Las protestas que sacuden Francia desde hace varios días forman parte de un escenario más amplio de malestar social en Europa. De Portugal a Italia, pasando por España, Bélgica y Albania, miles de personas salieron a las calles para denunciar el encarecimiento de la vida, las dificultades para acceder a una vivienda, los bajos salarios y el deterioro de los servicios públicos.
No es solo Francia: de Portugal e Italia a Albania, la ola de protestas que expone el malestar social en Europa
Las movilizaciones se extendieron por Francia, España, Portugal, Italia, Bélgica y Albania, con reclamos sobre el ajuste, los salarios y la vivienda, entre otros. Aunque comparten un malestar social creciente, las protestas tienen dinámicas distintas y no responden a una conducción común.
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Las protestas reúnen a estudiantes, sindicatos, inquilinos y organizaciones sociales, pero no conforman un movimiento unificado. La crisis habitacional domina en la península ibérica, mientras Francia enfrenta reclamos educativos y Albania una escalada contra el Gobierno.
Las manifestaciones, sin embargo, no constituyen un movimiento unificado: en cada país se combinan problemas económicos, conflictos políticos y demandas específicas. Mientras en el sur europeo la crisis habitacional concentra buena parte de los reclamos, en Francia las protestas estudiantiles se ampliaron hacia una agenda contra la desigualdad y los recortes, y en Albania la movilización adquirió un carácter abiertamente antigubernamental.
El denominador común es la dificultad de amplios sectores para sostener su nivel de vida en ciudades cada vez más caras. El aumento de los alquileres, la pérdida de poder adquisitivo y la percepción de que los gobiernos no ofrecen respuestas suficientes alimentan las convocatorias. Pero la diversidad de los participantes también marca un límite: estudiantes, sindicatos, organizaciones sociales y colectivos por el derecho a la vivienda pueden coincidir en las calles sin compartir un programa político.
La violencia registrada en algunos episodios, además, abrió una disputa sobre los métodos de protesta y permitió que los gobiernos diferenciaran entre las manifestaciones pacíficas y los grupos que protagonizaron enfrentamientos.
Portugal: la vivienda y los salarios, en el centro de la protesta
En Lisboa, miles de personas marcharon el sábado para reclamar mejores salarios y pensiones, servicios públicos más sólidos y medidas frente al aumento del costo de vida. La jornada coincidió con una movilización por el derecho a la vivienda que desembocó en un campamento de protesta en la plaza del Rossio, en el centro de la capital. Los manifestantes cuestionan el encarecimiento de los alquileres y las dificultades para acceder a una casa, especialmente entre los jóvenes y los trabajadores con ingresos medios.
Según los datos citados por The Guardian, los precios de las viviendas en Portugal aumentaron un 124% entre 2015 y 2024, aproximadamente el doble que el promedio de la Unión Europea. Las protestas también se extendieron a Oporto y Coimbra, mientras el Gobierno conservador de Luís Montenegro enfrenta reclamos para modificar su política económica y habitacional.
Italia: una marcha por el costo de vida terminó con choques en Milán
En Italia, las movilizaciones reunieron reclamos contra el aumento de los gastos cotidianos, por mejores salarios y servicios públicos y contra determinadas prioridades presupuestarias. En Milán, una marcha que había comenzado pacíficamente derivó en enfrentamientos entre manifestantes enmascarados y la Policía, con lanzamiento de piedras, barricadas incendiadas y el uso de gases lacrimógenos y camiones hidrantes por parte de las fuerzas de seguridad.
La agencia LaPresse informó de alrededor de 50 detenidos, muchos de ellos menores de edad, y al menos dos policías heridos. También hubo protestas en ciudades como Bolonia y Turín. La primera ministra, Giorgia Meloni, condenó los episodios violentos, aunque reconoció el derecho a manifestarse pacíficamente. El contraste entre los reclamos sociales y los disturbios volvió a instalar el debate sobre cómo responder al descontento sin reducir toda la movilización a sus episodios más extremos.
España: la crisis habitacional se convirtió en un conflicto político
En España, el acceso a la vivienda ya había impulsado manifestaciones y acampadas en Madrid y otras ciudades. El conflicto se intensificó tras la muerte de María del Carmen Abascal, una mujer de 87 años que había sido desalojada luego de que el fondo de inversión propietario de su vivienda reclamara un aumento del alquiler del 230%. Su caso se convirtió en un símbolo de la crisis habitacional y del impacto de los aumentos sobre inquilinos con ingresos limitados.
El gobierno de Pedro Sánchez propuso medidas de emergencia para facilitar y proteger el acceso a la vivienda, pero la oposición parlamentaria impidió su aprobación. En ese contexto, el presidente anunció elecciones anticipadas para fines de noviembre. Así, un problema que comenzó en el mercado inmobiliario escaló hasta convertirse en una disputa sobre las políticas públicas, la regulación de los alquileres y las responsabilidades del Estado.
Francia: los reclamos estudiantiles se ampliaron hacia el malestar social
En Francia, las protestas comenzaron con reclamos por la falta de docentes, las condiciones de los edificios escolares y el deterioro de la educación pública, especialmente en zonas vulnerables. La movilización se extendió después a sindicatos, trabajadores y otros sectores que cuestionan la pérdida de poder adquisitivo, la desigualdad y las restricciones presupuestarias. También reaparecieron grupos vinculados con los chalecos amarillos, el movimiento que en 2018 había irrumpido contra el aumento del combustible y el costo de vida.
La jornada del sábado combinó marchas pacíficas con enfrentamientos, saqueos y daños en distintas ciudades. Las cifras de detenidos y heridos variaron según los balances difundidos durante el fin de semana, pero los incidentes elevaron la presión sobre el presidente Emmanuel Macron y el Gobierno. La amplitud de la convocatoria muestra un malestar que excede al ámbito educativo, aunque la diversidad de sectores dificulta la construcción de una agenda común.
Bélgica: protestas estudiantiles y choques con la Policía
Bélgica también registró manifestaciones en medio de la tensión por el costo de vida y las condiciones educativas. En Bruselas, las protestas estudiantiles contra el aumento de las tasas universitarias ya llevaban varias semanas y se sumaron a un clima de malestar más amplio. La Policía utilizó gases lacrimógenos y camiones hidrantes para dispersar a manifestantes a quienes acusó de arrojar objetos y provocar incendios. En Lieja también se desplegaron fuerzas antidisturbios.
Los episodios reflejan cómo los reclamos por el acceso a la educación se cruzan con las preocupaciones económicas y con el debate sobre el financiamiento de los servicios públicos. A diferencia de Albania, donde la movilización se concentra en la continuidad del Gobierno, en Bélgica los reclamos conocidos están más vinculados con las condiciones educativas y el costo de vida.
Albania: la protesta escaló hasta exigir la renuncia del primer ministro
En Albania, las manifestaciones entraron en su quinta jornada consecutiva con enfrentamientos en Tirana y otras ciudades. La movilización, en la que se incorporaron estudiantes secundarios y universitarios, reúne reclamos por la calidad educativa, el desempleo y las denuncias de corrupción, y exige la renuncia del primer ministro socialista Edi Rama, en el poder desde 2013.
La Policía informó inicialmente 167 detenidos y 132 agentes heridos durante los primeros cinco días de disturbios; las autoridades también reportaron daños en edificios públicos y privados y el uso de gases lacrimógenos, camiones hidrantes y balas de goma para dispersar a los manifestantes.
La crisis se superpone con meses de protestas contra un controvertido proyecto de desarrollo turístico de lujo vinculado con Jared Kushner, yerno del presidente estadounidense Donald Trump. Rama rechazó los pedidos de renuncia y sostuvo que las movilizaciones ponen en riesgo las aspiraciones del país de incorporarse a la Unión Europea.
Una ola de malestar, pero sin un movimiento europeo unificado
La expansión geográfica de las protestas no significa que Europa esté ante una única revuelta con una conducción compartida. Las diferencias entre los países son importantes: en Portugal y España, el acceso a la vivienda concentra buena parte del conflicto; en Italia se combinan los gastos cotidianos y las demandas laborales; en Francia, los reclamos educativos se ampliaron hacia la desigualdad y el ajuste; en Bélgica, las tensiones incluyen el financiamiento de la educación, y en Albania la protesta se convirtió en una crisis política contra el Gobierno.
Lo que conecta estos escenarios es la presión sobre los ingresos familiares y la percepción de que las respuestas oficiales no alcanzan. El problema habitacional, el encarecimiento de los servicios, los salarios insuficientes y las dificultades de acceso a oportunidades afectan a sectores distintos, que no necesariamente comparten las mismas soluciones.
Para los gobiernos, el desafío es responder a demandas concretas sin que los episodios violentos desplacen el debate sobre sus causas. Para las movilizaciones, la incógnita es si el malestar podrá traducirse en cambios de política o si quedará limitado a una sucesión de protestas nacionales sin una agenda común a escala europea.



