11 de febrero 2005 - 00:00

"Hay un antes y un después de Greenspan"

(El periodista dialoga con el experto en mercados internacionales que se identifica con el personaje Gordon Gekko, de la película «Wall Street». Considera que el cambio de escenario abrupto del dólar es acorde con el discurso de Alan Greenspan sobre las restricciones de financiar los elevados déficits, mensaje dirigido al presidente Bush. Estas fueron las opiniones vertidas por el avezado experto.)

Hay un antes y un después de Greenspan
PERIODISTA: El dólar vuelve a ser protagonista como a fines del año pasado, pero esta vez es el héroe y no el villano. ¿Cómo se explica este cambio brusco de roles?

Gordon Gekko: Hay un antes y un después de Greenspan. Me refiero a su exposición -la semana pasada- en Londres...


P.:
Greenspan suavizó su discurso crítico. ¿O me equivoco?

G.G.: Más que eso. Uno podría argumentar que pasó de oficiar de verdugo a conchabarse como abogado.


P.:
Un giro rotundo... Y en tiempo récord.

G.G.: En menos de tres meses. El 15 de noviembre, en Francfort, había disparado una furibunda salva de advertencias sobre la suerte de los déficits gemelos.


P.:
Esto es el déficit de la cuenta corriente y el déficit fiscal de los EE.UU...

G.G.: Así es. El viernes pasado, el mismo problema, en la óptica del titular de la Reserva Federal, aparece -sino resuelto- encarrilado ya hacia una solución.

P.:
Con lo cual tampoco una mayor caída del dólar luce como un destino inexorable...

G.G.: En efecto. El contraste es notable. Mientras en noviembre Greenspan advertía sobre la incesante acumulación de endeudamiento y la posibilidad de que, en algún momento, la demanda extranjera por activos financieros norteamericanos pudiera desvanecerse, nada de ello aflora en su discurso de Londres.


P.:
O sea, dejó de menear el fantasma de una corrida contra el dólar...

G.G.: Más bien, ahora Greenspan pone el acento en las fuerzas que podrían sostenerlo: las compras oficiales de divisas y títulos del Tesoro por parte de los jugadores de Asia, así como la profundización del proceso de globalización...


P.:
Muy interesante. Pero, ¿cómo se entiende este giro de 180 grados? Greenspan dista de ser un observador desprevenido...

G.G.: Ni desprevenido ni contradictorio.


P.:
Pareciera que contradictorio, sí.

G.G.: Greenspan siempre se cubre las espaldas. La diferencia entre los dos discursos radica no tanto en el contenido como en los distintos terrenos en los que deposita el énfasis. Lo que antes era una simple acotación, una nota al pie, hoy se extiende y ocupa espacio central, mientras que lo que antes se acentuaba se comprime se lo condiciona o se desplaza al margen.


P.:
La gente debe leer los textos de Greenspan como si los hubiera escrito James Joyce. ¿No es una exageración?

G.G.: Tal vez. Pero es imposible permanecer indiferente, dado que los mercados no son indiferentes. En noviembre, Greenspan convirtió la apuesta contra el dólar en una avenida de mano única. Y, hoy, de buenas a primeras, sin preaviso, consigue cambiar la dirección del tránsito y volver la cotización al punto de partida. Usted lo ignora a su propio riesgo.


P.:
¿Cómo se entiende un viraje tan abrupto? ¿Qué cambió en estos meses que fuera tan importante y que ocurrió sin que nadie se diera cuenta?

G.G.: Cuando Greenspan armó la escenografía de un eventual apocalipsis de las cuentas externas en noviembre, a mi modo de ver, estaba marcándole la cancha al presidente Bush. Un presidente que, diez días antes, había derrotado a John Kerry de forma contundente. Un presidente con un gran capital político -que él mismo había reconocido pensaba usar plenamente y, sobre todo, con una agenda conflictiva.

Hablo del terreno económico...

P.:
Un presidente capaz de ahondar aún más un déficit fiscal desbocado...

G.G.: No era una agenda tranquilizadora: Irak, la guerra contra el terrorismo, la voluntad de tornar definitivos los recortes transitorios de impuestos de 2001 y de 2003, la revisión completa del régimen fiscal y, en un escalón superior, la reforma de la seguridad social.


P.:
Greenspan salió a pegar primero. A marcar un límite.

G.G.: Usted se pregunta: ¿qué cambió en estos meses que justifique una mudanza tan extrema en la visión del hombre fuerte de la Fed? Es muy fácil de detectar: el presidente Bush ha presentado un presupuesto para el ejercicio fiscal 2006 que promete reducir el déficit fiscal nominal en 8,6% con respecto a 2005.


P.:
Es apenas un borrador. Incompleto. Basado en una aritmética más que discutible.

G.G.: Estoy de acuerdo. Es así.


P.:
Si Bush consigue pasar con éxito su propuesta de reforma de Seguridad Social, el déficit, lejos de contraerse, se espiralizaría...

G.G.: Eso me parece obvio. Pero no era a mí a quien Bush quería impresionar. Era a Greenspan, quien, por su parte, está comprando este dudoso artificio. Y así como en noviembre usó el látigo en público, hoy está abiertamente tomando partido a favor. No es un cheque en blanco, desde ya. Pero es un fuerte espaldarazo. «La voz de la austeridad fiscal -apenas audible un año atrás-, por lo menos, ha recuperado parcialmente el volumen.» Son las palabras de Greenspan, aunque parezcan de Hamlet.

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