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15 de noviembre 2007 - 00:00

Una abstracta música nocturna

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Enrique Piñeyro (que en este film declara que no le gusta volar) y Silva Arazi en el nocturno opus de Filipelli.
«Música nocturna» (id., Argentina, 2006; habl. en español). Dir.: R. Filipelli. Int.: E. Piñeyro, S. Arazi, H. Acosta, F. Monjeau y otros.

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La «música nocturna» de Rafael Filipelli no es pequeña; no hay nada del espíritu liviano y etéreo de Mozart en esta película de cámara, más cercana a la abstracción sentimental que al sentimiento declarado. Abstracta y nocturna sí, por eso el sonido rector de Schubert, el tímido: con el Andantino de la Sonata 959 se abre, en largo plano fijo, vaso de whisky en la mano, esta historia sobre un matrimonio cuyo futuro es tan improbable como su pasado, y su presente tan frágil como la tristeza de esa sonata. Schubert regresará también, más adelante, como parte de un discurso interrumpido, fragmentario, que define tanto la naturaleza del protagonista del film como sus propias palabras y silencios.

El es Federico (Enrique Piñeyro), perenne autor de una obra inacabada sobre música, justamente de la que se oyen en off los fragmentos mencionados; ella, Cecilia (Silvia Arazi), es una dramaturga cuyo talento es más declamado que comprobable, al menos por el breve pasaje de una de sus obras, que se ve en un aplaudido ensayo general, y entre cuyos testigos está el distraído Federico, como en un planeta ajeno.

La tercera pieza, puramente funcional, es Sergio (Horacio Acosta), escritor de éxito radicado en Europa y con quien -se presumeexistió una relación anterior con Cecilia.

Sergio es autor de un best seller llamado «La menor», tal vez por su tendencia a seducir veinteañeras o, quién sabe, por simple oposición al autor de «La mayor».

Pero tendría poco sentido, en esta «Música nocturna», tratar de descifrar alusiones vela-

Escribe Marcelo Zapata das o referencias indirectas a personajes reales del elenco cultural porteño -que las hay, desde luego, empezando por el nombre del protagonista en la ficción y autor también de los textos sobre música que se leen. Eso forma parte de la intimidad de un film que se abre, musical y conceptualmente también, para quienes quieran dejarse llevar por él.

En el deambular nocturno de Federico (impecable interpretación de Piñeyro) no molesta nunca el sol: como presa acorralada, contenida, no se atreve nunca a terminar con su libro, dar la última palabra. Terminarlo sería quedar en falta con las buenas opciones que quedarán necesariamente al margen, y por eso no opta, no crea. Destruye.

Tampoco se atreve a abandonarse al irrisorio e inaceptable sentimiento de los celos. Le regaló hace unos años a Cecilia una grabación de Gesualdo que ella parece no apreciar (también de Gesualdo y sus enfermizos celos asesinos se ocupó hace algunos años Werner Herzog).

Sin embargo, ella prefiere -si es que prefierealgo-a Olivier Messiaen, cuyo carácter sacro percibe tan poco como el de Gesualdo, o espante con igual fastidio que a los inoportunos vendedores de Biblias que llaman a la puerta. ¿Qué es lo que cela Federico? No se sabe. Oscura música nocturna, el amor sin amor: un dúo que va hacia el fin de su tiempo, confinado en ese piso céntrico como en un campo de concentración, y musicalizado por Filipelli con la libertad del artista que tampoco tiene que decir la última palabra, aunque la sugiera. Como la música.

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