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5 de enero 2004 - 00:00

Corte rara

Va en aumento la sorpresa del país moderado al conocerse detalles del pensamiento de la letrada y candidata a integrar la Corte Suprema, Carmen Argibay. Más allá de la habilidad publicitaria del gobierno para imponer -sobre todo usando prensa adicta- la creencia, para nada probada, de que «cuenta con más de 80% de opinión a favor en el país», la realidad es que las medidas de Néstor Kirchner cada vez alarman a más gente. Estamos en el caso ya bastante visible de un gobierno que asumió sin mostrar nunca sus intenciones e ideas, simple-mente por decisión de Eduardo Duhalde, que eliminó elecciones internas en el justicialismo y puso sus candidatos y aparato a favor de la proclamación de Kirchner, aunque en definitiva presidiera con sólo 22% de los votos desde un segundo puesto. Si se mide el total de los argentinos -tras una abstención electoral récord en los últimos 75 años-, sólo uno de cada 17 habitantes votó al presidente. Con este clima que le da la prensa obsecuente y figuras públicas beneficiadas, más el cerco político de elogios de quienes lo invocan desde minorías relegadas para encumbrarse, el gobierno se cree habilitado para cualquier imposición al conjunto ciudadano. La jueza Argibay Molina se ha proclamado ideologizada de izquierda, pro aborto -quizá porque nunca fue madre ni estuvo casada-, atea y «progre», con términos de antimenemismo, rebelde y «liera» (sic), ostentosa a nivel de pedir que «no me consideren diva» (sic). O sea, lejos de todo término de representar a la Argentina media. Por si faltara poco, fue compañera de cámara y se proclamó amiga, en una locuacidad nada elogiable, de Eugenio Zaffaroni (que ha pasado a ser casi un santo ingresando en la Corte ante esta letrada que asumirá en el más alto tribunal del país). Después de lo observado, nadie cree que sea serio -y menos decisivo-el voluntarismo sin obligación constitucional del gobierno de exponer ante la opinión pública para objeciones ciudadanas los antecedentes del candidato que el kirchnerismo propone para la Corte. Se ha comprobado que Kirchner nunca retrocede y lo considera un deshonor frente a una decisión tomada.

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No es cuestión de poner en la Corte Suprema a un especialista por cada una de las 4 grandes especialidades del derecho más otras decisivas subespecialidades. No hay número de miembros suficiente, sobre todo si se considera lo ideal 5 miembros del cuerpo y no 9 como hoy tiene. Lo que se requiere es buen basamento jurídico general, amplitud de criterio y las demás exigencias obvias: inteligencia, nivel comprobado de racionalidad, experiencia jurídica, corrección de vida, decencia, imparcialidad total, etcétera.

Con la designación de Zaffaroni ya tambaleaban unos y cayeron otros de esos principios por tratarse de un evasor impositivo, defensor de la homosexualidad con embanderamientos más allá de lo que es lógico para una minoría social respetable, y autor de libros donde defendió para el último gobierno militar de facto el «derecho a la exterminación del adversario» y la limitación de homosexuales en las Fuerzas Armadas. Como contrariedades fue un caso único, para integrar el Tribunal Supremo de un país. Fue ilógica su designación.

Hay que dar a la jueza Carmen Argibay como segura futura integrante de la Corte Suprema porque quedó demostrado en la asunción de Zaffaroni que la «consulta a la población», que sin tener obligación constitucional el presidente Kirchner encaró, se encuadra en los llamados «camelos políticos». Nunca ningún abogado como Zaffaroni recibió tantas impugnaciones de la sociedad (y hasta de la Dirección Impositiva) y allí está sentado en el alto cuerpo.

La jueza Argibay, aunque inoportunamente «garantista» en la Argentina actual, se diferencia de Zaffaroni: nunca estuvo con el Proceso militar último, no se conoce que haya llevado su «garantismo» al extremo de apoyar que el violador de una niña de 9 años quede atemperado en su culpa sólo porque «apagó la luz» para la aberración. Tampoco hasta ahora se sabe que haya tenido otros traspiés, salvo inadecuadas declaraciones públicas.

No sólo está lo que dijo en los medios oficialistas, sino en la revista «Veintitrés» (obviamente, también marxista). Dijo que es atea (ni siquiera agnóstica) y abortista (y algo típico de los que ya nacieron, como diría aquel cómico-filósofo Juan Verdaguer). Fomentar el aborto en una mujer de 60 años, soltera y sin hijos también parece muy poco serio.



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