sonidos callejeros cotidianos en Nueva York aparece, en el momento en que se produce, como un atractivo hallazgo narrativo.

Claro, nadie se toma el trabajode ver una película de casi dos horas sólo por esto.

«Mi nombre es August Rush», que se enrolaría no en el realismo mágico sino en la telenovela-mágica, cuenta la historia de un pobre huerfanitoque tiene oído absoluto y unos dones tan extraordinarios para la música que hasta es capaz de convertirse en un eximio guitarrista, sin haber tomado siquiera una lección.

Todo se explicaría por otro tipo de magia, la genética: sus padres son Lyla, una bella cellista (Keri Russell), y Louis, un rockero irlandés (Jonathan Rhys Meyers), que hicieron el amor sólo una noche de luna, con la ropa puesta, y concibieron al chico prodigio. El padre de Lyla, sin embargo, le arrebata el hijo al nacer y lo da en adopción, ocultándole la verdad (ella ha sufrido un accidente y está hospitalizada): le dice que el recién nacido ha muerto.

Mientras transcurren tamañas crueldades por la pantalla hay motivos para inquietarse: a esa altura, ni siquiera ha aparecido Robin Williams, y uno teme lo peor. No es así: sigue todo más o menos en el mismo nivel. Williams sale vestido de cowboy y al frente de un cuchitril clandestino de chicos de la calle, entre los que naturalmente se cuenta August. Sí, por supuesto: Oliver Twist está vivo y vive en Nueva York, y el nuevo Fagin tiene ahora un corazón más blando. Es tentador hacer algún comentario sobre la escena final... pero hay que verla para creerla.

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