6 de abril 2001 - 00:00

Una tecnología sin parangón

El estreno de «Fiebre de sábado por la noche» confirmó lo que todo el mundo sospechaba: la historia de Tony Manero, el muchacho de Brooklyn que sueña con vivir Manhattan, es apenas una excusa para hilvanar los distintos cuadros de baile, que con música de Bee Gees, componen este revival de los años '70.

Las vibrantes coreografías de Arlene Phillips exhibieron buenas dosis de riesgo y llevaron al límite la destreza física de los bailarines, por lo que su desempeño recibió una ovación bien merecida. Sin embargo, el aplauso más espontáneo de la noche fue el que se produjo cuando un enorme espejo, instalado al fondo del escenario, comenzó a girar (gracias a un sistema neumático) hasta alcanzar un ángulo de 45°.

Mediante este recurso, se pudo apreciar desde la platea los cambiantes diseños lumínicos de la pista de baile, creados con leds de última generación. Estos puntos de luz, por llamarlos de alguna manera, son similares a los que se utilizan en las enormes pantallas de los megarrecitales de rock (lo utilizan Rolling Stones y U2, entre otros). En « Fiebre...», este sistema de leds exhibe sobre el piso del escenario distintos niveles de configuración (dameros, puntos saltarines, figuras concéntricas, etcétera) y funciona en combinación con un conjunto de flashes.

Otro ícono que no podía faltar en este musical es el puente de Brooklyn, vía de acceso al corazón de la gran ciudad. El puente de «Fiebre...» pesa 4 mil kilos, tiene un metro de ancho (esto permite que los artistas bailen sobre él) y fue construido en Londres bajo supervisión de técnicos argentinos. Para las escenas panorámicas, se utilizó un telón con el puente visto desde lejos y, sobre él, luces blancas y rojas que simulan los faros de los autos que cruzan.

«La iluminación de una comedia musical requiere habitualmente unos 1.500 a 2.000 canales para programar luces -dijo a este diario el iluminador Marcelo Cuervo, coordinador técnico del show-. Esta obra, en cambio, necesitó 4.000. Creo que eso puede dar una idea de la envergadura.» Los cuarenta cambios escenográficos incluyen tres torres que cargan con 74 luces robóticas, un símil de las que se veían en las discos de los años '70. A esto se suma un enorme ecualizador gráfico (de 4 x 6 metros) con barritas de luz roja vibrando al compás de la música.

No parece faltar nada en este increíble arsenal lumínico que, por supuesto, incluye también la clásica bola de espejos. El estallido de luz y color que se produce en escena no tiene nada que envidiarle a una discoteca moderna, y eso es precisamente lo que el público agradece: participar de una agitada fiesta sin moverse de la butaca.

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