Las bodegas Colosso Wines, Sottano y Sin Reglas tienen un denominador común: son comandadas por Andrés Ridois, el Arcángel del Vino, una persona difícil de encasillar porque básicamente es un creativo, un hacedor: carpintero, artista, maestro champañero, economista.
Ridois es uno de esos personajes fuera de serie del mundo del vino, como Alejandro Vigil, Sebastián Zuccardi, Michel Rolland, Susana Balbo o Laura Catena, con una visión disruptiva y única para destacar en un mercado por demás competitivo.
Desde Colosso Wines y Sottano, donde es gerente general, hasta Sin Reglas, bodega desde la cual dio vida a los Arcángeles y los Demonios, Ridois siempre apuntó no solo a vinos de alta calidad sino a jugar con lo distinto, eso que distingue tanto a estas etiquetas: desde lámparas hasta estuches con obras de arte únicas. Desde "Biblias" de cuero haciendo las veces de estuches hasta estuches de madera en forma de estrella.
Todo es posible en la cabeza de "Andresito", como lo llaman los que lo conocen. Y lo mejor es que desde ahí, desde su creatividad, baja las ideas a un equipo que lo conoce e interpreta a la perfección, lo cual sumado a la fuerza de venta y unas instalaciones fabulosas con restaurante y "petit cabaret" incluidos en Luján de Cuyo, desembocan en que son una marca reconocida en Argentina y en muchos países del mundo y siguen creciendo. Conociendo más al personaje, decidimos entrevistarlo:
Periodista: ¿Qué representa para vos la alta gama en el mundo del vino?
Andrés Ridois: La alta gama no es un producto que se necesita, sino algo que se desea. Es un lujo, sí, pero no en el sentido superficial de algo caro o exclusivo. Es una experiencia que reúne calidad, concepto y estética. En el vino, eso se traduce en un líquido elaborado con precisión, con tiempo, con historia, y también en cómo se presenta: la etiqueta, la botella, el nombre, todo forma parte de esa conexión. Porque no tomamos solo vino: consumimos momentos.
P.: ¿Qué condiciones tiene que cumplir un vino para considerarlo de alta gama?
A.R.: Primero, tiempo. Un vino joven no puede ser alta gama, por más promesa que tenga. La alta gama debe ser una realidad: tiene que estar bueno hoy. Para eso se necesita una elaboración cuidada, microvinificaciones en pequeños volúmenes, selección precisa de viñedos, fermentación maloláctica, estiba en fudres, barricas o incluso en hormigón. Y después, mucho tiempo en botella. En nuestro caso, el proceso completo lleva al menos 1.200 días.
P.: ¿Qué lugar ocupa la tecnología en este proceso tan artesanal?
A.R.: La tecnología es una aliada para lograr precisión. En Sin Reglas contamos con salas de barricas con control de humedad automatizado, tanques con temperatura controlada y maquinaria de última generación para la vendimia. Eso nos permite escalar sin perder detalle. Hoy producimos más de 250 microvinificaciones diferentes, cada una con su propia identidad, y eso nos hace únicos en el país.
P.: ¿Qué rol juega la identidad en un vino de alta gama?
A.R.: Todo. No hay forma de competir en este mundo si no tenés identidad. Por eso cuido cada detalle, desde el diseño de la etiqueta hasta el relato detrás del vino. Mil Demonios, por ejemplo, nació del concepto de atravesar mil días de infierno para llegar a una belleza. Es una filosofía, no solo un nombre. Lo mismo sucede con Los Arcángeles, mi línea tope de gama, que representa esa búsqueda de perfección, de luz. Son vinos que hablan de transformación, igual que la vida.
P.: ¿Cómo ves el mercado actual para este tipo de vinos?
A.R.: Es un momento desafiante. El consumo cayó, y la industria está en crisis. Pero para mí, la clave no es hacer más vino, sino hacer mejor vino. Con historia, con valor real. La alta gama no va a desaparecer, pero sí va a exigir más autenticidad y conexión. Por eso digo que el vino no lo tienen que necesitar, lo tienen que querer.
Dejá tu comentario