9 de junio 2006 - 00:00

De delincuente a terrorista brutal

Bagdad (AFP, EFE) - Su madre, Um Sayel, decía que era «tierno»; para el resto del mundo, era un «terrorista sanguinario»: Abu Mussab al-Zarqawi, jefe de Al-Qaeda en Irak, murió en ese territorio en una operación militar del país al que se había prometido vencer.

En abril de 2006, cuando apareció por primera vez en un video en Internet, juró «por Dios que Estados Unidos será vencido en Irak». «Lo expulsaremos del país de los Rafidain (Mesopotamia), vencido y humillado», proclamó este hombre de cara redonda y barba negra, ataviado con un pañuelo del mismo color.

Estados Unidos había ofrecido 25 millones de dólares por la cabeza de Zarqawi, de 39 años, jefe de la red terrorista Al-Qaeda que a finales de 2004 fue designado como líder de esta organización en Irak. Se trataba de la misma cifra que ofrecía por Osama bin Laden.

Nació el 20 de octubre de 1966 en Zarqa, una ciudad pobre cercana a Amán, Jordania. Era sunnita y pertenecía a la poderosa tribu de los Bani Hassan, en la que su padre, que murió en 1994, era respetado.

Su madre, que murió en febrero de 2004, decía que era «tierno» y «sentimental», pero reconocía que tenía un carácter irascible.

En su modesta vivienda de cemento del barrio Maasum, sus hermanas escapan de los periodistas. Dicen que no tienen contacto con su hermano y que lo «respetan enormemente». Y ayer, al anunciarse su muerte, tampoco quisieron hablar.

Su verdadero nombre era Fadel Nazal al-Jalayleh y se convirtió en Abu Musab al-Zarqawi en 1991, cuando se unió al grupo salafista extremista «Al Tawhid wal Hejra al-Muwahadin» (los unificadores). Tras un período en el mundo de la delincuencia, Zarqawi fue seducido por los preceptos del fundador del grupo, Abu Mohamad al-Makdessi, al que conoció en Pakistán, donde trabajó principalmente como periodista en 1988. A Bin Laden lo conoció en 2000.

A Zarqawi, que dirigía hasta ahora la «Organización de Al-Qaeda para la Yihad en el país de Rafidain» (Mesopotamia), responsable de asesinatos y decapitaciones de decenas de personas en Irak, nunca le gustaron los estudios. Le encantaba el mar, y a los 17 años se tatuó una ancla en un brazo. Pero en cuanto empezó a interesarse en la religión, se quemó la piel para quitarse el tatuaje, ya que lo consideraba impío, relató Basel Ichak Abu Sabha, médico de la prisión de Jafer, donde estuvo preso hasta mayo de 1999, fecha en la que se benefició con la amnistía general decretada tras la asunción al trono de Abdallah II.

El médico se acuerda de que a Zarqawi, que en 1994 fue condenado a 15 años de prisión, «se lo consideraba un preso muy peligroso. Los prisioneros le temían.

Imponía la disciplina con una simple mirada». Un día el médico anunció a un preso que tenía que ser transferido a un hospital y éste le respondió: «Tengo que pedir permiso al emir Abu Mussab».

  • Reputación

    En la cárcel «transportó en brazos y bañó» a Saleh al-Jahadin, que tenía las piernas amputadas por la explosión de una bomba que él mismo había activado en un cine, recuerda el doctor.

    Otro ex preso, Abdallah Abu Rumman, cuenta que «Zarqawi tenía reputación de valiente y los presos estaban impactados por su carisma». Afirma que el primer día que fue encarcelado, fue encerrado en una celda de aislamiento por pegarle a un guardia: «Los presos que compartían con él la celda hicieron huelga y yo me uní a ellos. Luego me dio las gracias», recordó.

    Abu Rumman relata que Zarqawi cubrió la televisión de su celda «para no ver mujeres».

    Fue condenado a muerte en rebeldía tres veces en Jordania, principalmente por su implicación en el asesinato de un diplomático norteamericano en octubre de 2002. Zarqawi tenía dos esposas y cuatro hijos, el mayor de 15 años.
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