Para el gobierno, la decisión de la Cámara Federal -aunque la preveía en parte- resultó un shock. Negativo, obvio. Nadie ignora que el «arrepentido» Pontaquarto (nunca más justas las comillas) pasó por algún despacho oficial antes de su confesión y sus promovidas declaraciones parecían funcionales a una administración que apreciaba el hundimiento judicial de ciertos peronistas y radicales no afines, representantes de esos '90 que tanto odia Néstor Kirchner ( aunque a él, como diría Raúl Alfonsín, no le fue tan mal en ese ciclo). El vendaval mediático Pontaquarto, en su autoflagelación, parecía distinguir entre una etapa de coimas, adicionales y prebendas y otra que se presentaba transparente, inédita para los cánones tradicionales de la política. Nada dura demasiado y el tiempo, como se sabe, tiende a confundir colores y sabores.
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• Sonrisas
Tanto furor denunciante en lo de Pontaquarto, más explotado para su difusión pública que el esfuerzo aplicado para investigar sus acusaciones (algo que trasciende del fallo judicial), hasta hizo que sonriera el sindicalista Hugo Moyano: logró unanimidad para que el Parlamento anulara la ley sindical que él cuestionaba -fue el iniciador de la prédica con la historia de la Banelco-, viciada presuntamente de corrupta, con menos discusión que cuando se aprobó. Si fue un hecho insólito este retroceso legislativo, más singular se volvió cuando muchos de los que en su momento votaron a favor, procedieron luego en contra. En toda esta miseria no debe olvidarse otro detalle que Pontaquarto, un experto de la casa parlamentaria, en su prisa casi olvidó: sólo formuló imputaciones de soborno al gobierno De la Rúa y al Senado, sin referirse siquiera -al igual que todos los que se inscribieron en su coro-a la Cámara de Diputados, cuando ya en el jardín de infantes se enseña que las leyes sólo son posibles si también las consiente la Cámara baja. Pero en esto, como en una pesquisa más seria, nadie reparó. Importaba más la propaganda.
Lo cierto es que Pontaquarto, quizás sin intención, les produjo un generoso favor a los sindicatos, que se desembarazaron de una norma molesta para sus intereses. Mínima piedrita en el zapato, pero piedrita al fin.
• Beneficiados
Nadie habló de pagos en este caso, aunque el saldo beneficia nítidamente a los gremios. Más bien, por alguna razón, hasta los que se ocuparon de multiplicar las denuncias de Pontaquarto le atribuían algún cobijo oficial a esa tarea, aunque nadie presentó pruebas y apenas si se le podía reconocer intencionalidad al gobierno para despanzurrar ese presunto caso de coimas en la ley gremial por razones políticas.
Se pueden entender estos propósitos; lo que nadie todavía pudo aportar es quiénes se habían beneficiado con esa norma tan cuestionada y denunciada, primera condición en la menos exigente investigación policial. Porque de toda esta historia plagada de rumores, evidencias, venalidades y oscuros personajes de un bando y otro, lo único cierto es que la ley sindical tan debatida, aprobada y posteriormente enterrada nunca encontró un responsable económico al cual pudiera atribuírsele ventajas o autoría. Algo así como un asesinato sin causa, como un crimen que nadie sabe a quién benefició.
Al revés, claro, de su posterior eliminación o de la devaluación y la pesificación asimétrica -donde nadie denunció anomalías, curiosamente-, en las que sin duda hay corporaciones, empresas y dirigentes que multiplicaron ganancias de un plumazo. Otra historia más de esta Argentina.
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