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21 de septiembre 2007 - 00:00

Ute Lemper: historia de una boa

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Ute Lemper y la boa con prosapia: la cantante alemana se despidió de Buenos Aires con un gran segundo espectáculo.
«Angeles sobre París y Berlín». Espectáculo con Ute Lemper. Con Vana Gierig (piano), Don Falzone (bajo) Todd Turkisher ( batería y percusión), Mark Lambert (guitarra). Teatro Gran Rex. 19/9.

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Entre los muchos misterios de Ute Lemper -es bueno que nunca se develen todos-, el físico no es el menor: su figura de portentosa y estilizada walkyria moderna no es, seguramente, la más indicada ni para su repertorio ni para los fantasmas que evoca, que simpatizarían mucho más con lo que ordena la tradición: cuerpos pequeños, frágiles y enfermos como el de Edith Piaf o Lotte Lenya, o de una seducción más ladina y peligrosa, como el de Marlene Dietrich.

El encantamiento que produce Ute Lemper entre sus fans es mucho más abierto y franco: en su gesto, en sus transfiguraciones inclusive, nunca deja de haber alegría. Y sin embargo, aunque quien canta «Allez, venez Milord... il fait si froit dehors...» no tenga la esmirriada apariencia de un gorrión desprotegido, sino la impetuosa energía y la inmensa vitalidad de una mujer que podría estar a punto de correr en las Olimpíadas, el milagro se produce. En ese punto, en ese momento que se inclina, desde el escenario, sobre algún anónimo espectador del público y le musita «Allez, venez Milord...», Lemper es Piaf.

Su extraordinario espectáculode anteanoche, «Angeles sobre París y Berlín», fue posiblementeuno de los mejores que presentó desde que comenzó a viajar a Buenos Aires. El pacto entre ella y su audiencia fue completo: su comunicación, casi permanentemente en inglés (o francés, o alemán inclusive) no sólo fue incuestionada, sino que hasta parecía que no le perdían palabra quienes no comprendían esas lenguas.

Mezcla de música y monólogos, posiblemente el más ingenioso y chispeante fue esa genealogía de la boa de plumas roja que se enfundó al cuello en un momento del show: dijo que perteneció a Lenya, luego a Marlene, a la Piaf... para terminarpor último anudada a Condoleezza Rice y a Hillary Clinton. Ni siquiera logra hacer vulgares los chistes sobre Monica Lewinsky: en ese discurso en perfecto inglés, Ute Lemper hace el «crossover» de los tiempos antes que de los géneros musicales: cómo pasar -sin nostalgia- de la República de Weimar, o del París sesentista a la contemporaneidad más estricta, en un mismo cuerpo que se transfigura, y una misma voz que se prodiga.

En ese espacio hace lo que quiere, y -casi- como una conjura del tiempo: pasar de una magnífica canción propia, «Blood & Feathers») a una versión multiestilística de «Ich Bin Die Fesche Lola» de «El angel azul»; o transitar por cuatro temas de Jacques Brel (incluyendo, desde luego, el «Ne me quitte pas») a la sublime «Memoire de la mer» de Léo Ferré.

Tras un silencio, explicó mejor que nadie la ira de Bertolt Brecht: comenzó a silbar, suavemente, la famosa «Moritat» de «La ópera de dos centavos», y luego dirigió el micrófono hacia el público: el Gran Rex entero continuó silbando la melodía, mientras los reflectores iluminaban la sala. «¿ Vieron?», explicó. «Esa música sobrevive a todo, esa es la auténtica música popular... aunque nadie conozca la letra. Brecht no lo toleraba... él había escrito la letra, cobraba el 70% de las regalías... pero lo que se recuerda es sólo la música, sólo Kurt Weill».

Sobre el final, el delirio. El público le reclamaba de todo, aunque los pedidos que más sobresalían eran por «Cabaret». Ute Lemper fingió sorpresa: «¿De verdad? ¿Seguro que quieren eso...? Habiendo tantas otras cosas mejores...». Contó, a continuación, su primer encuentro con el personaje de Sally Bowles, a quien interpretó -dijo -«por primera vez hace 20 años. Yo era tan joven... Y, de verdad, siempre me pareció un poco tonta Sally. La vida es un cabaret... En fin». Pero lo hizo: un medley final, de despedida, donde combinó fragmentos de la mayor parte de los temas solistas de «Cabaret», pero sin dejar de infiltrar al MTMckie Messer de «Moritat». Y, claro, terminó tan fresca como había empezado.

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