Costó, pero finalmente Donald Trump se decidió por apoyar explícitamente a Benjamín Netanyahu, buscando que luego de la elección del 27 continúe liderando el próximo gobierno en Israel.
Lo que suceda en Brasil, el domingo 25 es importante para Donald Trump. Lo que suceda apenas dos días después en Israel, es mucho más importante.
Javier Milei y Benjamín Netanyahu. Muchas declaraciones de “amor mutuo”, que hacen más llamativo el silencio del argentino respecto a la suerte electoral de su amigo (ahora, con el visto bueno de Trump, esto podría cambiar).
Costó, pero finalmente Donald Trump se decidió por apoyar explícitamente a Benjamín Netanyahu, buscando que luego de la elección del 27 continúe liderando el próximo gobierno en Israel.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
De hecho, el martes pasado decía que “ni siquiera hemos pensado sobre ello (apoyar a alguien en la elección israelí)”, terminando con una de sus acostumbradas vaguedades: “Yo podría hacer algo”.
Siete minutos después del mensaje del norteamericano, el israelí arrancaba una andanada de posteos diciendo: “Muchas gracias, presidente Trump, por el tremendo apoyo y trabajo en común. ¡Juntos vamos a terminar el trabajo!”, mostrando un video en el que el estadounidense lo alabada múltiples veces.
La decisión de Trump tiene que ver con las afinidades entre ellos, pero sobre todo que el magnate republicano le gusta apostar al “caballo ganador” (ha tenido algún yerro, como con Víktor Orbán en Hungría, y no siempre es ostensible: con Flávio Bolsonaro es “hibrida”, buscando que no se note y despierte una ola nacionalista brasileña).
La respuesta de Gadi Eisenkot, el principal rival de Bibi, fue agradecerle a Trump por la “gran contribución” a la seguridad de Israel”, señalando que “Israel es un estado democrático”, que los israelíes son los únicos que decidirán quien será el próximo líder del país, y que la administración Norteamericana aprenderá a trabajar con cual sea el gobierno que sus ciudadanos decidan tener.
La realidad es que el apoyo del norteamericano es un arma de doble filo (de aquí en más es poco lo que se puede esperar que mejore las chances del Netanyahu). Ya saben, la estrecha relación de su líder con el norteamericano, que venía magullada por los múltiples ruidos que se dieron últimamente.
Por el otro, Israel ha experimentado en los últimos años un fuerte giro a la derecha anti islámica, de manera que muchos israelíes culpan a Trump por forzar a Netanyahu para que acepte el cese el fuego en Gaza y el relativo cese de hostilidades sobre Irán. Según las encuestas del IDI, antes de abril, cuando comenzó a negociar con Irán, la popularidad de Trump en Israel había llegado al 70%, de entonces ha caído al 42%.
No es que “Bibi” vaya a ganar la elección -ser el más votado-. Ni siquiera que, si todo va bien, para el 4 de noviembre tenga el respaldo parlamentario para que Isaac Herzog (presidente de Israel hasta 2028) vuelva a nominarlo. Para ser designado primer ministro requiere la mayoría de los integrantes del Knesset presentes, idealmente más de 61 votos.
“Bibi” ha presidido el gobierno Israelí (el presidente, más allá de su poder de indulto -las sentencias de los juicios por corrupción iniciados en 2020 contra Netanyahu se conocerían el año que viene o el próximo, si es que nuevas apelaciones no posponen los casos- es básicamente ceremonial y simbólica) por más de 19 años y 20 días: los poco más de 3 años entre junio de 1996 y junio de 1999; entre marzo de 2009 y junio de 2021 y desde diciembre de 2022 a hoy.
Acá, en la historia, es donde tenemos la pista del por qué el norteamericano decidió abandonar la prudencia. Entre abril de 2019 y mayo de 2020, durante 13 meses, y entre diciembre de 2020 y junio de 2021, casi 6 meses, Netanyahu actuó como primer ministro sin el apoyo de la mayoría parlamentaria (caretaker: gobierno interino o de transición).
Bibi no es el primero en regir Israel de esta manera (lo hicieron Rabin, 2 meses; Peres, 7 meses; Olmert, 4 meses y Lapid, 6 meses), pero si el que lo ha hecho por mas tiempo, demostrando que lo considera una forma de gobierno válida, hasta que las fuerzas parlamentarias lo despidan (como en la designación, se requiere una mayoría simple de los legislativos para desplazar al primer ministro) o que la opinión popular dé un vuelco (y llama a elecciones).
El articulo 30 de la Ley Básica: el Gobierno de 2001 establece que hasta que el Knesset designe un nuevo primer ministro. Israel nunca adoptó una Constitución; en cambio se rige por 14 leyes básicas -la última, de 2026 es el “Estudio de la Torá”- y la jurisprudencia del Tribunal Supremo, por ello quien esté en funciones sigue en su puesto conservando los mismos poderes -en realidad más, ya que puede nombrar a sus ministros sin necesidad de la aprobación parlamentaria- con la única limitante establecida por el Tribunal Supremo de actuar con moderación.
La ley manda que cada 4 años debe elegirse a los integrantes del Knesset (la actual es la primera vez desde 1976 que un gobierno israelí completa su mandato de 4 años y es la primer elección parlamentaria desde 1988 que se celebra en la fecha que fija la ley), a no más de 5 meses que el Knesset se disuelve a sí mismo (por mayoría simple), a no mas de 90 días que el presidente informa que no ha sido posible acordar un nuevo gobierno o que el primer ministro con la anuencia del presidente deciden disolver el Knesset, o no más de 3 meses después que no se logra aprobar el presupuesto.
Es decir, mientras el Parlamento no designe un nuevo primer ministro, Netanyahu puede mover las fichas para conservar su puesto por un tiempo indeterminado.
En general se atribuye a Felipe II de Macedonia (siglo IV a.C.), el padre de Alejandro Magno, la frase, “divide y reinarás”. Hoy nada explica mejor la estrategia de Netanyahu para conservar el poder que esta máxima. "Bibi", no busca ganar, solo quiere evitar que los demás lo hagan.
Con menos de 8 días por delante, la mayoría de las encuestas vienen posicionando de manera consistente al Yashar (“Honesto”, el partido de Gadi Eisenkot) y sus aliados por encima del Likud (“La unión”, el partido de Netanyahu) y sus aliados. A grandes rasgos, la oposición apunta a obtener en el próximo parlamento 52 escaños (hasta 26 propios) y el oficialismo 51 (hasta 24 propios), lejos de los 61 votos necesarios para designar a un nuevo primer ministro (en total se presentan 37 partidos).
Como ya es casi una costumbre no podemos dejar de apuntar a las apuestas, que ven mientras escribíamos estas líneas una chance de 74% a que el Yashar salga primero en la legislativa (27% para el Likud), 41% a que su líder Gadi Eizenkot sea el próximo primer ministro (28% para Netanyahu) pero solo 15% a que alguno de ellos dos partidos alcance la mayoría parlamentaria.
Con este trasfondo parecería casi imposible que "Bibi" sea designado otra vez como premier de Israel.
Dicho esto, la clave para formar un nuevo gobierno cae en manos de los dos partidos árabes (el Ha Reshima -una coalición de tres partidos que sumaria 7/8 escaños- y el Ra´am -5/6 escaños-), que juntos sumarian hasta 14 bancas (quedarían otras 4 bancas que, si superan el piso del 3,25% de los votos, podrían ir al HaMiluimnikim/HaKalkalit o al Amcha Yisrael; partidos independientes).
El voto en Israel es optativo (pero presencial) y la participación electoral es elevada en relación con otros países, aunque ha caído del 75%-80% que se anotaba en los años 1980 y 1990, para oscilar en lo que va del siglo XXI del 63,5% de 2006 al 72,3% de 2015, alcanzando 70,6% en 2022.
La participación de los israelíes de origen árabe en las elecciones, que aglutinan el 21% de la población, históricamente ha sido -por distintas razones- menor a los de origen judío. En 2020 fue del 64,8%, en 2021 (cuando Mahmaud Abbas, líder del Ra´am, formó parte del gobierno de coalición de Bennet-Lapid, convirtiéndose en la pieza clave para desplazar a "Bibi" del poder) de 44,6% y en 2022 de 53,2%. La estimación del Stat-Net Research Institute es que ese año apunta a superar el 63%.
En la medida que el peso específico de los partidos árabes crezca, más lo hace la chance de que lleguen a alguna forma de acuerdo que, sin dejar de ubicarlos en la oposición, los convierta en árbitros sobre quien será el próximo PM de Israel.
En principio sus lideres se han mostrado más proclives en apoyar a Eisenkot que a Netanyahu. El problema es que Eisenkot ha manifestado más de una vez que no está dispuesto a formar un gobierno con los árabes. De todas formas, "Bibi" toma esta posibilidad/amenaza muy en serio.
En septiembre, el Likud y su aliado, el partido Otzama Yehudi solicitaron que se excluyera de la elección al Ra´am y al Ha Reshima. El 23 pasado el Comité Central Electoral (todos integrantes del Knesset) descalificó las dos listas y sus principales candidatos. El 2 de octubre de manera unánime la Corte Suprema volteó la decisión de dar de baja las listas y por 7 a 2.
En otro orden hace no mucho Netanyahu posteó un video falso, que mostraba a su oponente corriendo con los brazos abiertos, ignorando a alguien muy parecido a su hijo Gal, muerto en Gaza, que hacia otro tanto, para terminar, abrazando a Abbas (Abbas, mientras tanto escogió como segundo de su lista a Yoav Segalovitz, un excomandante de la policía israelí y miembro del gobierno de Bennet).
La idea de Netanyahu es instalar en la mente de los israelíes que, si gana Eisenkot, serán los árabes quienes gobernaran desde las sombras (“No hay Gadi, sin Tibi” es otro de los avisos de campaña, en referencia a Eisenkot y al líder de uno de los partidos árabes de la coalición).
Lo irónico es que políticamente Netanyahu es un pragmático que, podríamos decir, “no le hace asco a nada” para conservar el poder (en 2021 estaba negociando el apoyo de Abbas, cuando a último momento este se le dio vuelta). No debiera sorprendernos si al final tranza de alguna manera con los árabes (la dificultad pasa porque estos piden una investigación sobre los sucesos de octubre de 2023, para determinar las responsabilidades israelíes, pero todo se puede “conversar”).
Aun si no lo logra, mientras consiga mantener la división entre su rival y los partidos árabes, Netanyahu, Trump y Javier Milei, tendrán para celebrar (ahora, si este es el caso para la democracia israelí, es otra cuestión) .