Ute Lemper, anteanoche en el Gran Rex, con el director
inglés Jan Latham Koenig.
Concierto de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Dir.: J. Latham Koenig. Solista: Ute Lemper. Obras de Viera, Schubert y Weill-Brecht. Teatro Gran Rex.
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Pocas veces se escucha la «Sinfonía inconclusa» como si se tratara de un progresivo, lento strip tease romántico hacia el fondo de la noche. Precedida, además, por una tensa y breve composición nacional en estreno («Música Nocturna», de Julio Martín Viera), la famosa obra de Schubert sonó en el Gran Rex anteayer, durante el concierto del ciclo regular de la Filarmónica, como inquietante preludio al número central, los «Siete pecados capitales» de Kurt Weill y Bertolt Brecht, con Ute Lemper como solista.
Una conjunción única, infrecuente en Buenos Aires, adonde la extraordinaria cantante «crossover» alemana, última estrella en una tradición de kabarett culto y popular que inició Lotte Lenya y que tal vez se cierre con ella, actúa por tercera vez en pocos años, aunque nunca hasta ahora como solista con una orquesta sinfónica; además, lo hacía en una obra que, curiosamente, nunca se había representado en el país, pese a las frecuentación del resto de los trabajos conjuntos de Weill y Brecht.
«Los siete pecados capitales» (1933), última colaboración entre ambos, tuvo en el Gran Rex una versión de concierto. Su origen es el de un ballet de cámara en el que la protagonista se desdobla, al igual que en los textos que se recitan: son dos hermanas llamadas Anna, una cantante, la otra bailarina; una -dice Brecht- «hermosa, la otra práctica; una alocada, la otra juiciosa».
Viven con sus padres y dos hermanos (representados por cuatro cantantes masculinos, con el bajo profundo a cargo de la madre) en Louisiana, cerca del Mississippi, y un día deciden salir a hacer fortuna por el resto de los Estados Unidos, lidiando en cada ciudad que recorren (Memphis, Baltimore, Los Angeles, San Francisco) con cada uno de los siete pecados capitales.
Esa América no le es extraña al espectador de «Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny»: es la América vulgar, pesadillesca, crápula y onírica que imaginaron Weill y Brecht, cuyas iniciales conjuntas, WB, coinciden casualmente con las del estudio del cine de gangsters, y el de la alocada animación no memos pesadillesca: pero, también, es la América redentora, acogedora de la pesadilla nazi, la de los brazos abiertos, la de los musicales de Broadway a los que Kurt Weill, formado en una tradición tan diametralmente opuesta, terminaría entregándose con todas sus energías.
Enfundada en impecable vestido negro con diamantina guarda vertical, la entrada de Ute Lemper en escena fue recibida por una ovación de sus ya muchos incondicionales. Al iniciarse la obra, hasta la imponente Filarmónica, conducida por el inglés Jan Latham Koenig, pareció pasar a segundo plano. Y, todavía más allá, el cuarteto de voces que integraron Osvaldo Peroni, Mirko Tomas, Hernán Iturralde y Nahuel Di Piero.
Magnéticamente, Lemper fue las dos Annas, y la única en escena: su «decir» brechtiano firme, sereno, tuvo los claroscuros exactos, donde cabe desde la más pura belleza hasta el placer por la vulgaridad de unos textos que no evitan palabras como «espárragos y bollos y escalopes». Lemper, la transgresora, la pecadora, la artista integral capaz de transitar del kabarett más ortodoxo a los trabajos con Nick Cave, cantó su primer Weill-Brecht integral en la Argentina. Una noche de excepción.
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